viernes, 4 de diciembre de 2009

CAPITULO CUARTO

Esta vez la sacudida de la tierra sí atrajo la atención de Leddiar.
Entre otras cosas porque su yegua comenzó a piafar con fuerza y su galope se convirtió en una carrera desbocada.
Tiró de las riendas y después de mucho esfuerzo consiguió detener al animal, que no dejaba de sacudir el cuello hacia los lados. El suelo vibraba como si de un momento a otro fuera a abrirse y tragarse cuanto lo pisaba.
«¿Qué está pasando? —se preguntó la fugitiva sin apartar los ojos de la tierra—. Nunca había visto algo como esto».
Acarició con ternura las crines de la yegua para tranquilizarla y, de repente, el temblor finalizó.
Cuando se disponía a reemprender la marcha, su mirada se encontró por azar con una extraña visión en la lejanía. De la cumbre del Brigo brotaba una columna de humo que juzgó enorme, dado que podía contemplarla desde tanta distancia.
No entendía nada de todo aquello.
Pero el recuerdo de la premonición hecha por Shardry a la salida de Grabbien la hizo dar un respingo de terror.

Un ligero olor a azufre se extendía por el aire, pero Sart no se hizo consciente de él. Se sentó en una roca cercana y se llevó las manos a la cabeza.
A veces pensaba que todo lo que estaba ocurriendo era una simple pesadilla.
En realidad, deseaba que lo fuera.
Sin embargo aquella nota era real, la tenía en ese momento entre sus dedos y la amenaza que contenían sus líneas era algo más que patente.
Como patente era que Thierd, su hijo querido, había desaparecido hacía ya tres meses.
El corazón le latía de manera disparada. Jamás había pensado que tendría que enfrentarse a una situación como aquélla. Su hijo, secuestrado, y él sometido a chantaje para poder volver a verle en libertad.
«¿Qué es lo que está pasando aquí? Estas historias tan oscuras no se habían dado nunca antes en Freigia. ¿Qué le está ocurriendo a esta tierra?», se preguntaba mientras pensaba en las tres sacudidas de las últimas horas.
¿Qué haría? ¿Entraría en la Sala y comenzaría a dar por buenos los planteamientos de Shielf, o se mantendría firme a sus principios, como siempre había enseñado hacer a Thierd?
Una lágrima rodó por su mejilla. Pocas veces había llorado a lo largo de su vida, pero aquella situación era la más desesperada a la que se había enfrentado en todos sus años.
Cuando se disponía a levantarse después de emitir un profundo suspiro, descubrió frente a sí a Shardry Hesmand, la niña ciega a la que Leddiar tanto quería. No la había oído llegar.
—¿Por qué lloras? —preguntó la pequeña.
—¿Cómo sabes que estoy llorando? —preguntó Sart con una sonrisa triste—. Se supone que eres ciega…
—¿También tú echas de menos a Thierd?
—Claro, pequeña —respondió el hombre. Tenía la mirada tan perdida como la de la propia niña—. ¿Tú también? ¿Es que eráis amigos?
—Era muy simpático conmigo —dijo Shardry palpando el suelo para sentarse—. Pero no te preocupes, él está bien.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Sart, indiferente—. ¿Acaso son ciertos los rumores que dicen que eres una pequeña adivina?
—Me lo dijo el señor grande ese que hace un rato andaba por aquí.
Sart se levantó como una exhalación y agarró a la niña por los hombros.
—¿Has hablado con él? —la interrogó, presa de la agitación—. ¿Qué más te ha dicho? ¡Dime!
—Bueno, yo le dije lo que también ahora te digo a ti, que debes marcharte cuanto antes del pueblo, porque algo muy malo va a pasar…
—Pero ¿y Thierd? ¿Qué te dijo de Thierd?
—Él me pregunto si yo le conocía a él… y a Leddiar.
—¡Continúa, por favor!
—Me dio un recado para ella.
—¿Para Leddiar? —La niña asintió con la cabeza repetidamente—. Y qué recado era ese, dime, cariño.
—Bueno, ya no voy a poder dárselo, porque se ha…
—¡Dime ahora qué fue lo que te dijo ese hombre! —Sart estaba a punto de ahogarse en la desesperación.
—Ese papel que tienes ahí… —Shardry quiso señalar con un dedo la nota que el hombre acababa de leer—. El señor me dijo que le contara a Leddiar que tú lo habías recibido.
Sart, arrugando con fuerza el entrecejo, trataba de entender todo aquel macabro embrollo.
—Ya veo —dijo, como para sí—. Por si acaso yo trato de ocultárselo… Pero, ¿qué razón le habrá llevado a no decírselo a ella directamente?
—Antes no me has dejado explicártelo —incidió la niña—. Leddiar se ha marchado. Yo la he visto.
—¿Cómo que Leddiar se ha marchado? —comentó Sart, cada vez más confuso. No se hacía consciente de que aquella conversación la estaba manteniendo con una cría de cinco años—. Se supone que todos deben aguardar en sus hogares…
—Ha ido en busca de Thierd —interrumpió Shardry. El hombre volvió a mirarla con ojos muy abiertos.
—¡¿Te lo dijo ella?! ¡¿Te dijo que iba a buscar a Thierd?!
—Claro, pero yo sabía que Thierd está bien y hablé con ella antes que con el forastero. Supongo que me habría hecho más caso si…
—Pero, entonces… —Sart no sabía si se estaba volviendo loco. Aquella situación resultaba disparatada por completo. No era posible que su mujer hubiera salido sola a buscar al chico. Debía de haber algún error. Y el Consejo esperándole para poder continuar… —, ¿el hombre encapuchado te habló de Thierd?
—Algo me hizo pensar que él sabía cosas, y le pregunté.
—Oh, cielos —ahora Sart dedicó un breve instante a pensar en las singulares capacidades de esa niña—, ¿cómo es posible que siendo ciega y con sólo cinco años…?
—Me dijo que si tú hacías lo que tenías que hacer, pronto Thierd volvería a corretear por las calles de Grabbien.
Sart volvió a sentir sus ojos empañados.
—Pero cuando él vuelva, estas calles ya no estarán aquí —añadió la chiquilla con tristeza.
El hombre no pudo dejar de sentir un pinchazo de ternura y abrazó a Shardry.
—Tranquila, pequeña. Nada malo va a ocurrir —y después de unos segundos de silencio, continuó; acababa de tomar su decisión—. Podrás volver a jugar con Thierd, dentro de poco.
Shardry separó la cabeza del cuello de Sart e intentó enfocar su nívea mirada sobre el rostro de aquél.
—Si quieres, puedes venir conmigo. Voy a ocultarme en la cueva de los Whirdfosh. Se lo dije también a mis papás, pero no han querido creerme.
—Ve hacia allá —Sart se enjugó el rostro y la nariz con la manga de la camisa. No podía haber nada más importante que recuperar a su hijo con vida, ya lo había comprendido—. En cuanto acabe la reunión, iré a hacerte una visita.
Shardry quiso sujetar a Sart mientras se levantaba.
—No hay tiempo, Sart… —dijo, con expresión asustada—. Va a ocurrir, ya.
Y mientras el hombre se alejaba de la pequeña dedicándole un adiós lo más cariñoso que supo, se preguntó qué era lo que hacía que aquella niña tuviera esa imaginación tan prodigiosa… e inquietante.
Se paró frente a la puerta de la Sala de Reuniones, se restregó la cara con las manos y se dispuso a entrar. El olor a azufre era cada vez más poderoso. Antes de abrir, volvió a mirar a lo alto del Brigo y la columna de humo le pareció ahora demasiado grande y espesa para formar parte de una simple hoguera.
En ese mismo momento se produjo un nuevo temblor. Esta vez fue tan fuerte que Sart contempló con congoja cómo se abrían algunas grietas en las paredes del edificio. Al tiempo, sin que tuviera tiempo de advertirlo, una de las enormes tejas se desprendía de la cornisa y caía sobre su cabeza, dejándolo inconsciente.

