domingo, 10 de enero de 2010

CAPÍTULO QUINTO

Leddiar sabía que la hora de acostarse había llegado ya, pero trataba de retrasarla lo más posible escondida debajo de la mesa de la cocina.
Su abuelo le había prometido una historia terrorífica aquella noche.
Le encantaban las historias de cualquier tipo, sobre todo si se las contaban una vez en la cama, arropada hasta la barbilla y la mirada brillante fija en su interlocutor. Tanto su padre como su madre solían también narrarle cuentos antes de dormir, pero los más especiales, los que de verdad le hacían soñar, eran los que su abuelo Undier, el padre de su madre, le contaba un día a la semana.
—Abuelo, abuelito —le había preguntado la niña aquella tarde—. ¿Qué historia me contarás esta noche?
Undier puso una mano debajo del codo y con la otra se rascó la barba bajo su mentón, meditabundo.
—Ummm… ¿cuántos años dices que tienes ya, Leddi? —preguntó, mirándola de soslayo.
—Ocho, abuelito. —La niña apenas podía contener su emoción y daba saltitos de alegría mientras decía estas palabras—. Anteayer hice ocho años, ¿no lo recuerdas?
—Bien... Entonces yo creo que ha llegado el momento de que te cuente una historia para niños mayores, ¿no te parece?
Leddi quedó ligeramente confundida.
—¿Para niños mayores? ¿Cómo cuánto de mayores?
—Para niños de ocho años.
—Y las historias para niños de ocho años, ¿son muy distintas de las otras?
El abuelo lanzó una carcajada limpia y profunda, como las que sólo él era capaz de emitir.
—Las historias para niños de ocho años, a veces, cuentan cosas que no son tan… bonitas como las que aparecen en las otras.
—Quieres decir, ¿cosas que pueden dar miedo?
—En efecto, cosas que pueden dar miedo.
Aunque Leddiar estaba deseando conocer aquella historia, el temor la atenazaba de tal manera que le impedía salir de su escondrijo. No estaba segura si sus ocho años la harían capaz de aguantar el llanto ante lo que fuera que su abuelo se disponía a contarla.
—Estoy aquí, abuelito —dijo la niña a la enésima llamada de Undier. Al mirar su rostro preocupado desde debajo de la mesa, decidió que era hora de enfrentarse a la realidad—. ¿De verdad crees que estoy preparada para la historia que tienes planeada?
Undier sonrió, levantó a Leddiar y le propinó un sentido beso en la mejilla.
—Lo estás. Confía en mí.

Al poco tiempo de dar por bueno el conjunto de la creación, Deabo, el Dios de la Claridad se sentó a descansar en su trono de plata. Se sentía extenuado ante el esfuerzo que acababa de realizar, pero a la misma vez muy satisfecho. Había imprimido en cada una de las cosas y seres a los que había dado vida un hálito de calor y bondad que le hicieron pensar que a partir de entonces nada que no fuera felicidad eterna podría presidir el universo.
Pero no tardó mucho en descubrir que se equivocaba.
Maecor, el Dios de las Sombras, pronto se presentó en el hogar de Deabo, y comenzó a ponerle objeciones.
«No puedes crear un mundo en el que no otorgues libertad a sus seres racionales. Si no les das la posibilidad de elegir sus destinos, la felicidad de la que tanto te enorgulleces no será más que una falacia».
«Y ¿qué es lo que propones tú al respecto?», preguntó Deabo con mirada desconfiada.
«Tienes que dejar que yo aporte mi granito de arena».
Después de mucho meditar, el Dios de la Claridad decidió que Maecor tenía razón. Si quería que la creación alcanzara la felicidad plena, era imprescindible que los caminos del mal convivieran con los del bien, para así dar la posibilidad de elección a los seres que tuvieran capacidad para hacerlo.
Así fue como permitió que el Dios de las Sombras participara de la creación de Fadwa.
En apariencia no fueron muchas las cosas que cambiaron. En realidad la intervención de Maecor se limitó a estampar en todo lo creado un matiz de antagonismo. Todo aquello que, en origen, tenía su sentido y sustento en el bien y la paz, adquirió en su sustancia un reverso que, en según qué condiciones, sería capaz de provocar daño y dolor a su alrededor.


