sábado, 17 de abril de 2010

CAPÍTULO SEXTO (y último, por el momento)

Aunque el estado de Thierd era cada vez más lamentable, el chico no perdía el ánimo bajo ninguna circunstancia.
No podía saber con seguridad cuánto tiempo llevaba allí encerrado, pero suponía que habrían pasado no menos de diez semanas.
El lugar era inhóspito, frío. Las paredes húmedas destilaban fluidos verdosos procedentes del moho que se anclaba a la roca. El único foco de luz se situaba en lo alto, una pequeña boquera abierta en un rincón del techo goteante. Sólo ofrecía un tenue resplandor en determinadas horas del día, cuando Thierd intuía que la caída de la tarde estaba cercana. Por más que trataba de distinguir algún detalle del exterior, escuchar algún sonido que pudiera darle alguna pista sobre el lugar en que se encontraba, o vislumbrar atisbo alguno de esperanza para posibles huidas, lo único que conseguía percibir, en según qué momentos, era el trino de algún pájaro extraviado cuyo bello cantar se sentía incapaz de reconocer.
Aún así, la tristeza nunca lograba sojuzgar su corazón.
Mientras mantenía la certeza de que más pronto que tarde su padre aparecería destrozando de un hachazo la puerta acorazada, no dejaba de recordar el modo en que había sido secuestrado; no tuvo entonces más remedio que reconocer que Sart llevaba razón cuando afirmaba que el ser que le había atacado en el camino poseía facultades sobrehumanas.
Sin dar crédito a su fortuna, Thierd enseguida comprobó cómo la extraña figura que se acercaba hacia él camino adelante se ajustaba perfectamente a la descripción que su padre había hecho del temible encapuchado que le atacara horas antes. Jamás había pensado que la venganza pudiera llegar a culminarse de tan rápida manera, pero trató de controlar su gozo y se ocultó con presteza entre el follaje que rodeaba el camino a su derecha. El sujeto se acercaba con paso seguro, aunque un tanto lánguido para tratarse de un camino cuyo único fin era el de unir las localidades de Grabbien y Sálgadorm. Le costaba admitir que aquel individuo pudiera consagrar las mañanas —había amanecido hacía poco rato— a caminar tranquilamente, dedicando sus pensamientos a la meditación o a la añoranza. Nada en su tránsito demostraba que su atención estuviera fija en otra cosa que no fuera el suelo bajo sus pies.
Iba a ser tan fácil…
Con todo el sigilo del mundo extrajo del morral una de las piedras que había recogido a la salida del pueblo y adquirió la posición más propicia para el lanzamiento. El extraño pasaría a menos de tres yardas de su posición, distancia suficiente como para hacer complicado el fallo a un experto tirador como era él. Con un certero golpe en la cabeza bastaría para que aquel condenado rufián descubriera por qué no había que meterse con los Duiban. No sabía muy bien qué haría después, pero lo que sí tenía claro era que su firma, de una forma u otra, debería quedar lo bastante patente como para que el interfecto no volviera a atreverse a posar su cuerpo a menos de dos leguas del de su padre.
El instante estaba próximo. El gigante encapuchado se acercaba al punto desde el que recibiría el regalo que le estaba reservado. Thierd alzó el brazo y llegado el momento lanzó el proyectil. No había duda de que el disparo daría en el blanco. Tanto la dirección como la fuerza imprimida eran las correctas. El enemigo caería sin remisión.
Pero lo que ocurrió le dejó atónito durante algunos segundos. En fracción de tiempo tan escasa como la del latido de un corazón, el extraño levantó su mano izquierda y, sin volver la cabeza, agarró la roca destrozándola con los dedos hasta convertirla en esquirlas, ocultando al tiempo cualquier rastro de vacilación en su gesto. Thierd no podía creer lo que acaba de ver. El individuo se detuvo y, ahora sí, ladeó la cabeza hasta fijar sus escondidos ojos en los del chico. Antes de que éste tomara conciencia de que el asunto comenzaba a complicarse, unos brazos a su espalda le cubrieron la cabeza con algún tejido de áspero tacto que le impidió seguir manteniendo contacto visual con la realidad. Poco después, un golpe seco en la base del cráneo le arrastró a la inconsciencia.
Thierd recordaba todo esto no sin cierto grado de orgullo. A pesar de su fracaso, se sabía valiente, y descubrir cómo ni el miedo ni la melancolía hacían mella alguna en su joven espíritu retroalimentaba sus ansias por tornar en victoria lo que hasta el momento estaba suponiendo la mayor de las derrotas.
Pese a todo, era consciente de que debía haber perdido ya una cantidad de peso muy considerable. Aunque nunca había sido de constitución gruesa, ahora percibía cómo día tras día el relieve de sus huesos era cada vez más acusado. Pasaba hambre y frío, pero su fuerza interior le decía una y otra vez que sólo los más fuertes eran capaces de superar las peores adversidades; y él era uno de ésos.
Y algo parecido debían pensar de él los sus guardianes cada vez que se adentraban en la celda para dejarle la frugal comida que le dispensaban, una sola vez por jornada. Lo hacían de dos en dos, pues aunque el chaval estaba famélico, habían recibido instrucciones de que era bravo, y quienesquiera que fueran los jefes, no deseaban ridículas sorpresas de las que tener que lamentarse más adelante.
O al menos eso era lo que Thierd imaginaba, porque dicha circunstancia era la que le había obligado a desestimar la opción de hundir la cabeza de alguno de los centinelas con el plato de las viandas intentando después una escapada; con uno de ellos, quizá, pero con dos… no habría sido posible, ni siquiera para él.
Porque, eso sí, si había una situación por la que debiera sentirse afortunado era por la de no haber sufrido tortura alguna hasta el momento. Ni siquiera los grilletes que colgaban de una de las paredes habían castigado sus muñecas y tobillos hasta la fecha. Podía moverse con libertad por el todo el espacio del calabozo que, aunque limitado, al menos le permitía dar pequeños paseos y hacer ejercicio; esto era algo de lo que sabía que pocos reos habían disfrutado en los distintos cautiverios de los que había oído hablar en su corta vida.
Había instantes hasta en los que llegaba a sentirse un privilegiado.
Pero el día en que el suelo tembló cuatro veces, algo se removió en su interior.
No podía dar explicación a sus sentimientos, pero a partir de entonces una sombra le creció en el corazón. Su ánimo comenzó a flaquear. Parecía que una losa imaginaria se hubiera asentado sobre su cabeza y no hiciera más que apretar y apretar contra el suelo.
Algo malo había ocurrido, estaba seguro.
A la mañana siguiente se hallaba en mitad de un inmenso esfuerzo por recobrar la esperanza cuando oyó voces tras la puerta, inéditas hasta el momento; los carceleros jamás decían una palabra. Tras esconderse el plato entre las ropas que ocultaban su trasero, decidió hacerse el dormido. Quizá pudiera escuchar algo interesante.
—…parece ser que está realmente enojado. —Los sonidos eran cada vez más audibles—. Dicen que lo del volcán no lo tenía previsto y que algunos planes se le han ido al traste.
Thierd pudo ver por el rabillo del ojo que la portezuela de la pequeña reja central de la entrada se abría para dejar asomar el rostro enjuto y hosco de uno de los guardianes.