Las millas se consumían como la tierra reseca se traga el agua de la lluvia. Llegaría a las colinas antes de lo esperado.
—Buena chica —le dijo a la yegua, exultante.
Lo cierto era que el maldito Consejo que tantos disgustos le había acarreado con su marido, se establecía ahora como su mayor aliado. El que la gente permaneciera recluida hasta la finalización de la votación la estaba concediendo un tiempo precioso. No podía negar que el momento para escapar había sido el más propicio.
Pero una cuarta convulsión más fuerte que las anteriores y las angustiosas palabras de Shardry en el momento de abandonar el pueblo eran cosas que no conseguía arrancarse de la mente.
«Vamos, Leddi —se decía—, utiliza un poco la cabeza. ¿Cómo una niña de cinco años va a poder adivinar el futuro?».
Quería negarse a creerlo. Mucho más cuando las premoniciones eran tan catastrofistas.
Pero una inmensa inquietud se apoderaba de ella cada vez que miraba hacia atrás y descubría aquellas trazas de humo brotando de la cima del Brigo.
La explosión la cogió sumergida en dichos pensamientos. La yegua se paró en seco, y empezó a alzar sus cuartos delanteros de manera descontrolada; por momentos el animal parecía enloquecido y Leddiar no tardó en desplomarse en el suelo. Por suerte no se hizo daño, o acaso fue lo insólito del instante lo que le hizo no percibir dolor alguno.
Ya no era humo lo que brotaba de la cima del Monte. Una fuente escarlata, como la de un potente surtidor, salía escupida de la boca de la montaña. Leddiar apenas pudo incorporarse debido a las tremendas sacudidas que del suelo provenían.
Entonces, contemplando la descomunal nube negra que comenzaba a moldearse coronando la erupción, comprendió lo que ocurría.
«Un volcán; la montaña que vomita fuego de la que tanto hablaban las leyendas que mi abuelo me contaba. El Monte Brigo… es un volcán».
Se arrodilló y se echó a llorar como una niña.
«Oh, Sart, estáis perdidos, todos en Grabbien estáis perdidos; y yo no puedo hacer nada por ayudaros».

Humb hacía rato que no atendía al tedioso discurso de Shielf acerca de la necesidad de profundos cambios para Freigia. Había hablado de cosas como ampliar la cesión de responsabilidades a personas individuales con afán de poder dar continuidad a los proyectos que hubiera que poner en marcha o de la creación de representantes que empezaran a reunirse en Moimbra para tratar temas de aparente interés general.
En un momento dado, se había atrevido a nombrar también la posibilidad de establecer un título del que, hasta ese momento, Humb jamás había oído hablar; pero su mera mención le provocó una profunda sensación de nausea.
Alguien para gobernar él sólo todo un país: alguien llamado Rey.
Cuando las preguntas y las protestas comenzaron a atronar en la Sala, fue cuando el antiguo herrero se abstrajo por completo. Con sólo mirar a Estiand comprendió que su gran amigo tenía las mismas sensaciones.
Pero había algo más que no sabía definir y que había aparecido en su entendimiento de manera inesperada tras el último temblor de tierra. No era miedo; hacía muchos años que no conocía esa emoción. Era algo así como una especie de hormigueo interior que le decía que un acontecimiento de trágica relevancia estaba a punto de ocurrir.
—¿Sabes, Estiand? —comenzó a decir a su amigo mientras el caos cundía entre los reunidos—. No me está gustando demasiado esto de las vibraciones, ni tampoco el humo que brota del Brigo.
Estiand miró a Humb con unos ojos llenos de algo similar a la resignación.
—No, querido amigo, a mí tampoco me dicen nada bueno —señaló—. Es probable que nos estemos acercando al fin.
Cuando Estiand pronunció estas palabras, casi con apatía, fue cuando Humb comprendió que lo que estaba surcando su alma era algo más que una simple corazonada maligna.
—El Brigo… el Brigo va a reventar, ¿no es así? —preguntó con los ojos casi vidriosos. Su amigo le miró ahora y le agarró por el hombro en gesto de consuelo.
—No sufras, amigo; al menos nosotros ya hemos vivido bastante.
Entonces fue cuando la tierra volvió a estremecerse.
Fue la sacudida más poderosa hasta el momento. Unas amplias grietas comenzaron a abrirse en las paredes. La sala se inundó de polvo, procedente del techo. Del exterior llegaron sonidos procedentes del desplome de algunas tejas.
Estiand y Humb fueron los únicos en no levantarse de sus lugares cuando se descubrió el cuerpo insconsciente de Sart en la puerta, con una fuerte brecha en la cabeza.
—¿No crees que haya ni una sola posibilidad de escape, verdad?
Fue Humb quien volvió a hablar, sus brazos cruzados sobre el pecho, la mirada perdida.
—Puedes probar a despedirte de tus hijos, pero no creo que tomen en mucha consideración tus palabras… —comentó Estiand, tragando saliva.

La brutal detonación fue lo único que consiguió sacar a Sart de su letargo. Lo primero que notó fue un tremendo pitido en los oídos. Más tarde, confuso todavía, contempló cómo un gran número de personas que le habían rodeado hasta ese momento, se desperdigaban por las calles del pueblo gritando de manera desesperada.
Y entonces, lo vio. Una titánica llamarada de fuego y piedra incandescente emanaba de lo más alto de la cima del Brigo. Durante unos segundos estuvo tentado de pensar si no se trataría de una visión provocada por el golpe, pero enseguida lo desecho.
La certeza de una muerte segura se introdujo en su espíritu como un torrente de paz.
«Leddi… Oh, cielos, que al menos pueda despedirme de ella».
Se incorporó dando tumbos mientras la primera lluvia de lava comenzaba a diseminarse sobre Grabbien. Un enorme pegote se desplomó muy cerca de él. El calor empezaba a ser insoportable, al tiempo que la nube de ceniza impedía ya el paso de la luz del sol. Las faldas del Monte se teñían de la corriente escarlata que bajaba desde la cumbre.
Llegó a la casa tosiendo desesperadamente. Para entonces ya apenas podía respirar debido a los vapores tóxicos. Abrió la puerta de una patada y se adentró llamando a su mujer a gritos.
Una vez leída la nota, la calma acabó de invadirle por completo.
«Gracias a los Dioses, si los hubiera. Espero que se encuentre lo bastante lejos lejos como estar a salvo».
Y mientras un nuevo mareo apartaba su conciencia de lo crudo de la realidad, una última reflexión tuvo tiempo de aflorar en su cabeza.
«Sé que encontraras a Thierd, amor mío. Hace un rato estuve a punto de traicionaros a los dos. Pero el Brigo se ha encargado de impedirlo. Os esperaré allí donde los hados tengan a bien transportarme ahora. Hasta siempre. Os amo».
Y en medio del desplome del techado de su hogar bajo el impacto de una roca gigante y candente, Sart Duiban cerró los ojos para jamás volver a abrirlos.

