Aunque el estado de Thierd era cada vez más lamentable, el chico no perdía el ánimo bajo ninguna circunstancia.
No podía saber con seguridad cuánto tiempo llevaba allí encerrado, pero suponía que habrían pasado no menos de diez semanas.
El lugar era inhóspito, frío. Las paredes húmedas destilaban fluidos verdosos procedentes del moho que se anclaba a la roca. El único foco de luz se situaba en lo alto, una pequeña boquera abierta en un rincón del techo goteante. Sólo ofrecía un tenue resplandor en determinadas horas del día, cuando Thierd intuía que la caída de la tarde estaba cercana. Por más que trataba de distinguir algún detalle del exterior, escuchar algún sonido que pudiera darle alguna pista sobre el lugar en que se encontraba, o vislumbrar atisbo alguno de esperanza para posibles huidas, lo único que conseguía percibir, en según qué momentos, era el trino de algún pájaro extraviado cuyo bello cantar se sentía incapaz de reconocer.
Aún así, la tristeza nunca lograba sojuzgar su corazón.
Mientras mantenía la certeza de que más pronto que tarde su padre aparecería destrozando de un hachazo la puerta acorazada, no dejaba de recordar el modo en que había sido secuestrado; no tuvo entonces más remedio que reconocer que Sart llevaba razón cuando afirmaba que el ser que le había atacado en el camino poseía facultades sobrehumanas.
Sin dar crédito a su fortuna, Thierd enseguida comprobó cómo la extraña figura que se acercaba hacia él camino adelante se ajustaba perfectamente a la descripción que su padre había hecho del temible encapuchado que le atacara horas antes. Jamás había pensado que la venganza pudiera llegar a culminarse de tan rápida manera, pero trató de controlar su gozo y se ocultó con presteza entre el follaje que rodeaba el camino a su derecha. El sujeto se acercaba con paso seguro, aunque un tanto lánguido para tratarse de un camino cuyo único fin era el de unir las localidades de Grabbien y Sálgadorm. Le costaba admitir que aquel individuo pudiera consagrar las mañanas —había amanecido hacía poco rato— a caminar tranquilamente, dedicando sus pensamientos a la meditación o a la añoranza. Nada en su tránsito demostraba que su atención estuviera fija en otra cosa que no fuera el suelo bajo sus pies.
Iba a ser tan fácil…
Con todo el sigilo del mundo extrajo del morral una de las piedras que había recogido a la salida del pueblo y adquirió la posición más propicia para el lanzamiento. El extraño pasaría a menos de tres yardas de su posición, distancia suficiente como para hacer complicado el fallo a un experto tirador como era él. Con un certero golpe en la cabeza bastaría para que aquel condenado rufián descubriera por qué no había que meterse con los Duiban. No sabía muy bien qué haría después, pero lo que sí tenía claro era que su firma, de una forma u otra, debería quedar lo bastante patente como para que el interfecto no volviera a atreverse a posar su cuerpo a menos de dos leguas del de su padre.
El instante estaba próximo. El gigante encapuchado se acercaba al punto desde el que recibiría el regalo que le estaba reservado. Thierd alzó el brazo y llegado el momento lanzó el proyectil. No había duda de que el disparo daría en el blanco. Tanto la dirección como la fuerza imprimida eran las correctas. El enemigo caería sin remisión.
Pero lo que ocurrió le dejó atónito durante algunos segundos. En fracción de tiempo tan escasa como la del latido de un corazón, el extraño levantó su mano izquierda y, sin volver la cabeza, agarró la roca destrozándola con los dedos hasta convertirla en esquirlas, ocultando al tiempo cualquier rastro de vacilación en su gesto. Thierd no podía creer lo que acaba de ver. El individuo se detuvo y, ahora sí, ladeó la cabeza hasta fijar sus escondidos ojos en los del chico. Antes de que éste tomara conciencia de que el asunto comenzaba a complicarse, unos brazos a su espalda le cubrieron la cabeza con algún tejido de áspero tacto que le impidió seguir manteniendo contacto visual con la realidad. Poco después, un golpe seco en la base del cráneo le arrastró a la inconsciencia.
Thierd recordaba todo esto no sin cierto grado de orgullo. A pesar de su fracaso, se sabía valiente, y descubrir cómo ni el miedo ni la melancolía hacían mella alguna en su joven espíritu retroalimentaba sus ansias por tornar en victoria lo que hasta el momento estaba suponiendo la mayor de las derrotas.
Pese a todo, era consciente de que debía haber perdido ya una cantidad de peso muy considerable. Aunque nunca había sido de constitución gruesa, ahora percibía cómo día tras día el relieve de sus huesos era cada vez más acusado. Pasaba hambre y frío, pero su fuerza interior le decía una y otra vez que sólo los más fuertes eran capaces de superar las peores adversidades; y él era uno de ésos.
