viernes, 30 de octubre de 2009

CAPÍTULO 1

Grabbien, Freigia. Año 428 desde la Creación.

Ni Sart ni Leddiar Duiban se percataron de la presencia de Thierd, su hijo de doce años, detrás de la puerta, escuchando su conversación.
Era bien entrada la madrugada y no podían imaginar que el chico estuviera despierto a esas horas.
—Pero, Sart —decía la madre, preocupada—, ¿tú te has visto? Dime qué es lo que te ha pasado o iré a llamar a Basthand de inmediato.
—Shhh… —Ambos trataban de hablar en susurros, pero el nerviosismo de Leddiar le impedía controlar su voz—. Por favor, Leddi, vas a despertar al niño —Thierd aguzaba el oído con la mirada puesta en el infinito—. No necesito un médico, no ha sido nada grave; tan sólo han querido asustarme.
—¿Asustarte? —El chaval tragaba saliva desde su escondrijo—. Pero ¿quién y por qué ha pretendido asustarte? Y estas horas de llegar… Por favor, explícamelo todo ahora mismo.
Thierd contempló por el hueco de la puerta, de refilón, cómo su madre limpiaba con un paño húmedo una herida abierta en una de las sienes de su esposo. Al ver el rastro encarnado, el chico tuvo que contener las lágrimas y las ganas de salir a abrazar a su progenitor. Pero era mejor esperar o sus padres jamás le contarían la verdad acerca de lo ocurrido.
—Bueno, no sé por dónde empezar… —Sart contuvo un quejido tras una de las pasadas del paño por su rostro—. Me fui a Sálgadorm, tuvimos el consejo, ya sabes, y en fin, no sé de qué manera se presentó allí un tal Broigan, que decía ser el nuevo regidor de Yaksti.
—¿Y Groder? ¿No era Groder el alcalde de turno de Yaksti durante este año?
—Eso creíamos todos, pero el extraño nos contó que esa misma mañana había sufrido un desvanecimiento antes de salir debido al cansancio y había delegado en él a última hora.
—¿Cansancio? —preguntó Leddiar sin perder un ápice de inquietud— Creo recordar que siempre hablas de Groder como de uno de los seres más holgazanes de Freigia…
—Así es; si hay algo que le defina no es precisamente el gusto por el trabajo. Pero, en fin, la cuestión está en que nadie le dio mayor importancia, pero a mí la mosca se me quedó detrás de la oreja.
—Continúa, por favor…
Los ojos profundos de Sart se concentraban para recordarlo todo con exactitud.
—Cuando me convencí de que allí había gato encerrado fue cuando Broigan comenzó un estudiado discurso en el que abogaba por la extinción de la titularidad anual de los regidores y el apoyo común a una nueva figura que aglutine a todos los pueblos de la comarca y que funcione como su representante en las asambleas que se realizan en Moimbra.
—Moimbra… —repitió Leddiar como si tratara de entender algún enigma indescifrable—. Pero ¿se puede saber qué pintamos nosotros en Moimbra? Está demasiado lejos, jamás hemos sabido nada de lo que ocurre por allí.
—Eso mismo pensé yo…
—Pero, y los demás… ¿qué decían? ¿Ninguno se puso en contra?
—Verás, Leddiar… —El gesto de Sart, ahora, mostraba una completa turbación—. Jamás había escuchado una manera de hablar como la de ese hombre. El modo de exponer sus ideas y las razones para llevarlas a cabo resultaba totalmente novedoso. Creo que el consejo entero cayó bajo el embrujo de su elocuencia.