jueves, 12 de noviembre de 2009

CAPÍTULO TERCERO

—¿Qué ha sido eso? —preguntó Beals, el alfarero, cuando ya todos se disponían a entrar en la Sala de Reuniones. El suelo parecía haber sufrido una ligera e insólita vibración.
—¿A qué te refieres exactamente? —preguntó Sabben, con su barba pelirroja y sus cejas prominentes.
—¿Eres capaz de decir que no lo has notado? —intervino Joghier, uno de los más jóvenes del pueblo. Con veintiuna primaveras ya tenía permiso para dar su voto en la asamblea, aunque no lo tuviera aún para presentarse al cargo—. El suelo acaba de temblar.
—Vamos, vamos, dejaos de conversaciones, que se hace tarde y tenemos que dejar el tema resuelto antes de la caída del sol.
Era Shielf quien así había hablado. Los resueltos ademanes de su cuerpo nervudo decían que ya podía el cielo caer sobre su cabeza, que aquella reunión no sería aplazada.
—No es nada importante, no debemos preocuparnos —trató de tranquilizar Sart, quien no había podido dejar en casa su sombría expresión—. Esta noche ha habido otra sacudida igual que ésta y nada malo ha ocurrido.
—Es la tierra, que también tiene derecho a que le suenen las tripas —señaló Dodars, siempre tan bromista. Una carcajada general se elevó mientras se introducían en la Sala.
Como cada vez, los últimos en entrar fueron Humb y Estiand, con su lento deambular. El antiguo herrero cogió del hombro a su amigo cuando ya se disponía a cruzar el umbral.
—Mira allá —le dijo, señalando a lo más alto del Monte Brigo. Desde allí podían divisarse grandes volutas de humo ascendiendo hacia el cielo azulado.
—¿Quién crees que se habrá dedicado a subir a la cumbre para prender una hoguera desde allí? —preguntó Estiand sin apartar los ojos de lo alto.
Humb miró a su compañero de fatigas con un gesto de incredulidad que sólo éste habría sabido descifrar. Comprendiendo que aquello no era un buen augurio, ambos se introdujeron en la cámara, donde todos los demás les esperaban, impacientes.

Lo primero que Leddiar percibió al salir a la calle fue un extraño temblor bajo sus pies. Agitada como estaba, no quiso destinar más tiempo del necesario a pensar en dicho suceso.
«Pareciera que las entrañas de la tierra se conmovieran con mi partida», se dijo, sarcástica.
Pero lo que sí llamó su atención con mucha mayor fuerza fue el segundo de los acontecimientos.
Shardry Hesmand, la niña que tanta ternura siempre le inspiraba, se apoyaba en la pared de enfrente, como esperando a alguien. Hasta que no comenzó a hablar no se percató de que era a ella a quien aguardaba.
—Leddiar… —dijo la cría con su voz cándida—. Leddiar, haces bien en huir de Grabbien.
—¿Por qué dices eso, pequeña?
Leddiar se acercó hasta el rostro de la niña y acarició sus tiernos carrillos. El blanco de aquellos ojos, ciegos de nacimiento, siempre había estremecido su alma. También las habladurías que corrían por el pueblo y que tachaban a la niña de ser fruto de una extraña brujería llevada a cabo por sus padres, quiénes no habían sido capaces de procrear durante los años anteriores al nacimiento de Shardry.
«Supercherías —siempre había pensado Leddiar—; con la poca tendencia que todos tienen a creer en la magia, no entiendo por qué dan tanto crédito a la brujería…».
—Escapa, cuanto antes… escapa de aquí —insistió la pequeña.
—No escapo de nada —mintió la mujer y al hacerlo supo que la verdadera razón de su partida era la de huir de una vida en la que la ausencia de Thierd le impediría alcanzar cualquier atisbo de felicidad—. ¿Qué es lo que ocurre, Shardry?
La desbocada mirada de la niña buscaba sin éxito los ojos de Leddiar.
—La ruina, Leddi —habló, con ese peculiar tono que la hacía mayor de lo que era—, la ruina y el terror están a punto de caer sobre Grabbien.
—Vamos, vamos, mi niña… —Leddiar abrazó a Shardry con vehemencia. Era muy triste observar a la cría, siempre sola, dueña de un estigma que ella misma favorecía dado lo extraño de su comportamiento. Parecía mentira que aquella personita sólo tuviera cinco años—. No te preocupes, nada malo va a pasar, te lo aseguro.
—Entonces, ¿por qué te marchas?
La mujer no pudo evitar esbozar una sonrisa.
—Voy en busca de Thierd, cariño.
—¿Por qué? ¿No crees que haya muerto?
—No lo creo —dijo Leddiar y dejó unos instantes de suspenso antes de continuar, con las lágrimas otra vez acechando—. ¿Sabes…? Le echo de menos.
—Leddiar… —El gesto de la niña era implorante—, llévame contigo, por favor.
—No puedo hacerlo, querida; tus padres no quedarían muy contentos conmigo, ¿no te parece? Además, ni siquiera sé a cuantos males tendré que enfrentarme.
—A ninguno peor que el que aquí se avecina —intervino la pequeña, y Leddiar por un momento creyó leer en sus ojos níveos los rastros de alguna extraña sabiduría. Tragando saliva, se apartó ligeramente del rostro de la niña. No podía ser que sólo tuviera cinco años; resultaba increíble.
Pero las últimas palabras de Shardry fueron las que le llegaron al alma con más fuerza.
—Marcha ahora —dijo, con un semblante tan triste como la niebla—. Como bien supones, tu hijo no está muerto…