Y algo parecido debían pensar de él los sus guardianes cada vez que se adentraban en la celda para dejarle la frugal comida que le dispensaban, una sola vez por jornada. Lo hacían de dos en dos, pues aunque el chaval estaba famélico, habían recibido instrucciones de que era bravo, y quienesquiera que fueran los jefes, no deseaban ridículas sorpresas de las que tener que lamentarse más adelante.
O al menos eso era lo que Thierd imaginaba, porque dicha circunstancia era la que le había obligado a desestimar la opción de hundir la cabeza de alguno de los centinelas con el plato de las viandas intentando después una escapada; con uno de ellos, quizá, pero con dos… no habría sido posible, ni siquiera para él.
Porque, eso sí, si había una situación por la que debiera sentirse afortunado era por la de no haber sufrido tortura alguna hasta el momento. Ni siquiera los grilletes que colgaban de una de las paredes habían castigado sus muñecas y tobillos hasta la fecha. Podía moverse con libertad por el todo el espacio del calabozo que, aunque limitado, al menos le permitía dar pequeños paseos y hacer ejercicio; esto era algo de lo que sabía que pocos reos habían disfrutado en los distintos cautiverios de los que había oído hablar en su corta vida.
Había instantes hasta en los que llegaba a sentirse un privilegiado.
Pero el día en que el suelo tembló cuatro veces, algo se removió en su interior.
No podía dar explicación a sus sentimientos, pero a partir de entonces una sombra le creció en el corazón. Su ánimo comenzó a flaquear. Parecía que una losa imaginaria se hubiera asentado sobre su cabeza y no hiciera más que apretar y apretar contra el suelo.
Algo malo había ocurrido, estaba seguro.
A la mañana siguiente se hallaba en mitad de un inmenso esfuerzo por recobrar la esperanza cuando oyó voces tras la puerta, inéditas hasta el momento; los carceleros jamás decían una palabra. Tras esconderse el plato entre las ropas que ocultaban su trasero, decidió hacerse el dormido. Quizá pudiera escuchar algo interesante.
—…parece ser que está realmente enojado. —Los sonidos eran cada vez más audibles—. Dicen que lo del volcán no lo tenía previsto y que algunos planes se le han ido al traste.
Thierd pudo ver por el rabillo del ojo que la portezuela de la pequeña reja central de la entrada se abría para dejar asomar el rostro enjuto y hosco de uno de los guardianes.
—Está dormido —señaló una nueva voz—. ¿Para qué crees que querrá ver al chico?
—Ni lo sé ni me importa; limítate a cumplir las órdenes —añadió el otro mientras los chasquidos característicos anunciaron que la puerta estaba a punto de abrirse.
—¡Arriba, enano! —Thierd sintió una potente patada en el muslo, muy cerca de donde había ocultado el recipiente—. Hay alguien que quiere verte.
El chico disimuló un desentumecimiento y miró después a los guardianes con gesto despistado.
—Qué me quiere ver… ¿quién?
—¡Vamos, vamos! ¡No tenemos todo el día y aquí las preguntas no eres tú quien las hace!
—Estoy muy débil —dijo Thierd con desgana—. ¿No podría venir aquí quienquiera que sea el que quiere hablar conmigo?
El chico pensó que si le hacían salir por la puerta, no podría seguir ocultando el arma.
—Este chaval debe sufrir de sordera, ¿no te parece? —añadió el segundo centinela mientras cogía a Thierd de los pelos y comenzaba a arrastrarle.
—De acuerdo, de acuerdo… —señaló el joven con voz chillona—. Iré por mi propio…
Los dos guardas dirigieron sus miradas hacia el exterior de la puerta abierta, desde donde unos pasos ligeros anunciaban la llegada de algún nuevo personaje.
—Está bien, ¡dejadle! —atronó la voz, muy cercana ya a la entrada.
A través del vano apareció una figura alta y, de alguna manera, distinguida. De su rostro no emanaba ningún furor maligno que provocase en Thierd la puesta en guardia. La mirada que sus ojos turquesa le obsequiaron parecía ser capaz de calmar a la más brava de las fieras.
—Mi señor Broigan —dijo el más feo de los guardas con un repentino gesto de sumisión que al chico sorprendió mucho—. Creímos que…
—Estoy demasiado ocupado para andar esperando por los rincones —añadió el tal Broigan sin apartar la mirada de Thierd mientras estiraba uno por uno los dedos de su guante derecho. Sus ropajes oscuros manifestaban una extraña elegancia que el chico jamás había visto con anterioridad—. Lo que tengo que decirle no me llevará más de un minuto.
Thierd se fue incorporando con parsimonia al tiempo que sopesaba sus opciones. Desde luego, no pensaba dejarse engatusar por la tibia mirada de aquel misterioso personaje.
—Verás, pequeño… ¿cómo decías que te llamabas? —preguntó Broigan con una sonrisa afable.
—Thierd… —El chico se atrevió también a mirar fijamente a los ojos del extraño—. Thierd Duiban.