—Abuelo… —intervino Leddiar con rostro compungido—. No sé si estoy entendiendo bien este cuento. Todavía no me ha dado miedo.
—No necesariamente tiene que darte miedo; quizá porque sabía que no lo haría es por lo que decidí contártelo. De cualquier modo, trataré de ponértelo más fácil para que lo entiendas.

Imagínate un árbol grande, frondoso y de extraordinaria belleza. Nadie diría que puede contener en sí mismo nada con lo que generar mal alguno sobre los demás seres. Sin embargo, piensa en ese árbol después de muchos años de vida, cuando sus raíces ya no tienen el vigor suficiente como para sostener su tremendo porte. El árbol termina por caer. Piensa por un minuto que yo, por ejemplo, anduviera en sus cercanías en el momento del desplome. Imagina que el árbol se derrumba sobre mi cabeza. Sin lugar a dudas, habrías perdido para siempre a tu abuelito el cascarrabias.

Ahora Leddiar sí dejó asomar un destello acuoso alrededor de sus ojos.

Todas las cosas pueden contener en su interior la posibilidad de causar daño a las demás, de provocar sufrimiento. Esa y no otra fue la obra de Maecor.

—Pero… —La niña se aferraba al cuerpo de su abuelo con afán de encontrar protección— hay cosas que no, que nunca harían ningún mal. Por ejemplo, el Brigo. Mamá siempre dice que gracias a los dones que el Monte Brigo nos regala, este pueblo puede tirar para delante. ¿Qué dolor podría causarnos una montaña tan maravillosa?
Undier pareció dudar unos segundos.

Bueno, hay quien dice que algunas montañas pueden convertirse en auténticos crisoles del infierno. Alguna leyenda afirma que hay montes que son capaces de escupir fuego y piedras por su boca y que son capaces de destruir pueblos enteros sin dejar rastro de vida a sus espaldas.

—Pero eso no es cierto abuelito, ¿verdad? —Leddiar miraba a los ojos de Undier con expresión anhelante—. ¿Verdad que el Brigo nunca escupirá fuego?

—Claro que no, cariño —El abuelo abrazó a su nieta con profundo amor—. Estoy seguro de que no. Lo que sí que parece ser cierto es que los hombres somos aún tan jóvenes que no tenemos los recursos para descubrir qué montaña es un volcán y cuál no lo es.
—Pero, nunca se ha visto ninguno, ¿no es así? Tú mismo has dicho que todo forma parte de una leyenda.
Undier sonrió ahora con ternura.
—Eres una de las niñas más inteligentes que he conocido nunca. Estás en lo cierto; los volcanes sólo forman parte de los cuentos y las leyendas.

Leddiar despertó tosiendo con fuerza. No sabía cuántas horas habían transcurrido desde la erupción, pues las había pasado durmiendo y soñando con el pasado; pero lo cierto era que un ligero rastro de cenizas revoloteaba ya sobre su cabeza y le impedía respirar con normalidad.
Pronto recobró conciencia plena de lo ocurrido. Grabbien, con Sart en su interior, debía de haber sido sepultada bajo la lava, las rocas de fuego y las cenizas. Era más que probable que nadie hubiera sobrevivido.
Refugiándose de nuevo en el llanto, no tardó en encontrar un leve aunque firme consuelo: al menos Thierd, su hijo del alma, estaría sano y salvo.
Sólo en el caso de que aún no lo hubieran matado.
Un escalofrío recorrió su espina dorsal cuando recordó las palabras de Shardry vaticinando el final de Grabbien. Pero al mismo tiempo una indefinible sensación se introdujo en su alma cuando rememoró que la niña había afirmado que Thierd se encontraba con vida. El torbellino que era su mente no hizo sino desbocarse cuando cayó en la cuenta de que también la pequeña, con toda seguridad, habría fallecido junto a los demás, a pesar de saber lo que iba a acontecer. La cría le había pedido que la llevase consigo, pero, ¿quién iba a pensar que…? Leddiar se creía morir de dolor, allí mismo.
En todo caso, enseguida llegó a una conclusión que no hizo sino ensombrecer, si cabía, aún más su corazón.
Debía regresar a Grabbien y asegurarse de que no podía hacer nada por Sart.

