jueves, 12 de noviembre de 2009

CAPÍTULO TERCERO

—¿Qué ha sido eso? —preguntó Beals, el alfarero, cuando ya todos se disponían a entrar en la Sala de Reuniones. El suelo parecía haber sufrido una ligera e insólita vibración.
—¿A qué te refieres exactamente? —preguntó Sabben, con su barba pelirroja y sus cejas prominentes.
—¿Eres capaz de decir que no lo has notado? —intervino Joghier, uno de los más jóvenes del pueblo. Con veintiuna primaveras ya tenía permiso para dar su voto en la asamblea, aunque no lo tuviera aún para presentarse al cargo—. El suelo acaba de temblar.
—Vamos, vamos, dejaos de conversaciones, que se hace tarde y tenemos que dejar el tema resuelto antes de la caída del sol.
Era Shielf quien así había hablado. Los resueltos ademanes de su cuerpo nervudo decían que ya podía el cielo caer sobre su cabeza, que aquella reunión no sería aplazada.
—No es nada importante, no debemos preocuparnos —trató de tranquilizar Sart, quien no había podido dejar en casa su sombría expresión—. Esta noche ha habido otra sacudida igual que ésta y nada malo ha ocurrido.
—Es la tierra, que también tiene derecho a que le suenen las tripas —señaló Dodars, siempre tan bromista. Una carcajada general se elevó mientras se introducían en la Sala.
Como cada vez, los últimos en entrar fueron Humb y Estiand, con su lento deambular. El antiguo herrero cogió del hombro a su amigo cuando ya se disponía a cruzar el umbral.
—Mira allá —le dijo, señalando a lo más alto del Monte Brigo. Desde allí podían divisarse grandes volutas de humo ascendiendo hacia el cielo azulado.
—¿Quién crees que se habrá dedicado a subir a la cumbre para prender una hoguera desde allí? —preguntó Estiand sin apartar los ojos de lo alto.
Humb miró a su compañero de fatigas con un gesto de incredulidad que sólo éste habría sabido descifrar. Comprendiendo que aquello no era un buen augurio, ambos se introdujeron en la cámara, donde todos los demás les esperaban, impacientes.

Lo primero que Leddiar percibió al salir a la calle fue un extraño temblor bajo sus pies. Agitada como estaba, no quiso destinar más tiempo del necesario a pensar en dicho suceso.
«Pareciera que las entrañas de la tierra se conmovieran con mi partida», se dijo, sarcástica.
Pero lo que sí llamó su atención con mucha mayor fuerza fue el segundo de los acontecimientos.
Shardry Hesmand, la niña que tanta ternura siempre le inspiraba, se apoyaba en la pared de enfrente, como esperando a alguien. Hasta que no comenzó a hablar no se percató de que era a ella a quien aguardaba.
—Leddiar… —dijo la cría con su voz cándida—. Leddiar, haces bien en huir de Grabbien.
—¿Por qué dices eso, pequeña?
Leddiar se acercó hasta el rostro de la niña y acarició sus tiernos carrillos. El blanco de aquellos ojos, ciegos de nacimiento, siempre había estremecido su alma. También las habladurías que corrían por el pueblo y que tachaban a la niña de ser fruto de una extraña brujería llevada a cabo por sus padres, quiénes no habían sido capaces de procrear durante los años anteriores al nacimiento de Shardry.
«Supercherías —siempre había pensado Leddiar—; con la poca tendencia que todos tienen a creer en la magia, no entiendo por qué dan tanto crédito a la brujería…».
—Escapa, cuanto antes… escapa de aquí —insistió la pequeña.
—No escapo de nada —mintió la mujer y al hacerlo supo que la verdadera razón de su partida era la de huir de una vida en la que la ausencia de Thierd le impediría alcanzar cualquier atisbo de felicidad—. ¿Qué es lo que ocurre, Shardry?
La desbocada mirada de la niña buscaba sin éxito los ojos de Leddiar.
—La ruina, Leddi —habló, con ese peculiar tono que la hacía mayor de lo que era—, la ruina y el terror están a punto de caer sobre Grabbien.
—Vamos, vamos, mi niña… —Leddiar abrazó a Shardry con vehemencia. Era muy triste observar a la cría, siempre sola, dueña de un estigma que ella misma favorecía dado lo extraño de su comportamiento. Parecía mentira que aquella personita sólo tuviera cinco años—. No te preocupes, nada malo va a pasar, te lo aseguro.
—Entonces, ¿por qué te marchas?
La mujer no pudo evitar esbozar una sonrisa.
—Voy en busca de Thierd, cariño.
—¿Por qué? ¿No crees que haya muerto?
—No lo creo —dijo Leddiar y dejó unos instantes de suspenso antes de continuar, con las lágrimas otra vez acechando—. ¿Sabes…? Le echo de menos.
—Leddiar… —El gesto de la niña era implorante—, llévame contigo, por favor.
—No puedo hacerlo, querida; tus padres no quedarían muy contentos conmigo, ¿no te parece? Además, ni siquiera sé a cuantos males tendré que enfrentarme.
—A ninguno peor que el que aquí se avecina —intervino la pequeña, y Leddiar por un momento creyó leer en sus ojos níveos los rastros de alguna extraña sabiduría. Tragando saliva, se apartó ligeramente del rostro de la niña. No podía ser que sólo tuviera cinco años; resultaba increíble.
Pero las últimas palabras de Shardry fueron las que le llegaron al alma con más fuerza.
—Marcha ahora —dijo, con un semblante tan triste como la niebla—. Como bien supones, tu hijo no está muerto…

