Monte Brigo, Freigia, año 423 desde la creación.
El hombre del pelo azul y la nariz partida ascendía pesadamente la ladera norte de uno de los montes más altos de Fadwa. Su paso era lento pero invariable; su determinación, poderosa. Las huellas de la ancianidad eran bien patentes en su porte, aunque no parecía ser ésta una cuestión que le preocupara demasiado. Lo normal habría sido pensar que la idea de alcanzar la cima de aquella pendiente antes de la puesta del sol no era la mejor para alguien de edad tan avanzada.
Pero el hombre del pelo azul y la nariz partida no era un hombre cualquiera.
Sudando copiosamente, hizo una más de sus intermitentes paradas y tomó aliento. Alzó la piel hasta su boca y echó un largo trago.
«Ya queda menos», se dijo.
Su túnica de estilo suabí se mostraba vieja y desgastada, con hilos varios colgando de muchos de sus bordes. El color rojo seco de la prenda se fundía con los últimos rayos solares que caían ahora directamente sobre su cuerpo, tras virar a la izquierda en la última y pronunciada curva que había tomado al reiniciar la marcha. Sus ojos pudieron entonces contemplar el final del camino, la gran grieta que se abría casi en el extremo de la cumbre. Desde allí parecía tan pequeña como la puerta de una choza tuimi, pero enseguida se percató de que su cansada vista le había engañado una vez más. Al llegar a ella descubrió que su altura era superior a los doce pies. Se volvió a sentar durante unos minutos en una roca para recobrar el resuello y después se dirigió al interior de la gruta.
«Veamos si ha merecido la pena el esfuerzo».
A los pocos pasos la oscuridad lo invadió por completo. Ahora la pendiente apuntaba en un descenso poco acentuado. Sacó de su morral la antorcha que traía preparada y la encendió decidido. El calor allí arriba era más agobiante que cuando inició el ascenso, pero pensó que podía deberse a una sensación pasajera, fruto del desgaste. Sus ojos negro espejo escrutaban las paredes de la galería con un profundo fervor.
«Ya estoy aquí. He atendido debidamente a la llamada. Yo he cumplido con mi parte».
Transcurrido algo más de tiempo, pudo vislumbrar un pequeño foco de luz blanquecina a lo lejos, frente a él. Avanzó con seguridad hacia ella. Se trataba de una nueva abertura que daba paso a una amplia cámara ovoide perfectamente iluminada por multitud de teas prendidas de la pared curva. Una especie de trono sobrio se alzaba en su mismo centro, sin presencia que lo ocupara. Pese a no ofrecer una vista prodigiosa, el hombre del pelo azul y la nariz partida contemplaba embelesado el lugar, sin que ningún rastro de inquietud hiciera mella en él.
«No voy a tener miedo. Soy demasiado viejo para temer a la muerte, máxime cuando los médicos dicen que me está llamando a gritos y yo estoy deseando ir a su encuentro».
—¡Bien, ya estoy aquí, como me pediste! —gritó al aire viciado y con cierto sabor a azufre. El tono de su voz gastada parecía querer herir la roca—. ¿A qué esperas para manifestarte?
—Bienvenido a mi primer y efímero templo —se escuchó una voz de timbre indefinido procedente del sitial. Nada podía distinguirse en él desde allí—. Te agradecería el esfuerzo si no tuviera por costumbre no dar gracias por cosa alguna.
El hombre del pelo azul y la nariz partida reanudó su tránsito en dirección al origen de la voz.
—Empezamos estando de acuerdo en algo, lo que es buen augurio, ¿no te parece? —manifestó con una aplastante firmeza—. Yo tampoco fui jamás una persona agradecida.
—El poder no admite de pusilanimidades, es cierto —intervino la voz misteriosa—. Por eso te elegí a ti, a pesar de tus años.
Los pasos del recién llegado avanzaron lo bastante como para poder distinguir una diminuta mancha negra moviéndose por encima de uno de los brazos del trono. Aún no conseguía adivinar de qué se trataba.
—Más vale que esa misión de la que me hablaste sea lo suficientemente liviana como para no dar con mis huesos en la tierra antes de llegar a consumarla —afirmó sin dejar de caminar con vigor hacia delante.
—Oírte hablar no hace sino confirmar lo acertado de mi decisión —volvió a declarar aquel extraño ser que, el anciano podía ya asegurarlo, no se trataba de otra cosa más que de una rata grande y gris—. ¿No me temes ni siquiera un poquito?
—Supongo que tengo más que ganar que perder con esta visita. Todo lo que no signifique quitarme la vida o concederme la eternidad, supondrá para mí poco menos que un vil castigo.