A pesar de su juventud, Thierd creía entender a la perfección todo lo que su padre estaba hablando. Sart, haciendo gran hincapié en la defensa del orgullo familiar, siempre había tenido un fuerte empeño por hacer saber a su hijo, desde muy pequeño, muchas de las cosas que atañen al mundo, aunque algunas de ellas poco tuvieran que ver con los intereses de un crío. Pero el despierto interés que el chiquillo había mostrado desde las primeras lecciones no hacía sino colmar de satisfacción a Sart. Ahora, con los doce años recién cumplidos, Thierd era dueño de un enorme elenco de conocimientos y visiones que los chavales de su edad, sus amigos, recibían con incredulidad, cuando no con desprecio.
Quizá por esta razón fue por la que Leddiar sintió a su marido, durante mucho tiempo, como responsable de lo ocurrido poco después.
—¿Magia? —preguntó la mujer mientras se iba en busca de ropa limpia para el hombre. La herida cicatrizaría en pocos días—. ¿Quieres decir que lanzó un hechizo sobre los regidores?
—No empieces otra vez con tus historias sobre la magia, Leddi —se exasperó Sart. Se había levantado y lavaba su rostro y sus axilas en una palangana, junto a la chimenea apagada—. No hay magia, ¿me oyes?, no hay magia. Esas cosas no existen en Fadwa, son historias para los niños.
Thierd aprovechó para dedicarse una sonrisa triste: eso no era lo que Sart le decía todos los días.
—De acuerdo, sí, ya me lo has dicho muchas veces, no hay magia —se oyó hablar a Leddiar.
—Shhh —Esa vez Thierd casi se encontró con la mirada de su padre—. ¿Quieres hablar más bajo?
—Ay, sí, disculpa… —susurró la madre una vez recuperó su lugar al lado de Sart—. Pero tranquilo, Thierd debe estar ahora mismo en el quinto sueño.
—Cuando digo que Broigan embrujó al consejo, me refiero a que lo engatusó con sus palabras, a que lo deslumbró con sus planteamientos.
El niño oculto pegó un poco más el oído a la puerta; su padre hablaba demasiado bajo.
—Y si es así… —Leddiar desvestía con delicadeza a su marido. A Thierd le encantaba comprobar cuánto se amaban sus padres—, ¿por qué a ti no consiguió encandilarte?
—Algunos me acusaron de inmovilista —dijo Sart con serio semblante—. Pero no entiendo por qué es necesario cambiar un sistema que hasta el momento nos mantiene a todos satisfechos.
—Me tienes en ascuas, Sart… —señaló Leddiar con cierto aire irónico que a Thierd no se le escapó.
—Verás, Leddi… aquel desconocido, además de hablar de ese supuesto comisionado que nos representaría en Moimbra, habló también del surgimiento de otra figura más, que sería la que se encargara de regir los destinos de toda Freigia, en principio, para más tarde gobernar Fadwa entera.
—¿Con qué fin?
—Según él, mejoraría las relaciones entre las comarcas, el comercio podría ampliarse y todos saldríamos beneficiados…
Tras unos segundos de un silencio que el chico no entendió muy bien, Leddiar sentenció:
—Creo entender qué es lo que sospechas, Sart; te conozco demasiado.
El padre se incorporó de nuevo y abrazó a su esposa con fuerza.
—Leddi… este mundo es joven, estamos aprendiendo poco a poco a organizarnos lo mejor que podemos. Hasta el momento no hay grandes dificultades entre los clanes, nos respetamos los unos a los otros… La otra raza, los elfos, funcionan a su manera, errando de un sitio a otro, pero sin dar el más mínimo problema… ¿Por qué habríamos de necesitar a alguien que nos gobernase a todos, permanentemente? Estamos muy bien como estamos, ¿alguien diría que no somos felices? Un cargo como ese sólo serviría para acabar dividiéndonos…
Leddiar se aferraba al cuerpo de su marido con profundo cariño.
—Y, esa figura, ¿cómo dices que se llamaría? —preguntó.
Sart miró a los ojos verde océano de su mujer con un velo de tristeza en los suyos propios.
—Rey. A ese alguien se le llamaría rey…

Thierd pestañeó varias veces tratando de profundizar lo más posible en lo que su padre acababa de explicar. Un rey para Freigia… Ahora solo esbozaba a medias lo que Sart había querido decir, pero de una cosa estaba absolutamente seguro: si su padre decía que un Rey no era bueno para la comarca, es que no lo era.
—Aún no me has contado por qué te atacaron —retomó Leddiar recobrando el gesto implorante.
—Pasamos la tarde en la taberna. Yo estuve intentando convencer a los demás de lo inadecuado de esas ideas, pero todo el mundo se cerró en banda. Cuando decidí abandonarlos y regresar a casa, alguien oculto tras una capa negra me asaltó en mitad del camino. Traté de defenderme, creí que quería robarme, pero era mucho más fuerte que yo —Aquel reconocimiento no hizo sino turbar más a Thierd—. Cuando me tuvo inmovilizado me propinó el brutal manotazo que me hizo esta herida.
¿Un manotazo? ¿El forzudo de su padre rendido ante un único manotazo? Aquello era muy extraño. El especial sentido de la responsabilidad de Thierd empezaba a clamar una sola cosa: venganza.
—Pero, ¿te dijo algo? ¿Pudiste oír su voz…?
—Leddi… —comenzó Sart, empleando un tono que su hijo no había escuchado en él hasta ahora— aquello…, aquello no era un hombre; medía más de dos varas y su fuerza no era de este mundo. —Leddiar le observaba tratando de disimular su temor. Thierd, sin embargo, notaba cómo crecía su rabia—. Aún no sé por qué no acabó conmigo. Lo podría haber hecho con toda tranquilidad.
—Sart. —Al oír a su madre, Thierd supo que estaba utilizando el tono que usaba con él cuando quería que la escuchase sin atender a nada más—. Cuéntame ya qué fue lo que te dijo aquel ser.
—Me dijo que… bueno, que si volvía a hablar en contra de… del futuro rey, serían las últimas palabras que pronunciaría en vida.