—Verás, Thierd… Duiban. Supongo sabrás que el único objetivo de tu presencia en este lugar ha sido para funcionar como moneda de cambio que hiciera que tu querido padre nos dedicara ciertas… atenciones.
—No sé de qué me está hablando…
—Silencio, chav…
—¡No me callaré! ¡Vine aquí para demostrarles que con los Duiban nadie se mete, y aunque aún no haya podido hacerlo, esperen a ver a mi padre llegar y partirles a todos la cabeza!
El bofetón que le cruzó la cara debería haber bastado para que Thierd se lanzara en tromba hacia su agresor, dedicándole una miríada de puñetazos con los que, al menos, tratar de desahogar la rabia que le embargaba.
Pero algo le dijo que aún no había llegado su momento.
El rostro del extraño dejó de proyectar momentáneamente ese halo de paz que parecía envolverlo todo.
—Tu padre está muerto, necio —escupió Broigan—; al igual que toda tu familia. El Brigo ha saltado por los aires y se ha llevado por delante Grabbien entero.
Silencio.
—Mientes… —fue lo único que dijo Thierd antes de reventar el recipiente de cerámica en la cabeza del tal Broigan.
Y no supo si a causa del efecto sorpresa o a alguna otra razón, pero lo cierto fue que tras saltar por encima del cuerpo tendido y sangrante del extraño, la velocidad de su paso le permitió escurrirse entre las piernas de los dos aturdidos guardias y traspasar la puerta abierta.
Tras abandonar la estancia y comenzar a oír los gritos de sus perseguidores a sus espaldas, encaró el estrecho corredor que desde allí se abría. Al final del mismo pudo adivinar los primeros peldaños de una escalinata. Los alcanzó sin mirar hacia atrás, pero intuyendo que había logrado un margen de distancia capaz de otorgarle alguna posibilidad.
Entre la batahola de sensaciones que encharcaban su espíritu no quiso atender a la que le decía que la muerte de sus padres no había sido una invención de su captor.
Ascendió las zigzagueantes escaleras como un relámpago. Al llegar a lo más alto se encontró con una cámara circular repleta de extraños ingenios a los que no supo colocar dentro de su aún escaso elenco de conocimientos; tampoco tenía tiempo para ello, pero con toda seguridad su encendido espíritu habría renqueado de haber conocido las atrocidades para los que habían sido diseñados. Los esquivó con la agilidad de un gato y atravesó la siguiente puerta.
—¡Detente ahí, bastardo! —oyó en una lejanía cada vez mayor.
“Vamos, Thierd, puedes hacerlo, tu padre estaría orgulloso de ti”, se decía mientras avanzaba por un nuevo pasillo, más ancho ahora. Cada pocos pasos se encontraba con puertas a ambos lados, todas cerradas. Sólo se detuvo a probar a abrir una de ellas cuando escuchó pasos y ruidos también delante de él.
—¿Qué está pasando? —creyó escuchar al final del corredor.
Y aquella puerta se hallaba cerrada a cal y canto.
Estaba rodeado.
Miró adelante y atrás y decidió seguir avanzando a expensas de lo que pudiera encontrarse. Poco era lo que tenía que perder.
Justo cuando vio aparecer al primer guardia frente a sí, fue cuando descubrió una rendija en la siguiente puerta, a la izquierda. Entró de un fuerte empujón y cayó rodando varios metros. Tras incorporarse analizó la situación. Se trataba de una especie de cámara-despacho cubierta de estanterías repletas con libros de anchos lomos. En un rincón se levantaba una mesa rectangular con un montón de objetos que no tuvo tiempo de reconocer. Su única alternativa la componía una pequeña ventana que se abría en la pared de enfrente. Se acercó y, abriendo la hoja de vidrio ajado, se asomó.
La altura era inmensa. Estaba perdido.
Dio la vuelta en el momento en que los gritos llegaban hasta el vano de la puerta. Barajó la posibilidad de buscar algún objeto con el que contraatacar, pero enseguida se convenció de que sería inútil.
Había que jugarse el todo por el todo.
Se adelantó unos pasos, quedando muy cerca de la entrada, como esperando la llegada de sus perseguidores.
Pero en su semblante no había huellas de amenaza ni de defensa.
—¡Ajá! —atronó la voz del enemigo tras asomar el rostro y mantenerse quieto, observándole entre jadeos. A éste no le había visto jamás—. O sea que el jodido niñato está tratando de largarse, así, sin más…
—Tiene agallas el chaval, de eso no hay duda —dijo el segundo mientras se adentraba con una desapacible sonrisa en su rostro cetrino.
Ninguno había desenvainado la espada, pero sus tremendos portes y, sobre todo, el hecho de que los pasos apresurados de quienes había eludido en la celda llegaban al fin también a la estancia, le dejaban claro a Thierd que sus opciones eran nulas.
Aprovechó la carrerilla que había cogido y empezó a trotar en dirección a la ventana.
—Pero, ¿qué hace? —oyó decir a sus espaldas—. ¡Está loco!
