Después de varias jornadas de lluvias desapacibles y nubes plomizas, aquella mañana amaneció despejado en Grabbien. La pureza del cielo hacía destacar con mayor grandeza la inmensa mole montañosa que resguardaba a la población de los terribles fríos del norte.
Estiand y Humb se animaron al fin a dar el paseo matutino que tanto disfrutaban desde hacía años, desde que lo avanzado de sus edades no les permitía dedicarse a las labores cotidianas. Granjero el uno y herrero el otro, habían dejado sus posesiones en manos de sus hijos y ahora trataban de hacer del final de sus vidas un acontecimiento lo más reposado posible. Eran los más ancianos del lugar.
Tenían por costumbre sentarse un rato sobre dos rocas que había casi en mitad del foro. Desde allí se hacían testigos mudos del trajín diario de los habitantes del pueblo que les había visto nacer, tanto tiempo atrás. Conocían a todos y cada uno de ellos, y con la sabiduría de los años y de tantos y tantos momentos vividos en comunión, creían saber qué era lo más profundo que se ocultaba en sus corazones.
—Da gusto ver cómo juegan los chiquillos, ¿verdad, Humb?
Estiand inició la conversación tras dos horas sin haber cruzado palabra. Entre ellos no se hacía necesario hablar por hablar. Después de tantas andaduras juntos y de una amistad inquebrantable, muchas veces solo necesitaban del lenguaje corporal para comunicarse. La complicidad de la que gozaban era conocida por todos en el pueblo.
—Desde luego, amigo —asintió Humb alzando sus pobladas cejas blancas—. Pese a que los Duiban no puedan decir lo mismo.
—Cierto. —Estiand colocaba la visera de su sombrero intentando evitar el contacto directo del sol en sus ojos gastados—. ¿Cuánto ha pasado ya desde que desapareció el chico? ¿Dos meses?
—Tres —sentenció el otro con aplomo. La dureza de sus rasgos impedía descifrar con claridad sus emociones—. Parece que Sart está decidido a abandonar la búsqueda.
—Algo muy extraño hay en todo esto, no cabe duda. —Estiand decidió volverse para contemplar el correteo de los niños sin deslumbrarse—. Jamás había ocurrido algo semejante en toda Freigia…
—Al menos desde que nosotros tenemos uso de razón. ¿Recuerdas aquella ocasión en que tu hermano Land se perdió en las faldas del Brigo y tardamos cuatro semanas en encontrarle? —preguntó Humb con una mueca semejante a una sonrisa.
—Apareció famélico el muy cabestro. —Un ruido que se podía interpretar como una risa brotó de boca de Estiand—. Sólo había comido bayas y raíces durante todo ese tiempo y ni se había preocupado por regresar a casa.
—Sí, tu hermano siempre fue un tanto peculiar —recordó Humb—. Pero ni siquiera en esa situación las bestias le hicieron daño alguno. Jamás hemos tenido aprietos con los lobos, los osos o cualquier otra alimaña.
—Es como si existiera un pacto tácito entre ellas y nosotros, ¿no es cierto? Pero —el antiguo granjero arrugó aún más las cejas—, aunque eso hubiera cambiado, supongo que alguien habría encontrado los restos del chico en todo este tiempo, ¿no te parece?
—Así es —corroboró el otro. Tras un nuevo silencio, preguntó sin mirar directamente a su amigo—: Estiand… ¿se te ha pasado por la cabeza, como a mí, que el muchacho se haya dirigido a la Fronda de Fuego?
Alguien muy avispado podría haberse percatado de que la garganta de Estiand había tragado saliva con cierto grado de nerviosismo. A Humb no le hacía falta mirarlo para saberlo.
—La distancia es demasiado grande —murmuró, y esperó otro largo rato sin mover un solo pelo—. En todo caso, ya sabes que esta cuestión no debe salir de entre tú y yo y casi sería mejor ni comentarlo siquiera entre nosotros.