—Amigos y vecinos de Grabbien. Bienvenidos a la asamblea anual en la que elegimos de manera conjunta a aquel que se encargará de organizar los asuntos de la aldea en los próximos doce meses —comenzó Sart una vez estuvieron todos sentados; al ser el alcalde saliente, le correspondía hacer las presentaciones—. Como bien sabéis, estos tres últimos meses no han sido fáciles para mí y es probable que no estado a la altura de las circunstancias que el cargo me exigía. Os pido mis más sinceras disculp…
—No es necesario que te disculpes, Sart —habló Dramond, el alguacil—. Todos sabemos de tu estado de ánimo y consideramos que bastante bien te has defendido a pesar de lo ocurrido, ¿no es así, amigos?
La asamblea en pleno irrumpió en gestos de asentimiento.
—Has sido un magnífico alcalde para Grabbien, Sart —alzó la voz Humb entre los últimos restos del murmullo—. Quizá el mejor en muchos años…
Los clamores iban a crecer de nuevo, pero Shielf los interrumpió de manera tajante.
—Desde luego has sido un fabuloso regidor, amigo. Pero como bien dicen las leyes de Freigia, hoy se debe elegir un sustituto y no estaría de más que no nos entretuviéramos demasiado en los prolegómenos…
—Estoy de acuerdo —intervino Sart—. Vayamos al grano. Por ejemplo, Shielf, ya que eres uno de los tres candidatos y con tanto ánimo te adscribes a las leyes de esta, nuestra tierra, ¿por qué no empiezas explicándonos por qué quieres pasar por encima de ellas tratando de convertir el cargo que nos ocupa en vitalicio?
Ahora los murmullos fueron menos efusivos y sí más turbadores.
—Ya que me concedes la palabra en primer lugar, aprovecharé para exponeros el plan que me traigo entre manos y del que estoy seguro que os va a parecer más que interesante —dijo el ebanista con una fuerte convicción y poniéndose en pie.
—Procede entonces.
—Bien, amigos, atended: corren vientos de cambio por todo el país, y no debemos impedir que lleguen hasta nuestra comarca. Son cambios que no significarán más que beneficios para todos y cada uno de nosotros y…
—¿Y cómo te has enterado tú de todas esas cosas, Shielf? —preguntó Estiand con satírico semblante—. ¿Es que te dedicas a viajar y a conocer mundo durante las noches, cuando ninguno sabemos de ti?
La carcajada general no sentó nada bien al aspirante, pero lo disimuló como bien pudo.
—Conozco a mucha gente de los pueblos vecinos, Est, lo sabes perfectamente —se defendió—; mucha gente con la que tengo negocios y a la que hago visitas con bastante asiduidad.
—Ya veo —intervino ahora Humb—; supongo que ha sido Prondas el que se ha codeado con la plana mayor de Moimbra…
El tal Prondas, vecino del cercano pueblo de Ronediers, era conocido por todos como uno de los hombres más cerrados y menos instruidos de toda la comarca. Eran famosas sus borracheras y altercados en cada uno de las tabernas de la comarca. También se sabía que Shielf le tenía como uno de sus mejores amigos.
Esta vez el rostro del ebanista sí mostro un atisbo de furia mal contenida tras las risas.
—Humb, Estiand; todos sabemos de vuestra experiencia y sabiduría, y por eso sois fuente de respeto y consejo continuo. Pero no creo que vuestra posición os dé derecho a tratar de humillarme permanentemente…
Ahora cundió el silencio. Hubo miradas graves, pues no era común que nadie plantase cara a los dos ancianos.
—Estás en lo cierto —indicó el antiguo granjero después de un tenso lapso—. Termina tu discurso y entonces será cuando comenzaremos con las alegaciones…
En ese momento sonaron unos golpecillos en la puerta. Al poco, ésta se abrió para dejar asomar la cabeza de Weidst, uno de los niños amigos de Thierd, mirando a los lados como buscando a alguien.
—¿Qué ocurre, Weidst? —preguntó Sart desde su posición.
—Sart…, perdona la interrupción. Hay un… señor aquí fuera que pregunta por ti; ¿puedes salir un momento?
Los rostros de todos reflejaron la más pura confusión al ver a Sart marchar de la Sala, también con expresión desconcertada.
—Continuad —dijo con el ceño fruncido mientras avanzaba—. Enseguida vuelvo.
Pero un nuevo temblor de tierra justo en el momento en el que cerraba la puerta tras de sí, arrancó de cuajo la atención que todos en ese momento tenían puesta en él.