Pero esta última frase sólo pudo percibirla como un susurro, pues su cuerpo ya surcaba los vientos como ave que sobrevuela el espacio en busca de alimento.
El impacto contra las aguas mansas del río Cálido casi le deja sin aliento. De manera milagrosa había conseguido mantenerse vertical durante el descenso y el dolor únicamente le había atacado en la cara externa de los muslos.
Pero fue el dolor más brutal que jamás había sentido.
Sabiendo que las lágrimas quedarían disimuladas bajo la corriente, consiguió asomar la cabeza al exterior cuando ya creía que no aguantaría más sin respirar. En su entendimiento residual le pareció escuchar voces desde lo alto, imprecándole.
Pero, a no ser que decidieran tirarse detrás de él —cosa bastante poco probable dado el escaso rango de la abertura por la que había salido—, ya no habría más dificultad que la de nadar con cierta ligereza hasta la salida de la aldea, donde la vegetación que rodeaba las orillas le permitiría salir con seguridad y, desde allí, correr hasta Grabbien por los intrincados y poco transitados senderos que tantas veces había recorrido con sus amigos mientras solían jugar a Bandidos y Caballeros.
Cuál no fue su sorpresa cuando, al abandonar las templadas aguas y adentrarse entre la espesura, se encontró de lleno con un nuevo rostro más que conocido para él. Se trataba de otro de tantos guardianes que le había dispensado la comida durante su cautiverio y al que aún no había visto desde que la huida había comenzado. Estaba sentado sobre un tocón de pino y afilaba con navaja y gesto ausente una estaca larga y delgada; casi parecía una lanza.
—Qué interesante esto de descubrir que hasta un muchacho puede estar a punto de escapar de nuestras mazmorras… —comentó sin dirigir la mirada a Thierd.
El chico, tras unos segundos de indecisión, dio la vuelta y retornó al río a toda velocidad.
Pero un repentino pinchazo en la pantorrilla cuyo dolor superó con creces al que había percibido momentos antes, le hizo caer de bruces dando un grito desgarrador.
Y esta vez ni su orgullo ni sus fuerzas fueron capaces de hacerle reprimir las lágrimas cuando comprobó que la pica que el enemigo tenía hacía un instante entre sus manos, se anclaba ahora, enhiesta, en mitad de los gemelos de su pierna derecha.
Cuando recobró la consciencia estaba al borde del camino, en una de las primeras curvas que éste trazaba a la salida de Sálgadorm. Su pierna sangraba de manera copiosa, aunque lo que sentía proveniente de ella ya no era nada semejante al dolor; era algo así como una ausencia, una quemazón…
El guardia que le había herido volvía a cargar con la pica entre sus manos mientras pateaba con brutalidad la espalda de Thierd.
—¡Vamos, pequeño bastardo! —imprecaba— ¡Muévete!, ¿no pensarás que voy a llevarte a cuestas hasta el pueblo, verdad?
Thierd no estaba seguro ahora de si todo lo ocurrido no formaría parte de alguna siniestra pesadilla.
Su padre… su padre debía estar a punto de llegar, ese era el momento. Aparecería por el camino y cercenaría la cabeza de ese hijo de perra. Le vendaría la pierna con las mangas de su camisa y volverían a casa, los dos fundidos en un abrazo.
Pero la figura que apareció por el camino no fue precisamente la de Sart Duiban.
—Bravo, Cosfail, le has prendido.
—Así es, mi señor. Me hallaba en el patio cuando vi a la pequeña escoria saltar ventana abajo y caer al Cálido. Enseguida supe qué es lo que pretendía y no me equivoqué.
—Muy bien, fiel amigo. —La voz de Broigan volvía a ser aquella que Thierd oyese minutos antes; condensaba en su timbre un influjo de paz muy difícil de esquivar. Y esto a pesar de que su rostro aparecía con un tinte macabro provocado por el ingente chorro de sangre que brotaba de su frente—. Has hecho un gran trabajo.
—Permítame decir, mi señor, que Drakar no habría quedado nada feliz al saber de la huida del chico —intervino el tal Cosfail, mirando ahora con absoluto desprecio el constreñido rostro de Thierd.
—Estás en lo cierto, amigo —añadió el de negro apretando ligeramente los labios en un gesto de inquietud—. Nada bueno habría salido de ello, no cabe duda.
—Aunque, pensándolo bien, si su padre ha muerto, ¿de qué nos sirve ya?
Thierd cerró los ojos para hundirse en la oscuridad. Algo en su interior luchaba por salir afuera y hacerle comprender que lo que aquel maldito estaba diciendo no era más que la verdad; la más cruel de las verdades.
Sólo antes de volver a sumergirse en la inconsciencia pudo percibir la voz de Broigan declarar:
—Fíjate en mi cabeza, Cosfail. ¿De verdad piensas que un niño que ha sido capaz de hacerme esto a mí, no va a resultar de utilidad para Bhralar? Carga con él y en cuanto llegues cúrale la pierna; mañana partiremos hacia Moimbra.