—Lo sé, amigo —contestó el otro con un hilo de voz—. Lo inusual de la situación me hizo pensar en la posibilidad.
—De cualquier modo, no está ya en nuestras manos averiguarlo. Sencillamente, deseemos con todas nuestras fuerzas que no haya sido allí donde el chaval haya llegado.
—Cariño, no tiene sentido continuar —decía Sart a su esposa con la desesperación clavada en las facciones—; no vamos a encontrar a Thierd… nunca.
—¿Cómo puedes hablar así? —clamaba Leddiar con el rostro surcado de lágrimas—. No te reconozco, Sart. Te estás dando por vencido…
—No se trata de eso, Leddi. —El marido miraba ahora hacia otro lado, con los dientes apretados por el dolor—. Te he dicho ya mil veces que al niño se lo ha llevado aquel ser que me atacó a la salida del consejo en Sálgadorm, estoy seguro.
—¡Me importa muy poco quién se lo haya llevado! —gritó la mujer—. Si tan seguro estás de que lo tiene él, ¿por qué no lo dejamos todo entonces, y nos vamos a buscarle aunque haya que recorrer Fadwa entera?
—Leddi… Leddi… escucha… Tú no viste a ese tipo ni sentiste sus garras sobre tu garganta…
Leddiar no pareció haber escuchado las últimas palabras de su esposo.
—¡Siempre te advertí que no era bueno que inculcaras al niño tanta responsabilidad siendo tan pequeño! ¡Tú y tu indiscutible sentido del honor…! ¡Mira dónde nos ha llevado! Y para colmo, ahora parece que reniegas de ti mismo y de tus malditos valores. Thierd no creo que estuviera muy orgulloso de ti…
Sart cerró sus párpados y apretó los labios. Sabía que ese reproche tendría que llegar tarde o temprano. Pero no por esperado fue menos doloroso.
—De todas formas… —volvió a hablar Leddiar— si según dices, tienen a Thierd para taparte la boca en relación al asunto del nuevo rey… ¿Por qué no te lo han dicho ya? Te lo habrían hecho saber de alguna manera.
El marido tuvo ahora que reconocer para sí lo certero de las palabras de Leddiar.
—Lo harán —sentenció—, tarde o temprano lo harán, no te quepa duda.
—¿Después de tres meses todavía crees que eso puede ocurrir?
El marido se volvió de nuevo y encaró el ajado rostro de su amada. Un suspiro profundo precedió a su voz.
—Esta tarde es la elección del nuevo alcalde, Leddi —murmuró—. Hay que impedir a toda costa que Shielf alcance el puesto… Te prometo que a la mañana siguiente, si así lo deseas, haremos nuestros equipajes, cogeremos a los caballos, y saldremos a buscar a Thierd, aunque sea lo último que hagamos en nuestra vida.
Leddiar miró con intensidad a lo más profundo de los ojos negros de su marido durante unos segundos, sin poder controlar la congoja.
—Si lo haces sólo para complacerme a mí —dijo, dándose la vuelta y dirigiéndose a su alcoba—, mejor es que no lo hagas.
Transcurrido un nuevo rato, ambos ancianos se levantaron casi al unísono. Comenzaron su lento deambular por las calles de Grabbien sin dejar de observar a su alrededor con ojos tranquilos pero escrutadores. De vez en cuando algún aldeano les saludaba con gesto amable y ellos respondían levantando levemente el bastón o la mano libre. Pasaron ante la puerta deslucida de la casa de los Huisd, y allí el hijo mayor, Bragg, se inclinó haciendo una reverencia. Ellos devolvieron el gesto con una expresión rancia que el joven enseguida interpretó como jocosa. Trigheon, el panadero, les adelantó por una calle embarrada transportando un enorme cesto de roscas recién horneadas, cuyo aroma, como Humb siempre decía, «sería capaz de despertar a un muerto».