—Amigos y vecinos de Grabbien. Bienvenidos a la asamblea anual en la que elegimos de manera conjunta a aquel que se encargará de organizar los asuntos de la aldea en los próximos doce meses —comenzó Sart una vez estuvieron todos sentados; al ser el alcalde saliente, le correspondía hacer las presentaciones—. Como bien sabéis, estos tres últimos meses no han sido fáciles para mí y es probable que no estado a la altura de las circunstancias que el cargo me exigía. Os pido mis más sinceras disculp…
—No es necesario que te disculpes, Sart —habló Dramond, el alguacil—. Todos sabemos de tu estado de ánimo y consideramos que bastante bien te has defendido a pesar de lo ocurrido, ¿no es así, amigos?
La asamblea en pleno irrumpió en gestos de asentimiento.
—Has sido un magnífico alcalde para Grabbien, Sart —alzó la voz Humb entre los últimos restos del murmullo—. Quizá el mejor en muchos años…
Los clamores iban a crecer de nuevo, pero Shielf los interrumpió de manera tajante.
—Desde luego has sido un fabuloso regidor, amigo. Pero como bien dicen las leyes de Freigia, hoy se debe elegir un sustituto y no estaría de más que no nos entretuviéramos demasiado en los prolegómenos…
—Estoy de acuerdo —intervino Sart—. Vayamos al grano. Por ejemplo, Shielf, ya que eres uno de los tres candidatos y con tanto ánimo te adscribes a las leyes de esta, nuestra tierra, ¿por qué no empiezas explicándonos por qué quieres pasar por encima de ellas tratando de convertir el cargo que nos ocupa en vitalicio?
Ahora los murmullos fueron menos efusivos y sí más turbadores.
—Ya que me concedes la palabra en primer lugar, aprovecharé para exponeros el plan que me traigo entre manos y del que estoy seguro que os va a parecer más que interesante —dijo el ebanista con una fuerte convicción y poniéndose en pie.
—Procede entonces.
—Bien, amigos, atended: corren vientos de cambio por todo el país, y no debemos impedir que lleguen hasta nuestra comarca. Son cambios que no significarán más que beneficios para todos y cada uno de nosotros y…
—¿Y cómo te has enterado tú de todas esas cosas, Shielf? —preguntó Estiand con satírico semblante—. ¿Es que te dedicas a viajar y a conocer mundo durante las noches, cuando ninguno sabemos de ti?
La carcajada general no sentó nada bien al aspirante, pero lo disimuló como bien pudo.
—Conozco a mucha gente de los pueblos vecinos, Est, lo sabes perfectamente —se defendió—; mucha gente con la que tengo negocios y a la que hago visitas con bastante asiduidad.
—Ya veo —intervino ahora Humb—; supongo que ha sido Prondas el que se ha codeado con la plana mayor de Moimbra…
El tal Prondas, vecino del cercano pueblo de Ronediers, era conocido por todos como uno de los hombres más cerrados y menos instruidos de toda la comarca. Eran famosas sus borracheras y altercados en cada uno de las tabernas de la comarca. También se sabía que Shielf le tenía como uno de sus mejores amigos.
Esta vez el rostro del ebanista sí mostro un atisbo de furia mal contenida tras las risas.
—Humb, Estiand; todos sabemos de vuestra experiencia y sabiduría, y por eso sois fuente de respeto y consejo continuo. Pero no creo que vuestra posición os dé derecho a tratar de humillarme permanentemente…
Ahora cundió el silencio. Hubo miradas graves, pues no era común que nadie plantase cara a los dos ancianos.
—Estás en lo cierto —indicó el antiguo granjero después de un tenso lapso—. Termina tu discurso y entonces será cuando comenzaremos con las alegaciones…
En ese momento sonaron unos golpecillos en la puerta. Al poco, ésta se abrió para dejar asomar la cabeza de Weidst, uno de los niños amigos de Thierd, mirando a los lados como buscando a alguien.
—¿Qué ocurre, Weidst? —preguntó Sart desde su posición.
—Sart…, perdona la interrupción. Hay un… señor aquí fuera que pregunta por ti; ¿puedes salir un momento?
Los rostros de todos reflejaron la más pura confusión al ver a Sart marchar de la Sala, también con expresión desconcertada.
—Continuad —dijo con el ceño fruncido mientras avanzaba—. Enseguida vuelvo.
Pero un nuevo temblor de tierra justo en el momento en el que cerraba la puerta tras de sí, arrancó de cuajo la atención que todos en ese momento tenían puesta en él.

Leddiar se dirigió hasta los establos mancomunados donde tenía guardada a su yegua y la montó con vigor. Un tanto arrebatada por las últimas palabras de Shardry, cabalgó a toda velocidad en dirección al camino de Noumaned. Con ese ímpetu no tardaría más de una hora en estar en los lindes de la comarca, al sur, allí donde hasta el propio Brigo apenas era ya visible. Desde aquel lugar, a pocas millas ya de las Colinas de Koriadest, sería muy fácil evitar que la encontrasen. Sabía que su primer objetivo debía ser mantenerse oculta durante un largo tiempo. Sart saldría en su búsqueda y quién sabe si no la retendría por la fuerza con la intención de hacerla recapacitar en caso de encontrarla.
No había tomado una decisión tan difícil y definitiva para que fuera abortada antes siquiera de empezar a ponerla en marcha.
Todas las pesquisas hechas en los alrededores durante los últimos tres meses habían resultado estériles. Así que no quedaba más remedio que ampliar el radio de búsqueda. Pero como ese mismo razonamiento sería el que su marido ejercería, lo mejor sería desaparecer durante una buena temporada, a resguardo de los múltiples y dispersos bosques de píceas que se alojaban en la citada zona. La abrupta orografía del terreno se lo haría posible, de la misma manera que le permitiría adquirir sustento suficiente para todo el tiempo que decidiera establecerse allí. A medida que cabalgaba daba eternas gracias por la maestría que había adquirido con el arco durante su adolescencia, merced al interés de su padre por hacer de ella una mujer fuerte e independiente.
Qué ironías tenía la vida. Su padre y su marido, dos gotas de agua.
Mientras avanzaba y el viento agitaba con violencia sus cabellos, sus pensamientos volvieron a la pequeña niña ciega. Leddiar sabía que la cría tenía predilección por ella, al ser una de las pocas personas del pueblo que le daba calor y le hacía algún regalo de tiempo en tiempo. Quería suponer que dicha razón era la que había empujado a la niña a querer animarla diciendo que Thierd aún estaba vivo. Pero el corazón se le encogía cuando pensaba en los comentarios que hablaban de Shardry como una pequeña bruja capaz de adivinar el futuro. Ella siempre había pensado que no se trataba más que de unos cuantos malintencionados que trataban de mantener a raya la inquietud que la misteriosa mirada de la niña les producía.
Pero ahora se descubría a sí misma deseando que toda esa ralea de perversos estuviera en lo cierto respecto a sus desagradables comentarios.
Quería aferrarse a la esperanza de saber que Thierd estaba vivo.
Porque, en el fondo, ahora se hacía consciente de ello, nunca había dado crédito a dicha posibilidad.

Esta vez la vibración había sido mucho más fuerte que las anteriores. Pero Sart estaba demasiado alterado como para poner atención en ello. Tampoco en la enorme humareda que brotaba de lo más alto del Monte Brigo.
—¿Dónde dices que está el hombre que me busca? —preguntó a Weidst mientras el chaval miraba a uno y otro lado del foro, extrañado. El pueblo entero parecía abandonado. Era costumbre que todos permanecieran en sus casas a la espera del resultado del plebiscito.
—Estaba aquí hace un momento —dijo—. Era un tipo muy extraño, por cierto. Bueno, extraño… por decir algo, porque el capazo que le cubría no me dejó ver su rostro.
—¿Qué estás diciendo, Weidst? —Sart se paró en seco—. ¿Era un hombre encapuchado?
—Si a eso se le puede llamar un hombre —contestó el joven con algo parecido a la indiferencia—. Medía más de dos varas… —añadió sin dejar de escudriñar el lugar.
Sart suspiró profundamente y, después de unos segundos, cayó en la cuenta.
—Leddi…
Cuando se disponía a salir corriendo en dirección a su casa, la voz de Weidst le detuvo.
—Espera… Aquí hay algo.
El chico se inclinó hacia el suelo y cogió un trozo de papel doblado en varias partes. Sart se lo arrancó de las manos antes de que pudiera siquiera comenzar a abrirlo.
Para Sart, rezaba la cara que daba al exterior.
El hombre desplegó con desesperación lo que ya intuía era una nota y se dispuso a leerla mientras Weidst se encogía de hombros y se marchaba.