No podía saber con seguridad cuánto tiempo llevaba allí encerrado, pero suponía que habrían pasado no menos de diez semanas.
El lugar era inhóspito, frío. Las paredes húmedas destilaban fluidos verdosos procedentes del moho que se anclaba a la roca. El único foco de luz se situaba en lo alto, una pequeña boquera abierta en un rincón del techo goteante. Sólo ofrecía un tenue resplandor en determinadas horas del día, cuando Thierd intuía que la caída de la tarde estaba cercana. Por más que trataba de distinguir algún detalle del exterior, escuchar algún sonido que pudiera darle alguna pista sobre el lugar en que se encontraba, o vislumbrar atisbo alguno de esperanza para posibles huidas, lo único que conseguía percibir, en según qué momentos, era el trino de algún pájaro extraviado cuyo bello cantar se sentía incapaz de reconocer.
Aún así, la tristeza nunca lograba sojuzgar su corazón.
Mientras mantenía la certeza de que más pronto que tarde su padre aparecería destrozando de un hachazo la puerta acorazada, no dejaba de recordar el modo en que había sido secuestrado; no tuvo entonces más remedio que reconocer que Sart llevaba razón cuando afirmaba que el ser que le había atacado en el camino poseía facultades sobrehumanas.
Sin dar crédito a su fortuna, Thierd enseguida comprobó cómo la extraña figura que se acercaba hacia él camino adelante se ajustaba perfectamente a la descripción que su padre había hecho del temible encapuchado que le atacara horas antes. Jamás había pensado que la venganza pudiera llegar a culminarse de tan rápida manera, pero trató de controlar su gozo y se ocultó con presteza entre el follaje que rodeaba el camino a su derecha. El sujeto se acercaba con paso seguro, aunque un tanto lánguido para tratarse de un camino cuyo único fin era el de unir las localidades de Grabbien y Sálgadorm. Le costaba admitir que aquel individuo pudiera consagrar las mañanas —había amanecido hacía poco rato— a caminar tranquilamente, dedicando sus pensamientos a la meditación o a la añoranza. Nada en su tránsito demostraba que su atención estuviera fija en otra cosa que no fuera el suelo bajo sus pies.
Iba a ser tan fácil…
Con todo el sigilo del mundo extrajo del morral una de las piedras que había recogido a la salida del pueblo y adquirió la posición más propicia para el lanzamiento. El extraño pasaría a menos de tres yardas de su posición, distancia suficiente como para hacer complicado el fallo a un experto tirador como era él. Con un certero golpe en la cabeza bastaría para que aquel condenado rufián descubriera por qué no había que meterse con los Duiban. No sabía muy bien qué haría después, pero lo que sí tenía claro era que su firma, de una forma u otra, debería quedar lo bastante patente como para que el interfecto no volviera a atreverse a posar su cuerpo a menos de dos leguas del de su padre.
El instante estaba próximo. El gigante encapuchado se acercaba al punto desde el que recibiría el regalo que le estaba reservado. Thierd alzó el brazo y llegado el momento lanzó el proyectil. No había duda de que el disparo daría en el blanco. Tanto la dirección como la fuerza imprimida eran las correctas. El enemigo caería sin remisión.
Pero lo que ocurrió le dejó atónito durante algunos segundos. En fracción de tiempo tan escasa como la del latido de un corazón, el extraño levantó su mano izquierda y, sin volver la cabeza, agarró la roca destrozándola con los dedos hasta convertirla en esquirlas, ocultando al tiempo cualquier rastro de vacilación en su gesto. Thierd no podía creer lo que acaba de ver. El individuo se detuvo y, ahora sí, ladeó la cabeza hasta fijar sus escondidos ojos en los del chico. Antes de que éste tomara conciencia de que el asunto comenzaba a complicarse, unos brazos a su espalda le cubrieron la cabeza con algún tejido de áspero tacto que le impidió seguir manteniendo contacto visual con la realidad. Poco después, un golpe seco en la base del cráneo le arrastró a la inconsciencia.
Thierd recordaba todo esto no sin cierto grado de orgullo. A pesar de su fracaso, se sabía valiente, y descubrir cómo ni el miedo ni la melancolía hacían mella alguna en su joven espíritu retroalimentaba sus ansias por tornar en victoria lo que hasta el momento estaba suponiendo la mayor de las derrotas.
Pese a todo, era consciente de que debía haber perdido ya una cantidad de peso muy considerable. Aunque nunca había sido de constitución gruesa, ahora percibía cómo día tras día el relieve de sus huesos era cada vez más acusado. Pasaba hambre y frío, pero su fuerza interior le decía una y otra vez que sólo los más fuertes eran capaces de superar las peores adversidades; y él era uno de ésos.