Solo cuando se cruzaron con Shielf, el ebanista, fue cuando reanudaron el diálogo.
—Esta tarde se decide nuevo regidor, ¿recuerdas? —preguntó Estiand tratando sin mucho tino no pisar un charco.
—Desde luego —contestó Humb—. Supongo asistirás a la elección.
—No faltaría ni a cambio de una noche a solas con la mujer de Cradder. Hay que hacer cuanto esté en nuestra mano por que Shielf no salga victorioso.
—No es el único que defiende ampliar la duración del cargo.
—Pero sí es el único que opina que debería ser de por vida…
Nuevo silencio. Tras otro saludo a Zack, el pescadero, se adentraron en el barrio conocido como el de Los Dolientes.
—Otra de tantas cosas que últimamente tan mala espina me dan —concluyó Humb, sintiendo de soslayo el asentimiento de su compañero.
Pasaron por delante de la puerta de los Duiban. No quisieron pararse, pero pudieron reconocer un sollozo ahogado de mujer tras la madera.
—¿Crees que Sart volverá a presentarse a regidor alguna otra vez? —preguntó Humb después de alcanzar el final de la calle. El sol volvía a hacer mella en sus rostros.
—¿Cómo saberlo? Todo dependerá de cómo se resuelva el asunto de su hijo. Sin duda perderíamos al más valioso de los hombres de este pueblo.
—Desde que tú y yo entramos en la senectud, claro…
—Desde luego. —Estiand volvió a sonreír—. Y sí, tus hijos y los míos son maravillosos, pero los dones con los que cuenta Sart son difíciles de igualar.
—Estoy de acuerdo. Es una lástima que…
Humb interrumpió su discurso de manera repentina. Ambos detuvieron su tranquilo paseo. Una niña de unos cinco años caminaba solitaria, pegadas sus manos a la pared de la casa que se levantaba a su izquierda. En el blanco de sus iris podían descubrirse las señales de la invidencia.
Los dos ancianos guardaron silencio mientras la niña pasaba a su lado, observándola con intensidad. En apariencia, ella no se había percatado de su presencia. Transcurrieron algunos segundos hasta que Estiand decidió dar fin a su mutismo.
—No digas nada más, amigo, o por hoy habremos superado el cupo de cuestiones que no deben ser siquiera mencionadas.
Inmediatamente después de que Sart saliera de la casa para dirigirse a la votación de nuevo alcalde, Leddiar comenzó a hacer su equipaje. La nota la tenía preparada desde hacía rato.
No puedo esperarte, Sart.
Si emprendieses la búsqueda sin esperanzas, no harías sino entorpecerla.
Te quiero con toda mi alma, pero mi vida contigo ya no tiene sentido si eres capaz de anteponer una reunión, por importante que sea, a la necesidad de encontrar a tu propio hijo.
Volveremos. Te lo prometo.
Tuya, siempre:
Leddiar.
Estiand y Humb se animaron al fin a dar el paseo matutino que tanto disfrutaban desde hacía años, desde que lo avanzado de sus edades no les permitía dedicarse a las labores cotidianas. Granjero el uno y herrero el otro, habían dejado sus posesiones en manos de sus hijos y ahora trataban de hacer del final de sus vidas un acontecimiento lo más reposado posible. Eran los más ancianos del lugar.
Tenían por costumbre sentarse un rato sobre dos rocas que había casi en mitad del foro. Desde allí se hacían testigos mudos del trajín diario de los habitantes del pueblo que les había visto nacer, tanto tiempo atrás. Conocían a todos y cada uno de ellos, y con la sabiduría de los años y de tantos y tantos momentos vividos en comunión, creían saber qué era lo más profundo que se ocultaba en sus corazones.
—Da gusto ver cómo juegan los chiquillos, ¿verdad, Humb?