—Está dormido —señaló una nueva voz—. ¿Para qué crees que querrá ver al chico?
—Ni lo sé ni me importa; limítate a cumplir las órdenes —añadió el otro mientras los chasquidos característicos anunciaron que la puerta estaba a punto de abrirse.
—¡Arriba, enano! —Thierd sintió una potente patada en el muslo, muy cerca de donde había ocultado el recipiente—. Hay alguien que quiere verte.
El chico disimuló un desentumecimiento y miró después a los guardianes con gesto despistado.
—Qué me quiere ver… ¿quién?
—¡Vamos, vamos! ¡No tenemos todo el día y aquí las preguntas no eres tú quien las hace!
—Estoy muy débil —dijo Thierd con desgana—. ¿No podría venir aquí quienquiera que sea el que quiere hablar conmigo?
El chico pensó que si le hacían salir por la puerta, no podría seguir ocultando el arma.
—Este chaval debe sufrir de sordera, ¿no te parece? —añadió el segundo centinela mientras cogía a Thierd de los pelos y comenzaba a arrastrarle.
—De acuerdo, de acuerdo… —señaló el joven con voz chillona—. Iré por mi propio…
Los dos guardas dirigieron sus miradas hacia el exterior de la puerta abierta, desde donde unos pasos ligeros anunciaban la llegada de algún nuevo personaje.
—Está bien, ¡dejadle! —atronó la voz, muy cercana ya a la entrada.
A través del vano apareció una figura alta y, de alguna manera, distinguida. De su rostro no emanaba ningún furor maligno que provocase en Thierd la puesta en guardia. La mirada que sus ojos turquesa le obsequiaron parecía ser capaz de calmar a la más brava de las fieras.
—Mi señor Broigan —dijo el más feo de los guardas con un repentino gesto de sumisión que al chico sorprendió mucho—. Creímos que…
—Estoy demasiado ocupado para andar esperando por los rincones —añadió el tal Broigan sin apartar la mirada de Thierd mientras estiraba uno por uno los dedos de su guante derecho. Sus ropajes oscuros manifestaban una extraña elegancia que el chico jamás había visto con anterioridad—. Lo que tengo que decirle no me llevará más de un minuto.
Thierd se fue incorporando con parsimonia al tiempo que sopesaba sus opciones. Desde luego, no pensaba dejarse engatusar por la tibia mirada de aquel misterioso personaje.
—Verás, pequeño… ¿cómo decías que te llamabas? —preguntó Broigan con una sonrisa afable.
—Thierd… —El chico se atrevió también a mirar fijamente a los ojos del extraño—. Thierd Duiban.
—Verás, Thierd… Duiban. Supongo sabrás que el único objetivo de tu presencia en este lugar ha sido para funcionar como moneda de cambio que hiciera que tu querido padre nos dedicara ciertas… atenciones.
—No sé de qué me está hablando…
—Silencio, chav…
—¡No me callaré! ¡Vine aquí para demostrarles que con los Duiban nadie se mete, y aunque aún no haya podido hacerlo, esperen a ver a mi padre llegar y partirles a todos la cabeza!
El bofetón que le cruzó la cara debería haber bastado para que Thierd se lanzara en tromba hacia su agresor, dedicándole una miríada de puñetazos con los que, al menos, tratar de desahogar la rabia que le embargaba.
Pero algo le dijo que aún no había llegado su momento.
El rostro del extraño dejó de proyectar momentáneamente ese halo de paz que parecía envolverlo todo.
—Tu padre está muerto, necio —escupió Broigan—; al igual que toda tu familia. El Brigo ha saltado por los aires y se ha llevado por delante Grabbien entero.
Silencio.
—Mientes… —fue lo único que dijo Thierd antes de reventar el recipiente de cerámica en la cabeza del tal Broigan.
Y no supo si a causa del efecto sorpresa o a alguna otra razón, pero lo cierto fue que tras saltar por encima del cuerpo tendido y sangrante del extraño, la velocidad de su paso le permitió escurrirse entre las piernas de los dos aturdidos guardias y traspasar la puerta abierta.
Tras abandonar la estancia y comenzar a oír los gritos de sus perseguidores a sus espaldas, encaró el estrecho corredor que desde allí se abría. Al final del mismo pudo adivinar los primeros peldaños de una escalinata. Los alcanzó sin mirar hacia atrás, pero intuyendo que había logrado un margen de distancia capaz de otorgarle alguna posibilidad.
Entre la batahola de sensaciones que encharcaban su espíritu no quiso atender a la que le decía que la muerte de sus padres no había sido una invención de su captor.
Ascendió las zigzagueantes escaleras como un relámpago. Al llegar a lo más alto se encontró con una cámara circular repleta de extraños ingenios a los que no supo colocar dentro de su aún escaso elenco de conocimientos; tampoco tenía tiempo para ello, pero con toda seguridad su encendido espíritu habría renqueado de haber conocido las atrocidades para los que habían sido diseñados. Los esquivó con la agilidad de un gato y atravesó la siguiente puerta.
—¡Detente ahí, bastardo! —oyó en una lejanía cada vez mayor.
“Vamos, Thierd, puedes hacerlo, tu padre estaría orgulloso de ti”, se decía mientras avanzaba por un nuevo pasillo, más ancho ahora. Cada pocos pasos se encontraba con puertas a ambos lados, todas cerradas. Sólo se detuvo a probar a abrir una de ellas cuando escuchó pasos y ruidos también delante de él.
—¿Qué está pasando? —creyó escuchar al final del corredor.
Y aquella puerta se hallaba cerrada a cal y canto.
Estaba rodeado.
Miró adelante y atrás y decidió seguir avanzando a expensas de lo que pudiera encontrarse. Poco era lo que tenía que perder.
Justo cuando vio aparecer al primer guardia frente a sí, fue cuando descubrió una rendija en la siguiente puerta, a la izquierda. Entró de un fuerte empujón y cayó rodando varios metros. Tras incorporarse analizó la situación. Se trataba de una especie de cámara-despacho cubierta de estanterías repletas con libros de anchos lomos. En un rincón se levantaba una mesa rectangular con un montón de objetos que no tuvo tiempo de reconocer. Su única alternativa la componía una pequeña ventana que se abría en la pared de enfrente. Se acercó y, abriendo la hoja de vidrio ajado, se asomó.
La altura era inmensa. Estaba perdido.
Dio la vuelta en el momento en que los gritos llegaban hasta el vano de la puerta. Barajó la posibilidad de buscar algún objeto con el que contraatacar, pero enseguida se convenció de que sería inútil.
Había que jugarse el todo por el todo.
Se adelantó unos pasos, quedando muy cerca de la entrada, como esperando la llegada de sus perseguidores.
Pero en su semblante no había huellas de amenaza ni de defensa.
—¡Ajá! —atronó la voz del enemigo tras asomar el rostro y mantenerse quieto, observándole entre jadeos. A éste no le había visto jamás—. O sea que el jodido niñato está tratando de largarse, así, sin más…
—Tiene agallas el chaval, de eso no hay duda —dijo el segundo mientras se adentraba con una desapacible sonrisa en su rostro cetrino.
Ninguno había desenvainado la espada, pero sus tremendos portes y, sobre todo, el hecho de que los pasos apresurados de quienes había eludido en la celda llegaban al fin también a la estancia, le dejaban claro a Thierd que sus opciones eran nulas.
Aprovechó la carrerilla que había cogido y empezó a trotar en dirección a la ventana.
—Pero, ¿qué hace? —oyó decir a sus espaldas—. ¡Está loco!
Pero esta última frase sólo pudo percibirla como un susurro, pues su cuerpo ya surcaba los vientos como ave que sobrevuela el espacio en busca de alimento.