Entonces, de manera inesperada, los pequeños ojillos negros de la rata se posaron sobre los del hombre de pelo azul y nariz partida de forma aguda y malévola, como la que cualquier ser racional pudiera mostrar en un momento de odio desbordado. Y mientras la figura de roedor se transformaba de modo fulminante en la de otro ser de indeterminado carácter pero de porte mucho mayor, unas nuevas y oscuras palabras brotaron desde su boca.
—Disponte entonces a recibir el premio que tanto te mereces…
Ese fue también el momento en que el anciano, sin saber cómo ni por qué, perdió todo rastro de conocimiento.
Mientras se enjuagaba el rostro en la tibia corriente del río, el hombre de pelo azul y la nariz partida trató de poner orden en sus pensamientos.
«¿Qué demonios ha pasado ahí arriba? Ya no sé si ha sido sueño o realidad».
Sólo recordaba de muy vaga manera imágenes confusas que no sabía interpretar con claridad. Algo semejante a un ángel enorme de vestiduras negras como la pez se había introducido a través de su pecho y la propia concepción del mundo se había repentinamente transformado para él. La visión fugaz de países y tierras devastados por el dolor, hombres y mujeres arrastrándose mutilados por el sufrimiento, el cielo envuelto en mantos de un rojo inexplicable… Y palabras, ecos salvajes que resonaban en su mente como golpes de maza: Un mundo joven… La magia, busca la magia… Un rey en mi nombre… Un nuevo templo para destruir éste…
Una pesadilla, todo debía haber sido una simple pesadilla, pues si se trataba de algún mensaje en clave, no se sentía capaz de descifrarlo.
«He sido un idiota ingenuo. Mi cabeza no debe funcionar ya como debe; me hablan de dioses, poderes, misiones y vida eterna y caigo en la trampa como un niño de teta…».
Se incorporó despacio y devolvió la mirada a la cima del volcán, de donde acababa de bajar. Sus ojos de espejo mostraban la más profunda decepción.
«Siendo así, nada más me queda por hacer. Me niego a seguir esperando a que la muerte se decida a venir a recogerme».
Y retornando su mirada al río, se dispuso a arrojarse a él.
Pero el encuentro de su propio reflejo en las aguas le hizo cambiar de opinión de manera drástica. Como el relámpago en la tormenta, así el entendimiento descendió hasta sus entrañas, cuando contempló con intenso ardor cómo su piel y sus rasgos habían retrocedido en el tiempo al menos cincuenta años.
El hombre del pelo azul y la nariz partida ascendía pesadamente la ladera norte de uno de los montes más altos de Fadwa. Su paso era lento pero invariable; su determinación, poderosa. Las huellas de la ancianidad eran bien patentes en su porte, aunque no parecía ser ésta una cuestión que le preocupara demasiado. Lo normal habría sido pensar que la idea de alcanzar la cima de aquella pendiente antes de la puesta del sol no era la mejor para alguien de edad tan avanzada.
Pero el hombre del pelo azul y la nariz partida no era un hombre cualquiera.
Sudando copiosamente, hizo una más de sus intermitentes paradas y tomó aliento. Alzó la piel hasta su boca y echó un largo trago.
«Ya queda menos», se dijo.
Su túnica de estilo suabí se mostraba vieja y desgastada, con hilos varios colgando de muchos de sus bordes. El color rojo seco de la prenda se fundía con los últimos rayos solares que caían ahora directamente sobre su cuerpo, tras virar a la izquierda en la última y pronunciada curva que había tomado al reiniciar la marcha. Sus ojos pudieron entonces contemplar el final del camino, la gran grieta que se abría casi en el extremo de la cumbre. Desde allí parecía tan pequeña como la puerta de una choza tuimi, pero enseguida se percató de que su cansada vista le había engañado una vez más. Al llegar a ella descubrió que su altura era superior a los doce pies. Se volvió a sentar durante unos minutos en una roca para recobrar el resuello y después se dirigió al interior de la gruta.
«Veamos si ha merecido la pena el esfuerzo».
A los pocos pasos la oscuridad lo invadió por completo. Ahora la pendiente apuntaba en un descenso poco acentuado. Sacó de su morral la antorcha que traía preparada y la encendió decidido. El calor allí arriba era más agobiante que cuando inició el ascenso, pero pensó que podía deberse a una sensación pasajera, fruto del desgaste. Sus ojos negro espejo escrutaban las paredes de la galería con un profundo fervor.
«Ya estoy aquí. He atendido debidamente a la llamada. Yo he cumplido con mi parte».