Estiand inició la conversación tras dos horas sin haber cruzado palabra. Entre ellos no se hacía necesario hablar por hablar. Después de tantas andaduras juntos y de una amistad inquebrantable, muchas veces solo necesitaban del lenguaje corporal para comunicarse. La complicidad de la que gozaban era conocida por todos en el pueblo.
—Desde luego, amigo —asintió Humb alzando sus pobladas cejas blancas—. Pese a que los Duiban no puedan decir lo mismo.
—Cierto. —Estiand colocaba la visera de su sombrero intentando evitar el contacto directo del sol en sus ojos gastados—. ¿Cuánto ha pasado ya desde que desapareció el chico? ¿Dos meses?
—Tres —sentenció el otro con aplomo. La dureza de sus rasgos impedía descifrar con claridad sus emociones—. Parece que Sart está decidido a abandonar la búsqueda.
—Algo muy extraño hay en todo esto, no cabe duda. —Estiand decidió volverse para contemplar el correteo de los niños sin deslumbrarse—. Jamás había ocurrido algo semejante en toda Freigia…
—Al menos desde que nosotros tenemos uso de razón. ¿Recuerdas aquella ocasión en que tu hermano Land se perdió en las faldas del Brigo y tardamos cuatro semanas en encontrarle? —preguntó Humb con una mueca semejante a una sonrisa.
—Apareció famélico el muy cabestro. —Un ruido que se podía interpretar como una risa brotó de boca de Estiand—. Sólo había comido bayas y raíces durante todo ese tiempo y ni se había preocupado por regresar a casa.
—Sí, tu hermano siempre fue un tanto peculiar —recordó Humb—. Pero ni siquiera en esa situación las bestias le hicieron daño alguno. Jamás hemos tenido aprietos con los lobos, los osos o cualquier otra alimaña.
—Es como si existiera un pacto tácito entre ellas y nosotros, ¿no es cierto? Pero —el antiguo granjero arrugó aún más las cejas—, aunque eso hubiera cambiado, supongo que alguien habría encontrado los restos del chico en todo este tiempo, ¿no te parece?
—Así es —corroboró el otro. Tras un nuevo silencio, preguntó sin mirar directamente a su amigo—: Estiand… ¿se te ha pasado por la cabeza, como a mí, que el muchacho se haya dirigido a la Fronda de Fuego?
Alguien muy avispado podría haberse percatado de que la garganta de Estiand había tragado saliva con cierto grado de nerviosismo. A Humb no le hacía falta mirarlo para saberlo.
—La distancia es demasiado grande —murmuró, y esperó otro largo rato sin mover un solo pelo—. En todo caso, ya sabes que esta cuestión no debe salir de entre tú y yo y casi sería mejor ni comentarlo siquiera entre nosotros.
—Lo sé, amigo —contestó el otro con un hilo de voz—. Lo inusual de la situación me hizo pensar en la posibilidad.
—De cualquier modo, no está ya en nuestras manos averiguarlo. Sencillamente, deseemos con todas nuestras fuerzas que no haya sido allí donde el chaval haya llegado.
—Cariño, no tiene sentido continuar —decía Sart a su esposa con la desesperación clavada en las facciones—; no vamos a encontrar a Thierd… nunca.
—¿Cómo puedes hablar así? —clamaba Leddiar con el rostro surcado de lágrimas—. No te reconozco, Sart. Te estás dando por vencido…
—No se trata de eso, Leddi. —El marido miraba ahora hacia otro lado, con los dientes apretados por el dolor—. Te he dicho ya mil veces que al niño se lo ha llevado aquel ser que me atacó a la salida del consejo en Sálgadorm, estoy seguro.
—¡Me importa muy poco quién se lo haya llevado! —gritó la mujer—. Si tan seguro estás de que lo tiene él, ¿por qué no lo dejamos todo entonces, y nos vamos a buscarle aunque haya que recorrer Fadwa entera?
—Leddi… Leddi… escucha… Tú no viste a ese tipo ni sentiste sus garras sobre tu garganta…
Leddiar no pareció haber escuchado las últimas palabras de su esposo.