El impacto contra las aguas mansas del río Cálido casi le deja sin aliento. De manera milagrosa había conseguido mantenerse vertical durante el descenso y el dolor únicamente le había atacado en la cara externa de los muslos.
Pero fue el dolor más brutal que jamás había sentido.
Sabiendo que las lágrimas quedarían disimuladas bajo la corriente, consiguió asomar la cabeza al exterior cuando ya creía que no aguantaría más sin respirar. En su entendimiento residual le pareció escuchar voces desde lo alto, imprecándole.
Pero, a no ser que decidieran tirarse detrás de él —cosa bastante poco probable dado el escaso rango de la abertura por la que había salido—, ya no habría más dificultad que la de nadar con cierta ligereza hasta la salida de la aldea, donde la vegetación que rodeaba las orillas le permitiría salir con seguridad y, desde allí, correr hasta Grabbien por los intrincados y poco transitados senderos que tantas veces había recorrido con sus amigos mientras solían jugar a Bandidos y Caballeros.
Cuál no fue su sorpresa cuando, al abandonar las templadas aguas y adentrarse entre la espesura, se encontró de lleno con un nuevo rostro más que conocido para él. Se trataba de otro de tantos guardianes que le había dispensado la comida durante su cautiverio y al que aún no había visto desde que la huida había comenzado. Estaba sentado sobre un tocón de pino y afilaba con navaja y gesto ausente una estaca larga y delgada; casi parecía una lanza.
—Qué interesante esto de descubrir que hasta un muchacho puede estar a punto de escapar de nuestras mazmorras… —comentó sin dirigir la mirada a Thierd.
El chico, tras unos segundos de indecisión, dio la vuelta y retornó al río a toda velocidad.
Pero un repentino pinchazo en la pantorrilla cuyo dolor superó con creces al que había percibido momentos antes, le hizo caer de bruces dando un grito desgarrador.
Y esta vez ni su orgullo ni sus fuerzas fueron capaces de hacerle reprimir las lágrimas cuando comprobó que la pica que el enemigo tenía hacía un instante entre sus manos, se anclaba ahora, enhiesta, en mitad de los gemelos de su pierna derecha.