Estimado Sr. Duiban:
Tu hijo nos lo puso en bandeja y no pudimos resistirnos a la tentación.
Si quieres que el camino de su recuperación comience a trazarse, haz que Shielf salga hoy elegido regidor de Grabbien.
Atentamente.
Unos admiradores.

martes, 3 de noviembre de 2009

CAPÍTULO SEGUNDO

Después de varias jornadas de lluvias desapacibles y nubes plomizas, aquella mañana amaneció despejado en Grabbien. La pureza del cielo hacía destacar con mayor grandeza la inmensa mole montañosa que resguardaba a la población de los terribles fríos del norte.
Estiand y Humb se animaron al fin a dar el paseo matutino que tanto disfrutaban desde hacía años, desde que lo avanzado de sus edades no les permitía dedicarse a las labores cotidianas. Granjero el uno y herrero el otro, habían dejado sus posesiones en manos de sus hijos y ahora trataban de hacer del final de sus vidas un acontecimiento lo más reposado posible. Eran los más ancianos del lugar.
Tenían por costumbre sentarse un rato sobre dos rocas que había casi en mitad del foro. Desde allí se hacían testigos mudos del trajín diario de los habitantes del pueblo que les había visto nacer, tanto tiempo atrás. Conocían a todos y cada uno de ellos, y con la sabiduría de los años y de tantos y tantos momentos vividos en comunión, creían saber qué era lo más profundo que se ocultaba en sus corazones.
—Da gusto ver cómo juegan los chiquillos, ¿verdad, Humb?
Estiand inició la conversación tras dos horas sin haber cruzado palabra. Entre ellos no se hacía necesario hablar por hablar. Después de tantas andaduras juntos y de una amistad inquebrantable, muchas veces solo necesitaban del lenguaje corporal para comunicarse. La complicidad de la que gozaban era conocida por todos en el pueblo.
—Desde luego, amigo —asintió Humb alzando sus pobladas cejas blancas—. Pese a que los Duiban no puedan decir lo mismo.
—Cierto. —Estiand colocaba la visera de su sombrero intentando evitar el contacto directo del sol en sus ojos gastados—. ¿Cuánto ha pasado ya desde que desapareció el chico? ¿Dos meses?
—Tres —sentenció el otro con aplomo. La dureza de sus rasgos impedía descifrar con claridad sus emociones—. Parece que Sart está decidido a abandonar la búsqueda.
—Algo muy extraño hay en todo esto, no cabe duda. —Estiand decidió volverse para contemplar el correteo de los niños sin deslumbrarse—. Jamás había ocurrido algo semejante en toda Freigia…
—Al menos desde que nosotros tenemos uso de razón. ¿Recuerdas aquella ocasión en que tu hermano Land se perdió en las faldas del Brigo y tardamos cuatro semanas en encontrarle? —preguntó Humb con una mueca semejante a una sonrisa.
—Apareció famélico el muy cabestro. —Un ruido que se podía interpretar como una risa brotó de boca de Estiand—. Sólo había comido bayas y raíces durante todo ese tiempo y ni se había preocupado por regresar a casa.
—Sí, tu hermano siempre fue un tanto peculiar —recordó Humb—. Pero ni siquiera en esa situación las bestias le hicieron daño alguno. Jamás hemos tenido aprietos con los lobos, los osos o cualquier otra alimaña.
—Es como si existiera un pacto tácito entre ellas y nosotros, ¿no es cierto? Pero —el antiguo granjero arrugó aún más las cejas—, aunque eso hubiera cambiado, supongo que alguien habría encontrado los restos del chico en todo este tiempo, ¿no te parece?
—Así es —corroboró el otro. Tras un nuevo silencio, preguntó sin mirar directamente a su amigo—: Estiand… ¿se te ha pasado por la cabeza, como a mí, que el muchacho se haya dirigido a la Fronda de Fuego?
Alguien muy avispado podría haberse percatado de que la garganta de Estiand había tragado saliva con cierto grado de nerviosismo. A Humb no le hacía falta mirarlo para saberlo.
—La distancia es demasiado grande —murmuró, y esperó otro largo rato sin mover un solo pelo—. En todo caso, ya sabes que esta cuestión no debe salir de entre tú y yo y casi sería mejor ni comentarlo siquiera entre nosotros.
—Lo sé, amigo —contestó el otro con un hilo de voz—. Lo inusual de la situación me hizo pensar en la posibilidad.
—De cualquier modo, no está ya en nuestras manos averiguarlo. Sencillamente, deseemos con todas nuestras fuerzas que no haya sido allí donde el chaval haya llegado.

—Cariño, no tiene sentido continuar —decía Sart a su esposa con la desesperación clavada en las facciones—; no vamos a encontrar a Thierd… nunca.
—¿Cómo puedes hablar así? —clamaba Leddiar con el rostro surcado de lágrimas—. No te reconozco, Sart. Te estás dando por vencido…
—No se trata de eso, Leddi. —El marido miraba ahora hacia otro lado, con los dientes apretados por el dolor—. Te he dicho ya mil veces que al niño se lo ha llevado aquel ser que me atacó a la salida del consejo en Sálgadorm, estoy seguro.
—¡Me importa muy poco quién se lo haya llevado! —gritó la mujer—. Si tan seguro estás de que lo tiene él, ¿por qué no lo dejamos todo entonces, y nos vamos a buscarle aunque haya que recorrer Fadwa entera?
—Leddi… Leddi… escucha… Tú no viste a ese tipo ni sentiste sus garras sobre tu garganta…
Leddiar no pareció haber escuchado las últimas palabras de su esposo.
—¡Siempre te advertí que no era bueno que inculcaras al niño tanta responsabilidad siendo tan pequeño! ¡Tú y tu indiscutible sentido del honor…! ¡Mira dónde nos ha llevado! Y para colmo, ahora parece que reniegas de ti mismo y de tus malditos valores. Thierd no creo que estuviera muy orgulloso de ti…
Sart cerró sus párpados y apretó los labios. Sabía que ese reproche tendría que llegar tarde o temprano. Pero no por esperado fue menos doloroso.
—De todas formas… —volvió a hablar Leddiar— si según dices, tienen a Thierd para taparte la boca en relación al asunto del nuevo rey… ¿Por qué no te lo han dicho ya? Te lo habrían hecho saber de alguna manera.
El marido tuvo ahora que reconocer para sí lo certero de las palabras de Leddiar.
—Lo harán —sentenció—, tarde o temprano lo harán, no te quepa duda.
—¿Después de tres meses todavía crees que eso puede ocurrir?
El marido se volvió de nuevo y encaró el ajado rostro de su amada. Un suspiro profundo precedió a su voz.
—Esta tarde es la elección del nuevo alcalde, Leddi —murmuró—. Hay que impedir a toda costa que Shielf alcance el puesto… Te prometo que a la mañana siguiente, si así lo deseas, haremos nuestros equipajes, cogeremos a los caballos, y saldremos a buscar a Thierd, aunque sea lo último que hagamos en nuestra vida.
Leddiar miró con intensidad a lo más profundo de los ojos negros de su marido durante unos segundos, sin poder controlar la congoja.
—Si lo haces sólo para complacerme a mí —dijo, dándose la vuelta y dirigiéndose a su alcoba—, mejor es que no lo hagas.