—¡Siempre te advertí que no era bueno que inculcaras al niño tanta responsabilidad siendo tan pequeño! ¡Tú y tu indiscutible sentido del honor…! ¡Mira dónde nos ha llevado! Y para colmo, ahora parece que reniegas de ti mismo y de tus malditos valores. Thierd no creo que estuviera muy orgulloso de ti…
Sart cerró sus párpados y apretó los labios. Sabía que ese reproche tendría que llegar tarde o temprano. Pero no por esperado fue menos doloroso.
—De todas formas… —volvió a hablar Leddiar— si según dices, tienen a Thierd para taparte la boca en relación al asunto del nuevo rey… ¿Por qué no te lo han dicho ya? Te lo habrían hecho saber de alguna manera.
El marido tuvo ahora que reconocer para sí lo certero de las palabras de Leddiar.
—Lo harán —sentenció—, tarde o temprano lo harán, no te quepa duda.
—¿Después de tres meses todavía crees que eso puede ocurrir?
El marido se volvió de nuevo y encaró el ajado rostro de su amada. Un suspiro profundo precedió a su voz.
—Esta tarde es la elección del nuevo alcalde, Leddi —murmuró—. Hay que impedir a toda costa que Shielf alcance el puesto… Te prometo que a la mañana siguiente, si así lo deseas, haremos nuestros equipajes, cogeremos a los caballos, y saldremos a buscar a Thierd, aunque sea lo último que hagamos en nuestra vida.
Leddiar miró con intensidad a lo más profundo de los ojos negros de su marido durante unos segundos, sin poder controlar la congoja.
—Si lo haces sólo para complacerme a mí —dijo, dándose la vuelta y dirigiéndose a su alcoba—, mejor es que no lo hagas.
Transcurrido un nuevo rato, ambos ancianos se levantaron casi al unísono. Comenzaron su lento deambular por las calles de Grabbien sin dejar de observar a su alrededor con ojos tranquilos pero escrutadores. De vez en cuando algún aldeano les saludaba con gesto amable y ellos respondían levantando levemente el bastón o la mano libre. Pasaron ante la puerta deslucida de la casa de los Huisd, y allí el hijo mayor, Bragg, se inclinó haciendo una reverencia. Ellos devolvieron el gesto con una expresión rancia que el joven enseguida interpretó como jocosa. Trigheon, el panadero, les adelantó por una calle embarrada transportando un enorme cesto de roscas recién horneadas, cuyo aroma, como Humb siempre decía, «sería capaz de despertar a un muerto».
Solo cuando se cruzaron con Shielf, el ebanista, fue cuando reanudaron el diálogo.
—Esta tarde se decide nuevo regidor, ¿recuerdas? —preguntó Estiand tratando sin mucho tino no pisar un charco.
—Desde luego —contestó Humb—. Supongo asistirás a la elección.
—No faltaría ni a cambio de una noche a solas con la mujer de Cradder. Hay que hacer cuanto esté en nuestra mano por que Shielf no salga victorioso.
—No es el único que defiende ampliar la duración del cargo.
—Pero sí es el único que opina que debería ser de por vida…
Nuevo silencio. Tras otro saludo a Zack, el pescadero, se adentraron en el barrio conocido como el de Los Dolientes.
—Otra de tantas cosas que últimamente tan mala espina me dan —concluyó Humb, sintiendo de soslayo el asentimiento de su compañero.
Pasaron por delante de la puerta de los Duiban. No quisieron pararse, pero pudieron reconocer un sollozo ahogado de mujer tras la madera.
—¿Crees que Sart volverá a presentarse a regidor alguna otra vez? —preguntó Humb después de alcanzar el final de la calle. El sol volvía a hacer mella en sus rostros.
—¿Cómo saberlo? Todo dependerá de cómo se resuelva el asunto de su hijo. Sin duda perderíamos al más valioso de los hombres de este pueblo.