Cuando recobró la consciencia estaba al borde del camino, en una de las primeras curvas que éste trazaba a la salida de Sálgadorm. Su pierna sangraba de manera copiosa, aunque lo que sentía proveniente de ella ya no era nada semejante al dolor; era algo así como una ausencia, una quemazón…
El guardia que le había herido volvía a cargar con la pica entre sus manos mientras pateaba con brutalidad la espalda de Thierd.
—¡Vamos, pequeño bastardo! —imprecaba— ¡Muévete!, ¿no pensarás que voy a llevarte a cuestas hasta el pueblo, verdad?
Thierd no estaba seguro ahora de si todo lo ocurrido no formaría parte de alguna siniestra pesadilla.
Su padre… su padre debía estar a punto de llegar, ese era el momento. Aparecería por el camino y cercenaría la cabeza de ese hijo de perra. Le vendaría la pierna con las mangas de su camisa y volverían a casa, los dos fundidos en un abrazo.
Pero la figura que apareció por el camino no fue precisamente la de Sart Duiban.
—Bravo, Cosfail, le has prendido.
—Así es, mi señor. Me hallaba en el patio cuando vi a la pequeña escoria saltar ventana abajo y caer al Cálido. Enseguida supe qué es lo que pretendía y no me equivoqué.
—Muy bien, fiel amigo. —La voz de Broigan volvía a ser aquella que Thierd oyese minutos antes; condensaba en su timbre un influjo de paz muy difícil de esquivar. Y esto a pesar de que su rostro aparecía con un tinte macabro provocado por el ingente chorro de sangre que brotaba de su frente—. Has hecho un gran trabajo.
—Permítame decir, mi señor, que Drakar no habría quedado nada feliz al saber de la huida del chico —intervino el tal Cosfail, mirando ahora con absoluto desprecio el constreñido rostro de Thierd.
—Estás en lo cierto, amigo —añadió el de negro apretando ligeramente los labios en un gesto de inquietud—. Nada bueno habría salido de ello, no cabe duda.
—Aunque, pensándolo bien, si su padre ha muerto, ¿de qué nos sirve ya?
Thierd cerró los ojos para hundirse en la oscuridad. Algo en su interior luchaba por salir afuera y hacerle comprender que lo que aquel maldito estaba diciendo no era más que la verdad; la más cruel de las verdades.
Sólo antes de volver a sumergirse en la inconsciencia pudo percibir la voz de Broigan declarar:
—Fíjate en mi cabeza, Cosfail. ¿De verdad piensas que un niño que ha sido capaz de hacerme esto a mí, no va a resultar de utilidad para Bhralar? Carga con él y en cuanto llegues cúrale la pierna; mañana partiremos hacia Moimbra.