Y algo parecido debían pensar de él los sus guardianes cada vez que se adentraban en la celda para dejarle la frugal comida que le dispensaban, una sola vez por jornada. Lo hacían de dos en dos, pues aunque el chaval estaba famélico, habían recibido instrucciones de que era bravo, y quienesquiera que fueran los jefes, no deseaban ridículas sorpresas de las que tener que lamentarse más adelante.
O al menos eso era lo que Thierd imaginaba, porque dicha circunstancia era la que le había obligado a desestimar la opción de hundir la cabeza de alguno de los centinelas con el plato de las viandas intentando después una escapada; con uno de ellos, quizá, pero con dos… no habría sido posible, ni siquiera para él.
Porque, eso sí, si había una situación por la que debiera sentirse afortunado era por la de no haber sufrido tortura alguna hasta el momento. Ni siquiera los grilletes que colgaban de una de las paredes habían castigado sus muñecas y tobillos hasta la fecha. Podía moverse con libertad por el todo el espacio del calabozo que, aunque limitado, al menos le permitía dar pequeños paseos y hacer ejercicio; esto era algo de lo que sabía que pocos reos habían disfrutado en los distintos cautiverios de los que había oído hablar en su corta vida.
Había instantes hasta en los que llegaba a sentirse un privilegiado.
Pero el día en que el suelo tembló cuatro veces, algo se removió en su interior.
No podía dar explicación a sus sentimientos, pero a partir de entonces una sombra le creció en el corazón. Su ánimo comenzó a flaquear. Parecía que una losa imaginaria se hubiera asentado sobre su cabeza y no hiciera más que apretar y apretar contra el suelo.
Algo malo había ocurrido, estaba seguro.
A la mañana siguiente se hallaba en mitad de un inmenso esfuerzo por recobrar la esperanza cuando oyó voces tras la puerta, inéditas hasta el momento; los carceleros jamás decían una palabra. Tras esconderse el plato entre las ropas que ocultaban su trasero, decidió hacerse el dormido. Quizá pudiera escuchar algo interesante.
—…parece ser que está realmente enojado. —Los sonidos eran cada vez más audibles—. Dicen que lo del volcán no lo tenía previsto y que algunos planes se le han ido al traste.
Thierd pudo ver por el rabillo del ojo que la portezuela de la pequeña reja central de la entrada se abría para dejar asomar el rostro enjuto y hosco de uno de los guardianes.
—Está dormido —señaló una nueva voz—. ¿Para qué crees que querrá ver al chico?
—Ni lo sé ni me importa; limítate a cumplir las órdenes —añadió el otro mientras los chasquidos característicos anunciaron que la puerta estaba a punto de abrirse.
—¡Arriba, enano! —Thierd sintió una potente patada en el muslo, muy cerca de donde había ocultado el recipiente—. Hay alguien que quiere verte.
El chico disimuló un desentumecimiento y miró después a los guardianes con gesto despistado.
—Qué me quiere ver… ¿quién?
—¡Vamos, vamos! ¡No tenemos todo el día y aquí las preguntas no eres tú quien las hace!
—Estoy muy débil —dijo Thierd con desgana—. ¿No podría venir aquí quienquiera que sea el que quiere hablar conmigo?
El chico pensó que si le hacían salir por la puerta, no podría seguir ocultando el arma.
—Este chaval debe sufrir de sordera, ¿no te parece? —añadió el segundo centinela mientras cogía a Thierd de los pelos y comenzaba a arrastrarle.
—De acuerdo, de acuerdo… —señaló el joven con voz chillona—. Iré por mi propio…
Los dos guardas dirigieron sus miradas hacia el exterior de la puerta abierta, desde donde unos pasos ligeros anunciaban la llegada de algún nuevo personaje.
—Está bien, ¡dejadle! —atronó la voz, muy cercana ya a la entrada.
A través del vano apareció una figura alta y, de alguna manera, distinguida. De su rostro no emanaba ningún furor maligno que provocase en Thierd la puesta en guardia. La mirada que sus ojos turquesa le obsequiaron parecía ser capaz de calmar a la más brava de las fieras.
—Mi señor Broigan —dijo el más feo de los guardas con un repentino gesto de sumisión que al chico sorprendió mucho—. Creímos que…
—Estoy demasiado ocupado para andar esperando por los rincones —añadió el tal Broigan sin apartar la mirada de Thierd mientras estiraba uno por uno los dedos de su guante derecho. Sus ropajes oscuros manifestaban una extraña elegancia que el chico jamás había visto con anterioridad—. Lo que tengo que decirle no me llevará más de un minuto.
Thierd se fue incorporando con parsimonia al tiempo que sopesaba sus opciones. Desde luego, no pensaba dejarse engatusar por la tibia mirada de aquel misterioso personaje.
—Verás, pequeño… ¿cómo decías que te llamabas? —preguntó Broigan con una sonrisa afable.
—Thierd… —El chico se atrevió también a mirar fijamente a los ojos del extraño—. Thierd Duiban.
—Verás, Thierd… Duiban. Supongo sabrás que el único objetivo de tu presencia en este lugar ha sido para funcionar como moneda de cambio que hiciera que tu querido padre nos dedicara ciertas… atenciones.