Transcurrido algo más de tiempo, pudo vislumbrar un pequeño foco de luz blanquecina a lo lejos, frente a él. Avanzó con seguridad hacia ella. Se trataba de una nueva abertura que daba paso a una amplia cámara ovoide perfectamente iluminada por multitud de teas prendidas de la pared curva. Una especie de trono sobrio se alzaba en su mismo centro, sin presencia que lo ocupara. Pese a no ofrecer una vista prodigiosa, el hombre del pelo azul y la nariz partida contemplaba embelesado el lugar, sin que ningún rastro de inquietud hiciera mella en él.
«No voy a tener miedo. Soy demasiado viejo para temer a la muerte, máxime cuando los médicos dicen que me está llamando a gritos y yo estoy deseando ir a su encuentro».
—¡Bien, ya estoy aquí, como me pediste! —gritó al aire viciado y con cierto sabor a azufre. El tono de su voz gastada parecía querer herir la roca—. ¿A qué esperas para manifestarte?
—Bienvenido a mi primer y efímero templo —se escuchó una voz de timbre indefinido procedente del sitial. Nada podía distinguirse en él desde allí—. Te agradecería el esfuerzo si no tuviera por costumbre no dar gracias por cosa alguna.
El hombre del pelo azul y la nariz partida reanudó su tránsito en dirección al origen de la voz.
—Empezamos estando de acuerdo en algo, lo que es buen augurio, ¿no te parece? —manifestó con una aplastante firmeza—. Yo tampoco fui jamás una persona agradecida.
—El poder no admite de pusilanimidades, es cierto —intervino la voz misteriosa—. Por eso te elegí a ti, a pesar de tus años.
Los pasos del recién llegado avanzaron lo bastante como para poder distinguir una diminuta mancha negra moviéndose por encima de uno de los brazos del trono. Aún no conseguía adivinar de qué se trataba.
—Más vale que esa misión de la que me hablaste sea lo suficientemente liviana como para no dar con mis huesos en la tierra antes de llegar a consumarla —afirmó sin dejar de caminar con vigor hacia delante.
—Oírte hablar no hace sino confirmar lo acertado de mi decisión —volvió a declarar aquel extraño ser que, el anciano podía ya asegurarlo, no se trataba de otra cosa más que de una rata grande y gris—. ¿No me temes ni siquiera un poquito?
—Supongo que tengo más que ganar que perder con esta visita. Todo lo que no signifique quitarme la vida o concederme la eternidad, supondrá para mí poco menos que un vil castigo.
Entonces, de manera inesperada, los pequeños ojillos negros de la rata se posaron sobre los del hombre de pelo azul y nariz partida de forma aguda y malévola, como la que cualquier ser racional pudiera mostrar en un momento de odio desbordado. Y mientras la figura de roedor se transformaba de modo fulminante en la de otro ser de indeterminado carácter pero de porte mucho mayor, unas nuevas y oscuras palabras brotaron desde su boca.
—Disponte entonces a recibir el premio que tanto te mereces…
Ese fue también el momento en que el anciano, sin saber cómo ni por qué, perdió todo rastro de conocimiento.
Mientras se enjuagaba el rostro en la tibia corriente del río, el hombre de pelo azul y la nariz partida trató de poner orden en sus pensamientos.
«¿Qué demonios ha pasado ahí arriba? Ya no sé si ha sido sueño o realidad».
Sólo recordaba de muy vaga manera imágenes confusas que no sabía interpretar con claridad. Algo semejante a un ángel enorme de vestiduras negras como la pez se había introducido a través de su pecho y la propia concepción del mundo se había repentinamente transformado para él. La visión fugaz de países y tierras devastados por el dolor, hombres y mujeres arrastrándose mutilados por el sufrimiento, el cielo envuelto en mantos de un rojo inexplicable… Y palabras, ecos salvajes que resonaban en su mente como golpes de maza: Un mundo joven… La magia, busca la magia… Un rey en mi nombre… Un nuevo templo para destruir éste…
Una pesadilla, todo debía haber sido una simple pesadilla, pues si se trataba de algún mensaje en clave, no se sentía capaz de descifrarlo.
«He sido un idiota ingenuo. Mi cabeza no debe funcionar ya como debe; me hablan de dioses, poderes, misiones y vida eterna y caigo en la trampa como un niño de teta…».
Se incorporó despacio y devolvió la mirada a la cima del volcán, de donde acababa de bajar. Sus ojos de espejo mostraban la más profunda decepción.
«Siendo así, nada más me queda por hacer. Me niego a seguir esperando a que la muerte se decida a venir a recogerme».
Y retornando su mirada al río, se dispuso a arrojarse a él.
Pero el encuentro de su propio reflejo en las aguas le hizo cambiar de opinión de manera drástica. Como el relámpago en la tormenta, así el entendimiento descendió hasta sus entrañas, cuando contempló con intenso ardor cómo su piel y sus rasgos habían retrocedido en el tiempo al menos cincuenta años.
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