domingo, 10 de enero de 2010

CAPÍTULO QUINTO

Leddiar sabía que la hora de acostarse había llegado ya, pero trataba de retrasarla lo más posible escondida debajo de la mesa de la cocina.
Su abuelo le había prometido una historia terrorífica aquella noche.
Le encantaban las historias de cualquier tipo, sobre todo si se las contaban una vez en la cama, arropada hasta la barbilla y la mirada brillante fija en su interlocutor. Tanto su padre como su madre solían también narrarle cuentos antes de dormir, pero los más especiales, los que de verdad le hacían soñar, eran los que su abuelo Undier, el padre de su madre, le contaba un día a la semana.
—Abuelo, abuelito —le había preguntado la niña aquella tarde—. ¿Qué historia me contarás esta noche?
Undier puso una mano debajo del codo y con la otra se rascó la barba bajo su mentón, meditabundo.
—Ummm… ¿cuántos años dices que tienes ya, Leddi? —preguntó, mirándola de soslayo.
—Ocho, abuelito. —La niña apenas podía contener su emoción y daba saltitos de alegría mientras decía estas palabras—. Anteayer hice ocho años, ¿no lo recuerdas?
—Bien... Entonces yo creo que ha llegado el momento de que te cuente una historia para niños mayores, ¿no te parece?
Leddi quedó ligeramente confundida.
—¿Para niños mayores? ¿Cómo cuánto de mayores?
—Para niños de ocho años.
—Y las historias para niños de ocho años, ¿son muy distintas de las otras?
El abuelo lanzó una carcajada limpia y profunda, como las que sólo él era capaz de emitir.
—Las historias para niños de ocho años, a veces, cuentan cosas que no son tan… bonitas como las que aparecen en las otras.
—Quieres decir, ¿cosas que pueden dar miedo?
—En efecto, cosas que pueden dar miedo.
Aunque Leddiar estaba deseando conocer aquella historia, el temor la atenazaba de tal manera que le impedía salir de su escondrijo. No estaba segura si sus ocho años la harían capaz de aguantar el llanto ante lo que fuera que su abuelo se disponía a contarla.
—Estoy aquí, abuelito —dijo la niña a la enésima llamada de Undier. Al mirar su rostro preocupado desde debajo de la mesa, decidió que era hora de enfrentarse a la realidad—. ¿De verdad crees que estoy preparada para la historia que tienes planeada?
Undier sonrió, levantó a Leddiar y le propinó un sentido beso en la mejilla.
—Lo estás. Confía en mí.