—No sé de qué me está hablando…
—Silencio, chav…
—¡No me callaré! ¡Vine aquí para demostrarles que con los Duiban nadie se mete, y aunque aún no haya podido hacerlo, esperen a ver a mi padre llegar y partirles a todos la cabeza!
El bofetón que le cruzó la cara debería haber bastado para que Thierd se lanzara en tromba hacia su agresor, dedicándole una miríada de puñetazos con los que, al menos, tratar de desahogar la rabia que le embargaba.
Pero algo le dijo que aún no había llegado su momento.
El rostro del extraño dejó de proyectar momentáneamente ese halo de paz que parecía envolverlo todo.
—Tu padre está muerto, necio —escupió Broigan—; al igual que toda tu familia. El Brigo ha saltado por los aires y se ha llevado por delante Grabbien entero.
Silencio.
—Mientes… —fue lo único que dijo Thierd antes de reventar el recipiente de cerámica en la cabeza del tal Broigan.
Y no supo si a causa del efecto sorpresa o a alguna otra razón, pero lo cierto fue que tras saltar por encima del cuerpo tendido y sangrante del extraño, la velocidad de su paso le permitió escurrirse entre las piernas de los dos aturdidos guardias y traspasar la puerta abierta.
Tras abandonar la estancia y comenzar a oír los gritos de sus perseguidores a sus espaldas, encaró el estrecho corredor que desde allí se abría. Al final del mismo pudo adivinar los primeros peldaños de una escalinata. Los alcanzó sin mirar hacia atrás, pero intuyendo que había logrado un margen de distancia capaz de otorgarle alguna posibilidad.
Entre la batahola de sensaciones que encharcaban su espíritu no quiso atender a la que le decía que la muerte de sus padres no había sido una invención de su captor.
Ascendió las zigzagueantes escaleras como un relámpago. Al llegar a lo más alto se encontró con una cámara circular repleta de extraños ingenios a los que no supo colocar dentro de su aún escaso elenco de conocimientos; tampoco tenía tiempo para ello, pero con toda seguridad su encendido espíritu habría renqueado de haber conocido las atrocidades para los que habían sido diseñados. Los esquivó con la agilidad de un gato y atravesó la siguiente puerta.
—¡Detente ahí, bastardo! —oyó en una lejanía cada vez mayor.
“Vamos, Thierd, puedes hacerlo, tu padre estaría orgulloso de ti”, se decía mientras avanzaba por un nuevo pasillo, más ancho ahora. Cada pocos pasos se encontraba con puertas a ambos lados, todas cerradas. Sólo se detuvo a probar a abrir una de ellas cuando escuchó pasos y ruidos también delante de él.
—¿Qué está pasando? —creyó escuchar al final del corredor.
Y aquella puerta se hallaba cerrada a cal y canto.
Estaba rodeado.
Miró adelante y atrás y decidió seguir avanzando a expensas de lo que pudiera encontrarse. Poco era lo que tenía que perder.
Justo cuando vio aparecer al primer guardia frente a sí, fue cuando descubrió una rendija en la siguiente puerta, a la izquierda. Entró de un fuerte empujón y cayó rodando varios metros. Tras incorporarse analizó la situación. Se trataba de una especie de cámara-despacho cubierta de estanterías repletas con libros de anchos lomos. En un rincón se levantaba una mesa rectangular con un montón de objetos que no tuvo tiempo de reconocer. Su única alternativa la componía una pequeña ventana que se abría en la pared de enfrente. Se acercó y, abriendo la hoja de vidrio ajado, se asomó.
La altura era inmensa. Estaba perdido.
Dio la vuelta en el momento en que los gritos llegaban hasta el vano de la puerta. Barajó la posibilidad de buscar algún objeto con el que contraatacar, pero enseguida se convenció de que sería inútil.
Había que jugarse el todo por el todo.
Se adelantó unos pasos, quedando muy cerca de la entrada, como esperando la llegada de sus perseguidores.
Pero en su semblante no había huellas de amenaza ni de defensa.
—¡Ajá! —atronó la voz del enemigo tras asomar el rostro y mantenerse quieto, observándole entre jadeos. A éste no le había visto jamás—. O sea que el jodido niñato está tratando de largarse, así, sin más…
—Tiene agallas el chaval, de eso no hay duda —dijo el segundo mientras se adentraba con una desapacible sonrisa en su rostro cetrino.
Ninguno había desenvainado la espada, pero sus tremendos portes y, sobre todo, el hecho de que los pasos apresurados de quienes había eludido en la celda llegaban al fin también a la estancia, le dejaban claro a Thierd que sus opciones eran nulas.
Aprovechó la carrerilla que había cogido y empezó a trotar en dirección a la ventana.
—Pero, ¿qué hace? —oyó decir a sus espaldas—. ¡Está loco!