Dejó transcurrir dos jornadas hasta que la nube negra acabó por difuminar ligeramente su oscura influencia. La luz del sol seguía sin poder atravesar el manto de cenizas, pero preveía que lo peor ya había pasado y que, al menos en las cercanías del pueblo, había alguna posibilidad de respirar. Montó a la yegua al alba y comenzó su retorno.
«Thierd, amor mío, no me olvido de ti. Sólo quiero estar segura de que tu padre ha muerto y, en tal caso, darle una digna sepultura. Después de eso, volveré a salir en tu busca».
Avanzó muy despacio, dando más tiempo al cielo a aclararse. Llegó a las inmediaciones de la aldea a la caída del sol. Confirmó que era posible respirar pese a la permanente y densa cortina de cenizas que todo lo rodeaba.
Lo primero que vio no hizo sino ratificar sus más terribles sospechas. Las viviendas exteriores aparecían casi sepultadas bajo una envoltura tan negra como el pesar que a ella la asolaba. Los tejados, derruidos y humeantes. Apenas quedaba algo en pie.
Desmontó la yegua, la ató y se fue adentrando entre las calles. El silencio era insoportable. Ni un hálito de vida parecía brotar de aquel infierno. Las paredes de las casas estaban agrietadas cuando no desmoronadas. El suelo donde pisaba era una mezcla de piedras y lava solidificada, aún humeante. La suela de sus alpargatas comenzaba a transmitir un calor que amenazaba con freírle los pies. Su cuerpo sudaba de manera ostensible, pero el salado fluido apenas tardaba unos segundos en evaporarse.
Al poco descubrió el primer cadáver. Casi no pudo reconocerle, pues estaba medio sepultado entre los restos del desastre. Era Jirgend, la mujer de Beals, el alfarero. Sus rasgos mostraban el gesto de la desesperación previa al final. Leddiar no sabía si podría soportar tanto dolor.
Comenzó a caminar más deprisa, a pesar de la dificultad que eso suponía dado lo abrupto del nuevo suelo. No quiso pararse a observar a los fallecidos que fue encontrándose a su paso. Las lágrimas corrían por su rostro pero desaparecían antes de llegar al cuello. La respiración era más difícil, agudizada la tos por la agitación que la embargaba.
Llegó al foro. El espectáculo allí era espeluznante. Era como si el mundo se hubiera resquebrajado para expulsar de su interior la inmundicia que lo habitaba. Los muertos allí se contaban por docenas, a todos los reconocía aun sin quererlo. Una sacudida de terror la invadió al contemplar una escena inexplicable. En la roca que se levantaba en uno de los laterales de la plaza, dos figuras humanas se erguían, negras e inmóviles. Parecían dos estatuas que, siniestras, quisieran conmemorar con su presencia lo horrible de lo allí acontecido. No pudo evitar acercarse, solo para comprobar lo que ya se temía. Aquella piedra era la que tanto utilizaban Humb y Estiand para hacer su descanso matinal. Y aquellas figuras no eran otros que ellos mismos.
La congoja de Leddiar sufrió una nueva conmoción cuando pudo comprobar que los rostros de los dos ancianos, envueltos entre los restos de polvo y ceniza, manifestaban una expresión que denotaba, de algún modo, una inaudita paz interior.