Al poco tiempo de dar por bueno el conjunto de la creación, Deabo, el Dios de la Claridad se sentó a descansar en su trono de plata. Se sentía extenuado ante el esfuerzo que acababa de realizar, pero a la misma vez muy satisfecho. Había imprimido en cada una de las cosas y seres a los que había dado vida un hálito de calor y bondad que le hicieron pensar que a partir de entonces nada que no fuera felicidad eterna podría presidir el universo.
Pero no tardó mucho en descubrir que se equivocaba.
Maecor, el Dios de las Sombras, pronto se presentó en el hogar de Deabo, y comenzó a ponerle objeciones.
«No puedes crear un mundo en el que no otorgues libertad a sus seres racionales. Si no les das la posibilidad de elegir sus destinos, la felicidad de la que tanto te enorgulleces no será más que una falacia».
«Y ¿qué es lo que propones tú al respecto?», preguntó Deabo con mirada desconfiada.
«Tienes que dejar que yo aporte mi granito de arena».
Después de mucho meditar, el Dios de la Claridad decidió que Maecor tenía razón. Si quería que la creación alcanzara la felicidad plena, era imprescindible que los caminos del mal convivieran con los del bien, para así dar la posibilidad de elección a los seres que tuvieran capacidad para hacerlo.
Así fue como permitió que el Dios de las Sombras participara de la creación de Fadwa.
En apariencia no fueron muchas las cosas que cambiaron. En realidad la intervención de Maecor se limitó a estampar en todo lo creado un matiz de antagonismo. Todo aquello que, en origen, tenía su sentido y sustento en el bien y la paz, adquirió en su sustancia un reverso que, en según qué condiciones, sería capaz de provocar daño y dolor a su alrededor.


—Abuelo… —intervino Leddiar con rostro compungido—. No sé si estoy entendiendo bien este cuento. Todavía no me ha dado miedo.
—No necesariamente tiene que darte miedo; quizá porque sabía que no lo haría es por lo que decidí contártelo. De cualquier modo, trataré de ponértelo más fácil para que lo entiendas.

Imagínate un árbol grande, frondoso y de extraordinaria belleza. Nadie diría que puede contener en sí mismo nada con lo que generar mal alguno sobre los demás seres. Sin embargo, piensa en ese árbol después de muchos años de vida, cuando sus raíces ya no tienen el vigor suficiente como para sostener su tremendo porte. El árbol termina por caer. Piensa por un minuto que yo, por ejemplo, anduviera en sus cercanías en el momento del desplome. Imagina que el árbol se derrumba sobre mi cabeza. Sin lugar a dudas, habrías perdido para siempre a tu abuelito el cascarrabias.

Ahora Leddiar sí dejó asomar un destello acuoso alrededor de sus ojos.

Todas las cosas pueden contener en su interior la posibilidad de causar daño a las demás, de provocar sufrimiento. Esa y no otra fue la obra de Maecor.

—Pero… —La niña se aferraba al cuerpo de su abuelo con afán de encontrar protección— hay cosas que no, que nunca harían ningún mal. Por ejemplo, el Brigo. Mamá siempre dice que gracias a los dones que el Monte Brigo nos regala, este pueblo puede tirar para delante. ¿Qué dolor podría causarnos una montaña tan maravillosa?
Undier pareció dudar unos segundos.

Bueno, hay quien dice que algunas montañas pueden convertirse en auténticos crisoles del infierno. Alguna leyenda afirma que hay montes que son capaces de escupir fuego y piedras por su boca y que son capaces de destruir pueblos enteros sin dejar rastro de vida a sus espaldas.

—Pero eso no es cierto abuelito, ¿verdad? —Leddiar miraba a los ojos de Undier con expresión anhelante—. ¿Verdad que el Brigo nunca escupirá fuego?

—Claro que no, cariño —El abuelo abrazó a su nieta con profundo amor—. Estoy seguro de que no. Lo que sí que parece ser cierto es que los hombres somos aún tan jóvenes que no tenemos los recursos para descubrir qué montaña es un volcán y cuál no lo es.
—Pero, nunca se ha visto ninguno, ¿no es así? Tú mismo has dicho que todo forma parte de una leyenda.
Undier sonrió ahora con ternura.
—Eres una de las niñas más inteligentes que he conocido nunca. Estás en lo cierto; los volcanes sólo forman parte de los cuentos y las leyendas.