—Desde que tú y yo entramos en la senectud, claro…
—Desde luego. —Estiand volvió a sonreír—. Y sí, tus hijos y los míos son maravillosos, pero los dones con los que cuenta Sart son difíciles de igualar.
—Estoy de acuerdo. Es una lástima que…
Humb interrumpió su discurso de manera repentina. Ambos detuvieron su tranquilo paseo. Una niña de unos cinco años caminaba solitaria, pegadas sus manos a la pared de la casa que se levantaba a su izquierda. En el blanco de sus iris podían descubrirse las señales de la invidencia.
Los dos ancianos guardaron silencio mientras la niña pasaba a su lado, observándola con intensidad. En apariencia, ella no se había percatado de su presencia. Transcurrieron algunos segundos hasta que Estiand decidió dar fin a su mutismo.
—No digas nada más, amigo, o por hoy habremos superado el cupo de cuestiones que no deben ser siquiera mencionadas.
Inmediatamente después de que Sart saliera de la casa para dirigirse a la votación de nuevo alcalde, Leddiar comenzó a hacer su equipaje. La nota la tenía preparada desde hacía rato.
No puedo esperarte, Sart.
Si emprendieses la búsqueda sin esperanzas, no harías sino entorpecerla.
Te quiero con toda mi alma, pero mi vida contigo ya no tiene sentido si eres capaz de anteponer una reunión, por importante que sea, a la necesidad de encontrar a tu propio hijo.
Volveremos. Te lo prometo.
Tuya, siempre:
Leddiar.
Se encontraba en un estado de nervios como nunca antes había sentido. Guardaba las cosas atropelladamente, sin dejar de llorar un solo instante.
Cogió todo aquello que consideró indispensable para lo que, pese a lo dicho a Sart en la nota, entendía cómo un viaje sin retorno; lo envolvió en mitad de una manta gruesa y lo introdujo en la talega. Se la colgó al hombro con decisión y agarró también el arco y el carcaj. Después se dirigió hacia la puerta. Poco antes de abrirla, se detuvo y dio media vuelta.
“La nota —se dijo—, la nota de Thierd”.
Llevó sus pasos hacia la alcoba y cogió uno de los pliegos tendidos en el lecho. Era un papel sucio y arrugado, con la tinta emborronada por las lágrimas derramadas sobre ella.
Volvió a leerlo; una vez más.
Queridos padre y madre.
Sé que siempre me habéis enseñado a no mentir y a no ocultar mis faltas tras ningún tipo de máscara. Me habéis inculcado que lo mejor es dar la cara en cualquier situación.
Pero esta noche he oído llegar a padre muy de madrugada y he salido de la cama para abrazarle. Enseguida noté el tono dolorido de la voz de madre y sin pensarlo siquiera decidí ocultarme detrás de la puerta para escuchar.
Padre, estuve tentado de salir y pedirte que me explicaras qué era lo que te había ocurrido, pero algo me decía que tú no me ibas a contar toda la verdad, para no preocuparme.
He escuchado todo lo que te ha pasado en Sálgadorm y cómo ese señor tan alto y forzudo ha estado a punto de matarte. No entiendo por qué has dejado que te hiciera eso, pero lo único que sé es que ese hombre, o lo que sea, tiene que saber que los Duiban no se dejan avasallar de ninguna de las maneras, como tú, padre, siempre me has enseñado.
En realidad lo que pienso es que no te has defendido precisamente por eso, porque esperas que sea yo quien me encargue de hacer lo que debo de hacer.
Os quiero mucho a los dos. No os preocupéis por mí. Cumpliré mi misión y volveré con vosotros.
Vuestro, siempre:
Thierd.
Leddiar dobló el papel lentamente y, enjugándose el rostro, lo guardó junto a las demás cosas. Volvió a dirigirse hacia la puerta, la abrió y abandonó su hogar para siempre.
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