Era el momento de encontrar a Sart. Por aquel entonces ya no albergaba la más mínima esperanza, pero tenía que dar con él. Estaba segura de que debía hallarse en el interior de la sala de Reuniones, así que hacia allí dirigió sus pasos. Enseguida comprobó que no le iba a ser posible entrar por la puerta, pues el paso se hallaba cerrado por uno de los cúmulos de rocas, algunas de ellas todavía calientes. Decidió encaramarse a un lateral y acceder desde el techo, derrumbado por completo. Con gran agilidad ascendió, buscando apoyos para sus manos que no le quemasen la piel. Al poco pudo ver el interior de la estancia. El corazón le dio un vuelco al descubrir que allí dentro no había rastro alguno de personas, con vida o sin ella.
«¿Y si…?».
No, no podía ser. Habría tenido tiempo de salir, pero ¿adónde iba a esconderse? Era imposible haber salvado la vida.
A pesar de que su pensamiento la obligaba a descender a la cruda realidad, en su alma se abrió una grieta de esperanza que no pudo ni quiso desterrar. Bajó como pudo de aquel lugar y se dirigió a la carrera hacia su casa.
«Que no esté allí, por favor, que no esté allí…».
Esta vez los muros y la puerta se habían quebrado de tal manera que habían dejado abierto un pequeño vano por mero azar. Conteniendo la respiración, Leddiar Duiban lo atravesó. En aquel momento aún no sabía que el más aciago de los destinos la esperaba en su interior.
Una vez leída con dificultad la chamuscada nota de Sart, la mujer se dejó caer, y la desesperada canción en la que se convirtió su llanto consiguió inundar definitivamente Grabbien bajo los mares del dolor y el desconsuelo.

Tenía la garganta seca por el calor y la amargura. Era el momento de salir de allí. A Sart era imposible movilizarle; en realidad su cuerpo había quedado sepultado entre las rocas. Leddiar, después de besarla en gesto de despedida, sólo tuvo que ocultar la mano al descubierto para sentir que no habría mejor sepulcro para él que las paredes de su propia casa. Respirando profundamente y tratando de recobrar la calma, salió de nuevo afuera.
La sorpresa encontrada casi acaba con ella. Allí estaba, era imposible, pero Shardry se hallaba allí, en las rocas de enfrente, sentada y llorando como la niña que era, aunque a veces no lo pareciese.
—Tengo hambre y sed —la oyó susurrar. Leddiar pensó que estaba soñando.
De un salto se abalanzó hacia ella y la apretó entre sus brazos.
—¡Shardry! ¡Shardry, cariño, estás viva!
La niña ciega levantó sus ojos blancos y acuosos.
—¡Se lo advertí...! ¡Se lo dije a todos, a mis padres los primeros! Pero nadie quiso hacerme caso…
—Llevabas razón, pequeña, no sé de qué manera ni porqué, pero estabas en lo cierto.
Las dos se fundieron en un abrazo desesperado.
—Pero, dime… —intervino Leddiar al cabo de un rato—. ¿Cómo has podido…? ¿De qué manera te has salvado?
—Me oculté en las cuevas de los Whirdfosh. Le dije a Sart que viniera conmigo, pero tampoco me creyó.
—¿A Sart? ¿Cuándo le viste? ¿Antes de la erupción…?
Leddiar tenía la imperiosa necesidad de saber cómo había sido el transcurso de los acontecimientos.
—Leddiar… ¿me llevarás ahora contigo?
—Claro, cariño; pero antes cuéntame cómo…
—Vámonos, Leddi —La niña pareció recobrar la calma de milagrosa manera—. Llevo dos días sin comer ni beber y estoy hambrienta y débil. Sácame de aquí y por el camino te contaré todo lo que sé. Agua, Leddi…
—Sí, agua, claro —reaccionó la mujer, repleta ahora de sosiego y decisión. Cogió a la niña de una mano y comenzó el regreso al punto de partida—. ¿En qué estaría pensando? En mi fardo tengo agua y comida. Salgamos y regalémosle a nuestra vida un nuevo sentido, ¿no te parece?
La niña se limitó a enjugarse unas lágrimas inexistentes y a esbozar una sonrisa tan triste como esperanzadora.
—Encontraremos a Thierd, te lo aseguró —murmuró.