Leddiar despertó tosiendo con fuerza. No sabía cuántas horas habían transcurrido desde la erupción, pues las había pasado durmiendo y soñando con el pasado; pero lo cierto era que un ligero rastro de cenizas revoloteaba ya sobre su cabeza y le impedía respirar con normalidad.
Pronto recobró conciencia plena de lo ocurrido. Grabbien, con Sart en su interior, debía de haber sido sepultada bajo la lava, las rocas de fuego y las cenizas. Era más que probable que nadie hubiera sobrevivido.
Refugiándose de nuevo en el llanto, no tardó en encontrar un leve aunque firme consuelo: al menos Thierd, su hijo del alma, estaría sano y salvo.
Sólo en el caso de que aún no lo hubieran matado.
Un escalofrío recorrió su espina dorsal cuando recordó las palabras de Shardry vaticinando el final de Grabbien. Pero al mismo tiempo una indefinible sensación se introdujo en su alma cuando rememoró que la niña había afirmado que Thierd se encontraba con vida. El torbellino que era su mente no hizo sino desbocarse cuando cayó en la cuenta de que también la pequeña, con toda seguridad, habría fallecido junto a los demás, a pesar de saber lo que iba a acontecer. La cría le había pedido que la llevase consigo, pero, ¿quién iba a pensar que…? Leddiar se creía morir de dolor, allí mismo.
En todo caso, enseguida llegó a una conclusión que no hizo sino ensombrecer, si cabía, aún más su corazón.
Debía regresar a Grabbien y asegurarse de que no podía hacer nada por Sart.

Dejó transcurrir dos jornadas hasta que la nube negra acabó por difuminar ligeramente su oscura influencia. La luz del sol seguía sin poder atravesar el manto de cenizas, pero preveía que lo peor ya había pasado y que, al menos en las cercanías del pueblo, había alguna posibilidad de respirar. Montó a la yegua al alba y comenzó su retorno.
«Thierd, amor mío, no me olvido de ti. Sólo quiero estar segura de que tu padre ha muerto y, en tal caso, darle una digna sepultura. Después de eso, volveré a salir en tu busca».
Avanzó muy despacio, dando más tiempo al cielo a aclararse. Llegó a las inmediaciones de la aldea a la caída del sol. Confirmó que era posible respirar pese a la permanente y densa cortina de cenizas que todo lo rodeaba.
Lo primero que vio no hizo sino ratificar sus más terribles sospechas. Las viviendas exteriores aparecían casi sepultadas bajo una envoltura tan negra como el pesar que a ella la asolaba. Los tejados, derruidos y humeantes. Apenas quedaba algo en pie.
Desmontó la yegua, la ató y se fue adentrando entre las calles. El silencio era insoportable. Ni un hálito de vida parecía brotar de aquel infierno. Las paredes de las casas estaban agrietadas cuando no desmoronadas. El suelo donde pisaba era una mezcla de piedras y lava solidificada, aún humeante. La suela de sus alpargatas comenzaba a transmitir un calor que amenazaba con freírle los pies. Su cuerpo sudaba de manera ostensible, pero el salado fluido apenas tardaba unos segundos en evaporarse.
Al poco descubrió el primer cadáver. Casi no pudo reconocerle, pues estaba medio sepultado entre los restos del desastre. Era Jirgend, la mujer de Beals, el alfarero. Sus rasgos mostraban el gesto de la desesperación previa al final. Leddiar no sabía si podría soportar tanto dolor.
Comenzó a caminar más deprisa, a pesar de la dificultad que eso suponía dado lo abrupto del nuevo suelo. No quiso pararse a observar a los fallecidos que fue encontrándose a su paso. Las lágrimas corrían por su rostro pero desaparecían antes de llegar al cuello. La respiración era más difícil, agudizada la tos por la agitación que la embargaba.
Llegó al foro. El espectáculo allí era espeluznante. Era como si el mundo se hubiera resquebrajado para expulsar de su interior la inmundicia que lo habitaba. Los muertos allí se contaban por docenas, a todos los reconocía aun sin quererlo. Una sacudida de terror la invadió al contemplar una escena inexplicable. En la roca que se levantaba en uno de los laterales de la plaza, dos figuras humanas se erguían, negras e inmóviles. Parecían dos estatuas que, siniestras, quisieran conmemorar con su presencia lo horrible de lo allí acontecido. No pudo evitar acercarse, solo para comprobar lo que ya se temía. Aquella piedra era la que tanto utilizaban Humb y Estiand para hacer su descanso matinal. Y aquellas figuras no eran otros que ellos mismos.
La congoja de Leddiar sufrió una nueva conmoción cuando pudo comprobar que los rostros de los dos ancianos, envueltos entre los restos de polvo y ceniza, manifestaban una expresión que denotaba, de algún modo, una inaudita paz interior.