Transcurrido un nuevo rato, ambos ancianos se levantaron casi al unísono. Comenzaron su lento deambular por las calles de Grabbien sin dejar de observar a su alrededor con ojos tranquilos pero escrutadores. De vez en cuando algún aldeano les saludaba con gesto amable y ellos respondían levantando levemente el bastón o la mano libre. Pasaron ante la puerta deslucida de la casa de los Huisd, y allí el hijo mayor, Bragg, se inclinó haciendo una reverencia. Ellos devolvieron el gesto con una expresión rancia que el joven enseguida interpretó como jocosa. Trigheon, el panadero, les adelantó por una calle embarrada transportando un enorme cesto de roscas recién horneadas, cuyo aroma, como Humb siempre decía, «sería capaz de despertar a un muerto».
Solo cuando se cruzaron con Shielf, el ebanista, fue cuando reanudaron el diálogo.
—Esta tarde se decide nuevo regidor, ¿recuerdas? —preguntó Estiand tratando sin mucho tino no pisar un charco.
—Desde luego —contestó Humb—. Supongo asistirás a la elección.
—No faltaría ni a cambio de una noche a solas con la mujer de Cradder. Hay que hacer cuanto esté en nuestra mano por que Shielf no salga victorioso.
—No es el único que defiende ampliar la duración del cargo.
—Pero sí es el único que opina que debería ser de por vida…
Nuevo silencio. Tras otro saludo a Zack, el pescadero, se adentraron en el barrio conocido como el de Los Dolientes.
—Otra de tantas cosas que últimamente tan mala espina me dan —concluyó Humb, sintiendo de soslayo el asentimiento de su compañero.
Pasaron por delante de la puerta de los Duiban. No quisieron pararse, pero pudieron reconocer un sollozo ahogado de mujer tras la madera.
—¿Crees que Sart volverá a presentarse a regidor alguna otra vez? —preguntó Humb después de alcanzar el final de la calle. El sol volvía a hacer mella en sus rostros.
—¿Cómo saberlo? Todo dependerá de cómo se resuelva el asunto de su hijo. Sin duda perderíamos al más valioso de los hombres de este pueblo.
—Desde que tú y yo entramos en la senectud, claro…
—Desde luego. —Estiand volvió a sonreír—. Y sí, tus hijos y los míos son maravillosos, pero los dones con los que cuenta Sart son difíciles de igualar.
—Estoy de acuerdo. Es una lástima que…
Humb interrumpió su discurso de manera repentina. Ambos detuvieron su tranquilo paseo. Una niña de unos cinco años caminaba solitaria, pegadas sus manos a la pared de la casa que se levantaba a su izquierda. En el blanco de sus iris podían descubrirse las señales de la invidencia.
Los dos ancianos guardaron silencio mientras la niña pasaba a su lado, observándola con intensidad. En apariencia, ella no se había percatado de su presencia. Transcurrieron algunos segundos hasta que Estiand decidió dar fin a su mutismo.
—No digas nada más, amigo, o por hoy habremos superado el cupo de cuestiones que no deben ser siquiera mencionadas.


Inmediatamente después de que Sart saliera de la casa para dirigirse a la votación de nuevo alcalde, Leddiar comenzó a hacer su equipaje. La nota la tenía preparada desde hacía rato.

No puedo esperarte, Sart.
Si emprendieses la búsqueda sin esperanzas, no harías sino entorpecerla.
Te quiero con toda mi alma, pero mi vida contigo ya no tiene sentido si eres capaz de anteponer una reunión, por importante que sea, a la necesidad de encontrar a tu propio hijo.
Volveremos. Te lo prometo.
Tuya, siempre:
Leddiar
.

Se encontraba en un estado de nervios como nunca antes había sentido. Guardaba las cosas atropelladamente, sin dejar de llorar un solo instante.
Cogió todo aquello que consideró indispensable para lo que, pese a lo dicho a Sart en la nota, entendía cómo un viaje sin retorno; lo envolvió en mitad de una manta gruesa y lo introdujo en la talega. Se la colgó al hombro con decisión y agarró también el arco y el carcaj. Después se dirigió hacia la puerta. Poco antes de abrirla, se detuvo y dio media vuelta.
“La nota —se dijo—, la nota de Thierd”.
Llevó sus pasos hacia la alcoba y cogió uno de los pliegos tendidos en el lecho. Era un papel sucio y arrugado, con la tinta emborronada por las lágrimas derramadas sobre ella.
Volvió a leerlo; una vez más.

Queridos padre y madre.
Sé que siempre me habéis enseñado a no mentir y a no ocultar mis faltas tras ningún tipo de máscara. Me habéis inculcado que lo mejor es dar la cara en cualquier situación.
Pero esta noche he oído llegar a padre muy de madrugada y he salido de la cama para abrazarle. Enseguida noté el tono dolorido de la voz de madre y sin pensarlo siquiera decidí ocultarme detrás de la puerta para escuchar.
Padre, estuve tentado de salir y pedirte que me explicaras qué era lo que te había ocurrido, pero algo me decía que tú no me ibas a contar toda la verdad, para no preocuparme.
He escuchado todo lo que te ha pasado en Sálgadorm y cómo ese señor tan alto y forzudo ha estado a punto de matarte. No entiendo por qué has dejado que te hiciera eso, pero lo único que sé es que ese hombre, o lo que sea, tiene que saber que los Duiban no se dejan avasallar de ninguna de las maneras, como tú, padre, siempre me has enseñado.
En realidad lo que pienso es que no te has defendido precisamente por eso, porque esperas que sea yo quien me encargue de hacer lo que debo de hacer.
Os quiero mucho a los dos. No os preocupéis por mí. Cumpliré mi misión y volveré con vosotros.
Vuestro, siempre:
Thierd.

Leddiar dobló el papel lentamente y, enjugándose el rostro, lo guardó junto a las demás cosas. Volvió a dirigirse hacia la puerta, la abrió y abandonó su hogar para siempre.

viernes, 30 de octubre de 2009

CAPÍTULO 1

Grabbien, Freigia. Año 428 desde la Creación.

Ni Sart ni Leddiar Duiban se percataron de la presencia de Thierd, su hijo de doce años, detrás de la puerta, escuchando su conversación.
Era bien entrada la madrugada y no podían imaginar que el chico estuviera despierto a esas horas.
—Pero, Sart —decía la madre, preocupada—, ¿tú te has visto? Dime qué es lo que te ha pasado o iré a llamar a Basthand de inmediato.
—Shhh… —Ambos trataban de hablar en susurros, pero el nerviosismo de Leddiar le impedía controlar su voz—. Por favor, Leddi, vas a despertar al niño —Thierd aguzaba el oído con la mirada puesta en el infinito—. No necesito un médico, no ha sido nada grave; tan sólo han querido asustarme.
—¿Asustarte? —El chaval tragaba saliva desde su escondrijo—. Pero ¿quién y por qué ha pretendido asustarte? Y estas horas de llegar… Por favor, explícamelo todo ahora mismo.
Thierd contempló por el hueco de la puerta, de refilón, cómo su madre limpiaba con un paño húmedo una herida abierta en una de las sienes de su esposo. Al ver el rastro encarnado, el chico tuvo que contener las lágrimas y las ganas de salir a abrazar a su progenitor. Pero era mejor esperar o sus padres jamás le contarían la verdad acerca de lo ocurrido.
—Bueno, no sé por dónde empezar… —Sart contuvo un quejido tras una de las pasadas del paño por su rostro—. Me fui a Sálgadorm, tuvimos el consejo, ya sabes, y en fin, no sé de qué manera se presentó allí un tal Broigan, que decía ser el nuevo regidor de Yaksti.
—¿Y Groder? ¿No era Groder el alcalde de turno de Yaksti durante este año?
—Eso creíamos todos, pero el extraño nos contó que esa misma mañana había sufrido un desvanecimiento antes de salir debido al cansancio y había delegado en él a última hora.
—¿Cansancio? —preguntó Leddiar sin perder un ápice de inquietud— Creo recordar que siempre hablas de Groder como de uno de los seres más holgazanes de Freigia…
—Así es; si hay algo que le defina no es precisamente el gusto por el trabajo. Pero, en fin, la cuestión está en que nadie le dio mayor importancia, pero a mí la mosca se me quedó detrás de la oreja.
—Continúa, por favor…
Los ojos profundos de Sart se concentraban para recordarlo todo con exactitud.
—Cuando me convencí de que allí había gato encerrado fue cuando Broigan comenzó un estudiado discurso en el que abogaba por la extinción de la titularidad anual de los regidores y el apoyo común a una nueva figura que aglutine a todos los pueblos de la comarca y que funcione como su representante en las asambleas que se realizan en Moimbra.
—Moimbra… —repitió Leddiar como si tratara de entender algún enigma indescifrable—. Pero ¿se puede saber qué pintamos nosotros en Moimbra? Está demasiado lejos, jamás hemos sabido nada de lo que ocurre por allí.
—Eso mismo pensé yo…
—Pero, y los demás… ¿qué decían? ¿Ninguno se puso en contra?
—Verás, Leddiar… —El gesto de Sart, ahora, mostraba una completa turbación—. Jamás había escuchado una manera de hablar como la de ese hombre. El modo de exponer sus ideas y las razones para llevarlas a cabo resultaba totalmente novedoso. Creo que el consejo entero cayó bajo el embrujo de su elocuencia.