Pero esta última frase sólo pudo percibirla como un susurro, pues su cuerpo ya surcaba los vientos como ave que sobrevuela el espacio en busca de alimento.
El impacto contra las aguas mansas del río Cálido casi le deja sin aliento. De manera milagrosa había conseguido mantenerse vertical durante el descenso y el dolor únicamente le había atacado en la cara externa de los muslos.
Pero fue el dolor más brutal que jamás había sentido.
Sabiendo que las lágrimas quedarían disimuladas bajo la corriente, consiguió asomar la cabeza al exterior cuando ya creía que no aguantaría más sin respirar. En su entendimiento residual le pareció escuchar voces desde lo alto, imprecándole.
Pero, a no ser que decidieran tirarse detrás de él —cosa bastante poco probable dado el escaso rango de la abertura por la que había salido—, ya no habría más dificultad que la de nadar con cierta ligereza hasta la salida de la aldea, donde la vegetación que rodeaba las orillas le permitiría salir con seguridad y, desde allí, correr hasta Grabbien por los intrincados y poco transitados senderos que tantas veces había recorrido con sus amigos mientras solían jugar a Bandidos y Caballeros.
Cuál no fue su sorpresa cuando, al abandonar las templadas aguas y adentrarse entre la espesura, se encontró de lleno con un nuevo rostro más que conocido para él. Se trataba de otro de tantos guardianes que le había dispensado la comida durante su cautiverio y al que aún no había visto desde que la huida había comenzado. Estaba sentado sobre un tocón de pino y afilaba con navaja y gesto ausente una estaca larga y delgada; casi parecía una lanza.
—Qué interesante esto de descubrir que hasta un muchacho puede estar a punto de escapar de nuestras mazmorras… —comentó sin dirigir la mirada a Thierd.
El chico, tras unos segundos de indecisión, dio la vuelta y retornó al río a toda velocidad.
Pero un repentino pinchazo en la pantorrilla cuyo dolor superó con creces al que había percibido momentos antes, le hizo caer de bruces dando un grito desgarrador.
Y esta vez ni su orgullo ni sus fuerzas fueron capaces de hacerle reprimir las lágrimas cuando comprobó que la pica que el enemigo tenía hacía un instante entre sus manos, se anclaba ahora, enhiesta, en mitad de los gemelos de su pierna derecha.
Cuando recobró la consciencia estaba al borde del camino, en una de las primeras curvas que éste trazaba a la salida de Sálgadorm. Su pierna sangraba de manera copiosa, aunque lo que sentía proveniente de ella ya no era nada semejante al dolor; era algo así como una ausencia, una quemazón…
El guardia que le había herido volvía a cargar con la pica entre sus manos mientras pateaba con brutalidad la espalda de Thierd.
—¡Vamos, pequeño bastardo! —imprecaba— ¡Muévete!, ¿no pensarás que voy a llevarte a cuestas hasta el pueblo, verdad?
Thierd no estaba seguro ahora de si todo lo ocurrido no formaría parte de alguna siniestra pesadilla.
Su padre… su padre debía estar a punto de llegar, ese era el momento. Aparecería por el camino y cercenaría la cabeza de ese hijo de perra. Le vendaría la pierna con las mangas de su camisa y volverían a casa, los dos fundidos en un abrazo.
Pero la figura que apareció por el camino no fue precisamente la de Sart Duiban.
—Bravo, Cosfail, le has prendido.
—Así es, mi señor. Me hallaba en el patio cuando vi a la pequeña escoria saltar ventana abajo y caer al Cálido. Enseguida supe qué es lo que pretendía y no me equivoqué.
—Muy bien, fiel amigo. —La voz de Broigan volvía a ser aquella que Thierd oyese minutos antes; condensaba en su timbre un influjo de paz muy difícil de esquivar. Y esto a pesar de que su rostro aparecía con un tinte macabro provocado por el ingente chorro de sangre que brotaba de su frente—. Has hecho un gran trabajo.
—Permítame decir, mi señor, que Drakar no habría quedado nada feliz al saber de la huida del chico —intervino el tal Cosfail, mirando ahora con absoluto desprecio el constreñido rostro de Thierd.
—Estás en lo cierto, amigo —añadió el de negro apretando ligeramente los labios en un gesto de inquietud—. Nada bueno habría salido de ello, no cabe duda.
—Aunque, pensándolo bien, si su padre ha muerto, ¿de qué nos sirve ya?
Thierd cerró los ojos para hundirse en la oscuridad. Algo en su interior luchaba por salir afuera y hacerle comprender que lo que aquel maldito estaba diciendo no era más que la verdad; la más cruel de las verdades.
Sólo antes de volver a sumergirse en la inconsciencia pudo percibir la voz de Broigan declarar:
—Fíjate en mi cabeza, Cosfail. ¿De verdad piensas que un niño que ha sido capaz de hacerme esto a mí, no va a resultar de utilidad para Bhralar? Carga con él y en cuanto llegues cúrale la pierna; mañana partiremos hacia Moimbra.
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