Era el momento de encontrar a Sart. Por aquel entonces ya no albergaba la más mínima esperanza, pero tenía que dar con él. Estaba segura de que debía hallarse en el interior de la sala de Reuniones, así que hacia allí dirigió sus pasos. Enseguida comprobó que no le iba a ser posible entrar por la puerta, pues el paso se hallaba cerrado por uno de los cúmulos de rocas, algunas de ellas todavía calientes. Decidió encaramarse a un lateral y acceder desde el techo, derrumbado por completo. Con gran agilidad ascendió, buscando apoyos para sus manos que no le quemasen la piel. Al poco pudo ver el interior de la estancia. El corazón le dio un vuelco al descubrir que allí dentro no había rastro alguno de personas, con vida o sin ella.
«¿Y si…?».
No, no podía ser. Habría tenido tiempo de salir, pero ¿adónde iba a esconderse? Era imposible haber salvado la vida.
A pesar de que su pensamiento la obligaba a descender a la cruda realidad, en su alma se abrió una grieta de esperanza que no pudo ni quiso desterrar. Bajó como pudo de aquel lugar y se dirigió a la carrera hacia su casa.
«Que no esté allí, por favor, que no esté allí…».
Esta vez los muros y la puerta se habían quebrado de tal manera que habían dejado abierto un pequeño vano por mero azar. Conteniendo la respiración, Leddiar Duiban lo atravesó. En aquel momento aún no sabía que el más aciago de los destinos la esperaba en su interior.
Una vez leída con dificultad la chamuscada nota de Sart, la mujer se dejó caer, y la desesperada canción en la que se convirtió su llanto consiguió inundar definitivamente Grabbien bajo los mares del dolor y el desconsuelo.

Tenía la garganta seca por el calor y la amargura. Era el momento de salir de allí. A Sart era imposible movilizarle; en realidad su cuerpo había quedado sepultado entre las rocas. Leddiar, después de besarla en gesto de despedida, sólo tuvo que ocultar la mano al descubierto para sentir que no habría mejor sepulcro para él que las paredes de su propia casa. Respirando profundamente y tratando de recobrar la calma, salió de nuevo afuera.
La sorpresa encontrada casi acaba con ella. Allí estaba, era imposible, pero Shardry se hallaba allí, en las rocas de enfrente, sentada y llorando como la niña que era, aunque a veces no lo pareciese.
—Tengo hambre y sed —la oyó susurrar. Leddiar pensó que estaba soñando.
De un salto se abalanzó hacia ella y la apretó entre sus brazos.
—¡Shardry! ¡Shardry, cariño, estás viva!
La niña ciega levantó sus ojos blancos y acuosos.
—¡Se lo advertí...! ¡Se lo dije a todos, a mis padres los primeros! Pero nadie quiso hacerme caso…
—Llevabas razón, pequeña, no sé de qué manera ni porqué, pero estabas en lo cierto.
Las dos se fundieron en un abrazo desesperado.
—Pero, dime… —intervino Leddiar al cabo de un rato—. ¿Cómo has podido…? ¿De qué manera te has salvado?
—Me oculté en las cuevas de los Whirdfosh. Le dije a Sart que viniera conmigo, pero tampoco me creyó.
—¿A Sart? ¿Cuándo le viste? ¿Antes de la erupción…?
Leddiar tenía la imperiosa necesidad de saber cómo había sido el transcurso de los acontecimientos.
—Leddiar… ¿me llevarás ahora contigo?
—Claro, cariño; pero antes cuéntame cómo…
—Vámonos, Leddi —La niña pareció recobrar la calma de milagrosa manera—. Llevo dos días sin comer ni beber y estoy hambrienta y débil. Sácame de aquí y por el camino te contaré todo lo que sé. Agua, Leddi…
—Sí, agua, claro —reaccionó la mujer, repleta ahora de sosiego y decisión. Cogió a la niña de una mano y comenzó el regreso al punto de partida—. ¿En qué estaría pensando? En mi fardo tengo agua y comida. Salgamos y regalémosle a nuestra vida un nuevo sentido, ¿no te parece?
La niña se limitó a enjugarse unas lágrimas inexistentes y a esbozar una sonrisa tan triste como esperanzadora.
—Encontraremos a Thierd, te lo aseguró —murmuró.