Thierd esperó pacientemente y sin dormirse a que sus padres dejaran de emitir esos extraños jadeos que de vez en cuando podía escuchar mientras estaban acostados en mitad de la noche. Cuando estuvo seguro de que se habían sumergido en el sueño más profundo, se levantó, se vistió y metió unas cuantas provisiones en su morral. Después de escribir la nota de despedida y dejarla sobre la repisa del hogar, abrió la puerta con extremo sigilo y abandonó la casa con paso raudo.
Fuera quien fuera aquel extraño que había atacado a su padre hasta humillarle, acabaría sabiendo de lo que los Duiban eran capaces.

miércoles, 28 de octubre de 2009

PRÓLOGO

Monte Brigo, Freigia, año 423 desde la creación.

El hombre del pelo azul y la nariz partida ascendía pesadamente la ladera norte de uno de los montes más altos de Fadwa. Su paso era lento pero invariable; su determinación, poderosa. Las huellas de la ancianidad eran bien patentes en su porte, aunque no parecía ser ésta una cuestión que le preocupara demasiado. Lo normal habría sido pensar que la idea de alcanzar la cima de aquella pendiente antes de la puesta del sol no era la mejor para alguien de edad tan avanzada.
Pero el hombre del pelo azul y la nariz partida no era un hombre cualquiera.
Sudando copiosamente, hizo una más de sus intermitentes paradas y tomó aliento. Alzó la piel hasta su boca y echó un largo trago.
«Ya queda menos», se dijo.
Su túnica de estilo suabí se mostraba vieja y desgastada, con hilos varios colgando de muchos de sus bordes. El color rojo seco de la prenda se fundía con los últimos rayos solares que caían ahora directamente sobre su cuerpo, tras virar a la izquierda en la última y pronunciada curva que había tomado al reiniciar la marcha. Sus ojos pudieron entonces contemplar el final del camino, la gran grieta que se abría casi en el extremo de la cumbre. Desde allí parecía tan pequeña como la puerta de una choza tuimi, pero enseguida se percató de que su cansada vista le había engañado una vez más. Al llegar a ella descubrió que su altura era superior a los doce pies. Se volvió a sentar durante unos minutos en una roca para recobrar el resuello y después se dirigió al interior de la gruta.
«Veamos si ha merecido la pena el esfuerzo».
A los pocos pasos la oscuridad lo invadió por completo. Ahora la pendiente apuntaba en un descenso poco acentuado. Sacó de su morral la antorcha que traía preparada y la encendió decidido. El calor allí arriba era más agobiante que cuando inició el ascenso, pero pensó que podía deberse a una sensación pasajera, fruto del desgaste. Sus ojos negro espejo escrutaban las paredes de la galería con un profundo fervor.
«Ya estoy aquí. He atendido debidamente a la llamada. Yo he cumplido con mi parte».
Transcurrido algo más de tiempo, pudo vislumbrar un pequeño foco de luz blanquecina a lo lejos, frente a él. Avanzó con seguridad hacia ella. Se trataba de una nueva abertura que daba paso a una amplia cámara ovoide perfectamente iluminada por multitud de teas prendidas de la pared curva. Una especie de trono sobrio se alzaba en su mismo centro, sin presencia que lo ocupara. Pese a no ofrecer una vista prodigiosa, el hombre del pelo azul y la nariz partida contemplaba embelesado el lugar, sin que ningún rastro de inquietud hiciera mella en él.
«No voy a tener miedo. Soy demasiado viejo para temer a la muerte, máxime cuando los médicos dicen que me está llamando a gritos y yo estoy deseando ir a su encuentro».
—¡Bien, ya estoy aquí, como me pediste! —gritó al aire viciado y con cierto sabor a azufre. El tono de su voz gastada parecía querer herir la roca—. ¿A qué esperas para manifestarte?
—Bienvenido a mi primer y efímero templo —se escuchó una voz de timbre indefinido procedente del sitial. Nada podía distinguirse en él desde allí—. Te agradecería el esfuerzo si no tuviera por costumbre no dar gracias por cosa alguna.
El hombre del pelo azul y la nariz partida reanudó su tránsito en dirección al origen de la voz.
—Empezamos estando de acuerdo en algo, lo que es buen augurio, ¿no te parece? —manifestó con una aplastante firmeza—. Yo tampoco fui jamás una persona agradecida.
—El poder no admite de pusilanimidades, es cierto —intervino la voz misteriosa—. Por eso te elegí a ti, a pesar de tus años.
Los pasos del recién llegado avanzaron lo bastante como para poder distinguir una diminuta mancha negra moviéndose por encima de uno de los brazos del trono. Aún no conseguía adivinar de qué se trataba.
—Más vale que esa misión de la que me hablaste sea lo suficientemente liviana como para no dar con mis huesos en la tierra antes de llegar a consumarla —afirmó sin dejar de caminar con vigor hacia delante.
—Oírte hablar no hace sino confirmar lo acertado de mi decisión —volvió a declarar aquel extraño ser que, el anciano podía ya asegurarlo, no se trataba de otra cosa más que de una rata grande y gris—. ¿No me temes ni siquiera un poquito?
—Supongo que tengo más que ganar que perder con esta visita. Todo lo que no signifique quitarme la vida o concederme la eternidad, supondrá para mí poco menos que un vil castigo.
Entonces, de manera inesperada, los pequeños ojillos negros de la rata se posaron sobre los del hombre de pelo azul y nariz partida de forma aguda y malévola, como la que cualquier ser racional pudiera mostrar en un momento de odio desbordado. Y mientras la figura de roedor se transformaba de modo fulminante en la de otro ser de indeterminado carácter pero de porte mucho mayor, unas nuevas y oscuras palabras brotaron desde su boca.
—Disponte entonces a recibir el premio que tanto te mereces…
Ese fue también el momento en que el anciano, sin saber cómo ni por qué, perdió todo rastro de conocimiento.