Leddiar se dirigió hasta los establos mancomunados donde tenía guardada a su yegua y la montó con vigor. Un tanto arrebatada por las últimas palabras de Shardry, cabalgó a toda velocidad en dirección al camino de Noumaned. Con ese ímpetu no tardaría más de una hora en estar en los lindes de la comarca, al sur, allí donde hasta el propio Brigo apenas era ya visible. Desde aquel lugar, a pocas millas ya de las Colinas de Koriadest, sería muy fácil evitar que la encontrasen. Sabía que su primer objetivo debía ser mantenerse oculta durante un largo tiempo. Sart saldría en su búsqueda y quién sabe si no la retendría por la fuerza con la intención de hacerla recapacitar en caso de encontrarla.
No había tomado una decisión tan difícil y definitiva para que fuera abortada antes siquiera de empezar a ponerla en marcha.
Todas las pesquisas hechas en los alrededores durante los últimos tres meses habían resultado estériles. Así que no quedaba más remedio que ampliar el radio de búsqueda. Pero como ese mismo razonamiento sería el que su marido ejercería, lo mejor sería desaparecer durante una buena temporada, a resguardo de los múltiples y dispersos bosques de píceas que se alojaban en la citada zona. La abrupta orografía del terreno se lo haría posible, de la misma manera que le permitiría adquirir sustento suficiente para todo el tiempo que decidiera establecerse allí. A medida que cabalgaba daba eternas gracias por la maestría que había adquirido con el arco durante su adolescencia, merced al interés de su padre por hacer de ella una mujer fuerte e independiente.
Qué ironías tenía la vida. Su padre y su marido, dos gotas de agua.
Mientras avanzaba y el viento agitaba con violencia sus cabellos, sus pensamientos volvieron a la pequeña niña ciega. Leddiar sabía que la cría tenía predilección por ella, al ser una de las pocas personas del pueblo que le daba calor y le hacía algún regalo de tiempo en tiempo. Quería suponer que dicha razón era la que había empujado a la niña a querer animarla diciendo que Thierd aún estaba vivo. Pero el corazón se le encogía cuando pensaba en los comentarios que hablaban de Shardry como una pequeña bruja capaz de adivinar el futuro. Ella siempre había pensado que no se trataba más que de unos cuantos malintencionados que trataban de mantener a raya la inquietud que la misteriosa mirada de la niña les producía.
Pero ahora se descubría a sí misma deseando que toda esa ralea de perversos estuviera en lo cierto respecto a sus desagradables comentarios.
Quería aferrarse a la esperanza de saber que Thierd estaba vivo.
Porque, en el fondo, ahora se hacía consciente de ello, nunca había dado crédito a dicha posibilidad.

Esta vez la vibración había sido mucho más fuerte que las anteriores. Pero Sart estaba demasiado alterado como para poner atención en ello. Tampoco en la enorme humareda que brotaba de lo más alto del Monte Brigo.
—¿Dónde dices que está el hombre que me busca? —preguntó a Weidst mientras el chaval miraba a uno y otro lado del foro, extrañado. El pueblo entero parecía abandonado. Era costumbre que todos permanecieran en sus casas a la espera del resultado del plebiscito.
—Estaba aquí hace un momento —dijo—. Era un tipo muy extraño, por cierto. Bueno, extraño… por decir algo, porque el capazo que le cubría no me dejó ver su rostro.
—¿Qué estás diciendo, Weidst? —Sart se paró en seco—. ¿Era un hombre encapuchado?
—Si a eso se le puede llamar un hombre —contestó el joven con algo parecido a la indiferencia—. Medía más de dos varas… —añadió sin dejar de escudriñar el lugar.
Sart suspiró profundamente y, después de unos segundos, cayó en la cuenta.
—Leddi…
Cuando se disponía a salir corriendo en dirección a su casa, la voz de Weidst le detuvo.
—Espera… Aquí hay algo.
El chico se inclinó hacia el suelo y cogió un trozo de papel doblado en varias partes. Sart se lo arrancó de las manos antes de que pudiera siquiera comenzar a abrirlo.
Para Sart, rezaba la cara que daba al exterior.
El hombre desplegó con desesperación lo que ya intuía era una nota y se dispuso a leerla mientras Weidst se encogía de hombros y se marchaba.

Estimado Sr. Duiban:
Tu hijo nos lo puso en bandeja y no pudimos resistirnos a la tentación.
Si quieres que el camino de su recuperación comience a trazarse, haz que Shielf salga hoy elegido regidor de Grabbien.
Atentamente.
Unos admiradores.

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