A pesar de su juventud, Thierd creía entender a la perfección todo lo que su padre estaba hablando. Sart, haciendo gran hincapié en la defensa del orgullo familiar, siempre había tenido un fuerte empeño por hacer saber a su hijo, desde muy pequeño, muchas de las cosas que atañen al mundo, aunque algunas de ellas poco tuvieran que ver con los intereses de un crío. Pero el despierto interés que el chiquillo había mostrado desde las primeras lecciones no hacía sino colmar de satisfacción a Sart. Ahora, con los doce años recién cumplidos, Thierd era dueño de un enorme elenco de conocimientos y visiones que los chavales de su edad, sus amigos, recibían con incredulidad, cuando no con desprecio.
Quizá por esta razón fue por la que Leddiar sintió a su marido, durante mucho tiempo, como responsable de lo ocurrido poco después.
—¿Magia? —preguntó la mujer mientras se iba en busca de ropa limpia para el hombre. La herida cicatrizaría en pocos días—. ¿Quieres decir que lanzó un hechizo sobre los regidores?
—No empieces otra vez con tus historias sobre la magia, Leddi —se exasperó Sart. Se había levantado y lavaba su rostro y sus axilas en una palangana, junto a la chimenea apagada—. No hay magia, ¿me oyes?, no hay magia. Esas cosas no existen en Fadwa, son historias para los niños.
Thierd aprovechó para dedicarse una sonrisa triste: eso no era lo que Sart le decía todos los días.
—De acuerdo, sí, ya me lo has dicho muchas veces, no hay magia —se oyó hablar a Leddiar.
—Shhh —Esa vez Thierd casi se encontró con la mirada de su padre—. ¿Quieres hablar más bajo?
—Ay, sí, disculpa… —susurró la madre una vez recuperó su lugar al lado de Sart—. Pero tranquilo, Thierd debe estar ahora mismo en el quinto sueño.
—Cuando digo que Broigan embrujó al consejo, me refiero a que lo engatusó con sus palabras, a que lo deslumbró con sus planteamientos.
El niño oculto pegó un poco más el oído a la puerta; su padre hablaba demasiado bajo.
—Y si es así… —Leddiar desvestía con delicadeza a su marido. A Thierd le encantaba comprobar cuánto se amaban sus padres—, ¿por qué a ti no consiguió encandilarte?
—Algunos me acusaron de inmovilista —dijo Sart con serio semblante—. Pero no entiendo por qué es necesario cambiar un sistema que hasta el momento nos mantiene a todos satisfechos.
—Me tienes en ascuas, Sart… —señaló Leddiar con cierto aire irónico que a Thierd no se le escapó.
—Verás, Leddi… aquel desconocido, además de hablar de ese supuesto comisionado que nos representaría en Moimbra, habló también del surgimiento de otra figura más, que sería la que se encargara de regir los destinos de toda Freigia, en principio, para más tarde gobernar Fadwa entera.
—¿Con qué fin?
—Según él, mejoraría las relaciones entre las comarcas, el comercio podría ampliarse y todos saldríamos beneficiados…
Tras unos segundos de un silencio que el chico no entendió muy bien, Leddiar sentenció:
—Creo entender qué es lo que sospechas, Sart; te conozco demasiado.
El padre se incorporó de nuevo y abrazó a su esposa con fuerza.
—Leddi… este mundo es joven, estamos aprendiendo poco a poco a organizarnos lo mejor que podemos. Hasta el momento no hay grandes dificultades entre los clanes, nos respetamos los unos a los otros… La otra raza, los elfos, funcionan a su manera, errando de un sitio a otro, pero sin dar el más mínimo problema… ¿Por qué habríamos de necesitar a alguien que nos gobernase a todos, permanentemente? Estamos muy bien como estamos, ¿alguien diría que no somos felices? Un cargo como ese sólo serviría para acabar dividiéndonos…
Leddiar se aferraba al cuerpo de su marido con profundo cariño.
—Y, esa figura, ¿cómo dices que se llamaría? —preguntó.
Sart miró a los ojos verde océano de su mujer con un velo de tristeza en los suyos propios.
—Rey. A ese alguien se le llamaría rey…

Thierd pestañeó varias veces tratando de profundizar lo más posible en lo que su padre acababa de explicar. Un rey para Freigia… Ahora solo esbozaba a medias lo que Sart había querido decir, pero de una cosa estaba absolutamente seguro: si su padre decía que un Rey no era bueno para la comarca, es que no lo era.
—Aún no me has contado por qué te atacaron —retomó Leddiar recobrando el gesto implorante.
—Pasamos la tarde en la taberna. Yo estuve intentando convencer a los demás de lo inadecuado de esas ideas, pero todo el mundo se cerró en banda. Cuando decidí abandonarlos y regresar a casa, alguien oculto tras una capa negra me asaltó en mitad del camino. Traté de defenderme, creí que quería robarme, pero era mucho más fuerte que yo —Aquel reconocimiento no hizo sino turbar más a Thierd—. Cuando me tuvo inmovilizado me propinó el brutal manotazo que me hizo esta herida.
¿Un manotazo? ¿El forzudo de su padre rendido ante un único manotazo? Aquello era muy extraño. El especial sentido de la responsabilidad de Thierd empezaba a clamar una sola cosa: venganza.
—Pero, ¿te dijo algo? ¿Pudiste oír su voz…?
—Leddi… —comenzó Sart, empleando un tono que su hijo no había escuchado en él hasta ahora— aquello…, aquello no era un hombre; medía más de dos varas y su fuerza no era de este mundo. —Leddiar le observaba tratando de disimular su temor. Thierd, sin embargo, notaba cómo crecía su rabia—. Aún no sé por qué no acabó conmigo. Lo podría haber hecho con toda tranquilidad.
—Sart. —Al oír a su madre, Thierd supo que estaba utilizando el tono que usaba con él cuando quería que la escuchase sin atender a nada más—. Cuéntame ya qué fue lo que te dijo aquel ser.
—Me dijo que… bueno, que si volvía a hablar en contra de… del futuro rey, serían las últimas palabras que pronunciaría en vida.