Mientras se enjuagaba el rostro en la tibia corriente del río, el hombre de pelo azul y la nariz partida trató de poner orden en sus pensamientos.
«¿Qué demonios ha pasado ahí arriba? Ya no sé si ha sido sueño o realidad».
Sólo recordaba de muy vaga manera imágenes confusas que no sabía interpretar con claridad. Algo semejante a un ángel enorme de vestiduras negras como la pez se había introducido a través de su pecho y la propia concepción del mundo se había repentinamente transformado para él. La visión fugaz de países y tierras devastados por el dolor, hombres y mujeres arrastrándose mutilados por el sufrimiento, el cielo envuelto en mantos de un rojo inexplicable… Y palabras, ecos salvajes que resonaban en su mente como golpes de maza: Un mundo joven… La magia, busca la magia… Un rey en mi nombre… Un nuevo templo para destruir éste…
Una pesadilla, todo debía haber sido una simple pesadilla, pues si se trataba de algún mensaje en clave, no se sentía capaz de descifrarlo.
«He sido un idiota ingenuo. Mi cabeza no debe funcionar ya como debe; me hablan de dioses, poderes, misiones y vida eterna y caigo en la trampa como un niño de teta…».
Se incorporó despacio y devolvió la mirada a la cima del volcán, de donde acababa de bajar. Sus ojos de espejo mostraban la más profunda decepción.
«Siendo así, nada más me queda por hacer. Me niego a seguir esperando a que la muerte se decida a venir a recogerme».
Y retornando su mirada al río, se dispuso a arrojarse a él.

Pero el encuentro de su propio reflejo en las aguas le hizo cambiar de opinión de manera drástica. Como el relámpago en la tormenta, así el entendimiento descendió hasta sus entrañas, cuando contempló con intenso ardor cómo su piel y sus rasgos habían retrocedido en el tiempo al menos cincuenta años.