Thierd esperó pacientemente y sin dormirse a que sus padres dejaran de emitir esos extraños jadeos que de vez en cuando podía escuchar mientras estaban acostados en mitad de la noche. Cuando estuvo seguro de que se habían sumergido en el sueño más profundo, se levantó, se vistió y metió unas cuantas provisiones en su morral. Después de escribir la nota de despedida y dejarla sobre la repisa del hogar, abrió la puerta con extremo sigilo y abandonó la casa con paso raudo.
Fuera quien fuera aquel extraño que había atacado a su padre hasta humillarle, acabaría sabiendo de lo que los Duiban eran capaces.

miércoles, 28 de octubre de 2009

PRÓLOGO

Monte Brigo, Freigia, año 423 desde la creación.

El hombre del pelo azul y la nariz partida ascendía pesadamente la ladera norte de uno de los montes más altos de Fadwa. Su paso era lento pero invariable; su determinación, poderosa. Las huellas de la ancianidad eran bien patentes en su porte, aunque no parecía ser ésta una cuestión que le preocupara demasiado. Lo normal habría sido pensar que la idea de alcanzar la cima de aquella pendiente antes de la puesta del sol no era la mejor para alguien de edad tan avanzada.
Pero el hombre del pelo azul y la nariz partida no era un hombre cualquiera.
Sudando copiosamente, hizo una más de sus intermitentes paradas y tomó aliento. Alzó la piel hasta su boca y echó un largo trago.
«Ya queda menos», se dijo.
Su túnica de estilo suabí se mostraba vieja y desgastada, con hilos varios colgando de muchos de sus bordes. El color rojo seco de la prenda se fundía con los últimos rayos solares que caían ahora directamente sobre su cuerpo, tras virar a la izquierda en la última y pronunciada curva que había tomado al reiniciar la marcha. Sus ojos pudieron entonces contemplar el final del camino, la gran grieta que se abría casi en el extremo de la cumbre. Desde allí parecía tan pequeña como la puerta de una choza tuimi, pero enseguida se percató de que su cansada vista le había engañado una vez más. Al llegar a ella descubrió que su altura era superior a los doce pies. Se volvió a sentar durante unos minutos en una roca para recobrar el resuello y después se dirigió al interior de la gruta.
«Veamos si ha merecido la pena el esfuerzo».
A los pocos pasos la oscuridad lo invadió por completo. Ahora la pendiente apuntaba en un descenso poco acentuado. Sacó de su morral la antorcha que traía preparada y la encendió decidido. El calor allí arriba era más agobiante que cuando inició el ascenso, pero pensó que podía deberse a una sensación pasajera, fruto del desgaste. Sus ojos negro espejo escrutaban las paredes de la galería con un profundo fervor.
«Ya estoy aquí. He atendido debidamente a la llamada. Yo he cumplido con mi parte».
Transcurrido algo más de tiempo, pudo vislumbrar un pequeño foco de luz blanquecina a lo lejos, frente a él. Avanzó con seguridad hacia ella. Se trataba de una nueva abertura que daba paso a una amplia cámara ovoide perfectamente iluminada por multitud de teas prendidas de la pared curva. Una especie de trono sobrio se alzaba en su mismo centro, sin presencia que lo ocupara. Pese a no ofrecer una vista prodigiosa, el hombre del pelo azul y la nariz partida contemplaba embelesado el lugar, sin que ningún rastro de inquietud hiciera mella en él.
«No voy a tener miedo. Soy demasiado viejo para temer a la muerte, máxime cuando los médicos dicen que me está llamando a gritos y yo estoy deseando ir a su encuentro».
—¡Bien, ya estoy aquí, como me pediste! —gritó al aire viciado y con cierto sabor a azufre. El tono de su voz gastada parecía querer herir la roca—. ¿A qué esperas para manifestarte?
—Bienvenido a mi primer y efímero templo —se escuchó una voz de timbre indefinido procedente del sitial. Nada podía distinguirse en él desde allí—. Te agradecería el esfuerzo si no tuviera por costumbre no dar gracias por cosa alguna.
El hombre del pelo azul y la nariz partida reanudó su tránsito en dirección al origen de la voz.
—Empezamos estando de acuerdo en algo, lo que es buen augurio, ¿no te parece? —manifestó con una aplastante firmeza—. Yo tampoco fui jamás una persona agradecida.
—El poder no admite de pusilanimidades, es cierto —intervino la voz misteriosa—. Por eso te elegí a ti, a pesar de tus años.
Los pasos del recién llegado avanzaron lo bastante como para poder distinguir una diminuta mancha negra moviéndose por encima de uno de los brazos del trono. Aún no conseguía adivinar de qué se trataba.
—Más vale que esa misión de la que me hablaste sea lo suficientemente liviana como para no dar con mis huesos en la tierra antes de llegar a consumarla —afirmó sin dejar de caminar con vigor hacia delante.
—Oírte hablar no hace sino confirmar lo acertado de mi decisión —volvió a declarar aquel extraño ser que, el anciano podía ya asegurarlo, no se trataba de otra cosa más que de una rata grande y gris—. ¿No me temes ni siquiera un poquito?
—Supongo que tengo más que ganar que perder con esta visita. Todo lo que no signifique quitarme la vida o concederme la eternidad, supondrá para mí poco menos que un vil castigo.
Entonces, de manera inesperada, los pequeños ojillos negros de la rata se posaron sobre los del hombre de pelo azul y nariz partida de forma aguda y malévola, como la que cualquier ser racional pudiera mostrar en un momento de odio desbordado. Y mientras la figura de roedor se transformaba de modo fulminante en la de otro ser de indeterminado carácter pero de porte mucho mayor, unas nuevas y oscuras palabras brotaron desde su boca.
—Disponte entonces a recibir el premio que tanto te mereces…
Ese fue también el momento en que el anciano, sin saber cómo ni por qué, perdió todo rastro de conocimiento.

Mientras se enjuagaba el rostro en la tibia corriente del río, el hombre de pelo azul y la nariz partida trató de poner orden en sus pensamientos.
«¿Qué demonios ha pasado ahí arriba? Ya no sé si ha sido sueño o realidad».
Sólo recordaba de muy vaga manera imágenes confusas que no sabía interpretar con claridad. Algo semejante a un ángel enorme de vestiduras negras como la pez se había introducido a través de su pecho y la propia concepción del mundo se había repentinamente transformado para él. La visión fugaz de países y tierras devastados por el dolor, hombres y mujeres arrastrándose mutilados por el sufrimiento, el cielo envuelto en mantos de un rojo inexplicable… Y palabras, ecos salvajes que resonaban en su mente como golpes de maza: Un mundo joven… La magia, busca la magia… Un rey en mi nombre… Un nuevo templo para destruir éste…
Una pesadilla, todo debía haber sido una simple pesadilla, pues si se trataba de algún mensaje en clave, no se sentía capaz de descifrarlo.
«He sido un idiota ingenuo. Mi cabeza no debe funcionar ya como debe; me hablan de dioses, poderes, misiones y vida eterna y caigo en la trampa como un niño de teta…».
Se incorporó despacio y devolvió la mirada a la cima del volcán, de donde acababa de bajar. Sus ojos de espejo mostraban la más profunda decepción.
«Siendo así, nada más me queda por hacer. Me niego a seguir esperando a que la muerte se decida a venir a recogerme».
Y retornando su mirada al río, se dispuso a arrojarse a él.

Pero el encuentro de su propio reflejo en las aguas le hizo cambiar de opinión de manera drástica. Como el relámpago en la tormenta, así el entendimiento descendió hasta sus entrañas, cuando contempló con intenso ardor cómo su piel y sus rasgos habían retrocedido en el tiempo al menos cincuenta años.