viernes, 4 de diciembre de 2009

CAPITULO CUARTO

Esta vez la sacudida de la tierra sí atrajo la atención de Leddiar.
Entre otras cosas porque su yegua comenzó a piafar con fuerza y su galope se convirtió en una carrera desbocada.
Tiró de las riendas y después de mucho esfuerzo consiguió detener al animal, que no dejaba de sacudir el cuello hacia los lados. El suelo vibraba como si de un momento a otro fuera a abrirse y tragarse cuanto lo pisaba.
«¿Qué está pasando? —se preguntó la fugitiva sin apartar los ojos de la tierra—. Nunca había visto algo como esto».
Acarició con ternura las crines de la yegua para tranquilizarla y, de repente, el temblor finalizó.
Cuando se disponía a reemprender la marcha, su mirada se encontró por azar con una extraña visión en la lejanía. De la cumbre del Brigo brotaba una columna de humo que juzgó enorme, dado que podía contemplarla desde tanta distancia.
No entendía nada de todo aquello.
Pero el recuerdo de la premonición hecha por Shardry a la salida de Grabbien la hizo dar un respingo de terror.

Un ligero olor a azufre se extendía por el aire, pero Sart no se hizo consciente de él. Se sentó en una roca cercana y se llevó las manos a la cabeza.
A veces pensaba que todo lo que estaba ocurriendo era una simple pesadilla.
En realidad, deseaba que lo fuera.
Sin embargo aquella nota era real, la tenía en ese momento entre sus dedos y la amenaza que contenían sus líneas era algo más que patente.
Como patente era que Thierd, su hijo querido, había desaparecido hacía ya tres meses.
El corazón le latía de manera disparada. Jamás había pensado que tendría que enfrentarse a una situación como aquélla. Su hijo, secuestrado, y él sometido a chantaje para poder volver a verle en libertad.
«¿Qué es lo que está pasando aquí? Estas historias tan oscuras no se habían dado nunca antes en Freigia. ¿Qué le está ocurriendo a esta tierra?», se preguntaba mientras pensaba en las tres sacudidas de las últimas horas.
¿Qué haría? ¿Entraría en la Sala y comenzaría a dar por buenos los planteamientos de Shielf, o se mantendría firme a sus principios, como siempre había enseñado hacer a Thierd?
Una lágrima rodó por su mejilla. Pocas veces había llorado a lo largo de su vida, pero aquella situación era la más desesperada a la que se había enfrentado en todos sus años.
Cuando se disponía a levantarse después de emitir un profundo suspiro, descubrió frente a sí a Shardry Hesmand, la niña ciega a la que Leddiar tanto quería. No la había oído llegar.
—¿Por qué lloras? —preguntó la pequeña.
—¿Cómo sabes que estoy llorando? —preguntó Sart con una sonrisa triste—. Se supone que eres ciega…
—¿También tú echas de menos a Thierd?
—Claro, pequeña —respondió el hombre. Tenía la mirada tan perdida como la de la propia niña—. ¿Tú también? ¿Es que eráis amigos?
—Era muy simpático conmigo —dijo Shardry palpando el suelo para sentarse—. Pero no te preocupes, él está bien.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Sart, indiferente—. ¿Acaso son ciertos los rumores que dicen que eres una pequeña adivina?
—Me lo dijo el señor grande ese que hace un rato andaba por aquí.
Sart se levantó como una exhalación y agarró a la niña por los hombros.
—¿Has hablado con él? —la interrogó, presa de la agitación—. ¿Qué más te ha dicho? ¡Dime!
—Bueno, yo le dije lo que también ahora te digo a ti, que debes marcharte cuanto antes del pueblo, porque algo muy malo va a pasar…
—Pero ¿y Thierd? ¿Qué te dijo de Thierd?
—Él me pregunto si yo le conocía a él… y a Leddiar.
—¡Continúa, por favor!
—Me dio un recado para ella.
—¿Para Leddiar? —La niña asintió con la cabeza repetidamente—. Y qué recado era ese, dime, cariño.
—Bueno, ya no voy a poder dárselo, porque se ha…
—¡Dime ahora qué fue lo que te dijo ese hombre! —Sart estaba a punto de ahogarse en la desesperación.
—Ese papel que tienes ahí… —Shardry quiso señalar con un dedo la nota que el hombre acababa de leer—. El señor me dijo que le contara a Leddiar que tú lo habías recibido.
Sart, arrugando con fuerza el entrecejo, trataba de entender todo aquel macabro embrollo.
—Ya veo —dijo, como para sí—. Por si acaso yo trato de ocultárselo… Pero, ¿qué razón le habrá llevado a no decírselo a ella directamente?
—Antes no me has dejado explicártelo —incidió la niña—. Leddiar se ha marchado. Yo la he visto.
—¿Cómo que Leddiar se ha marchado? —comentó Sart, cada vez más confuso. No se hacía consciente de que aquella conversación la estaba manteniendo con una cría de cinco años—. Se supone que todos deben aguardar en sus hogares…
—Ha ido en busca de Thierd —interrumpió Shardry. El hombre volvió a mirarla con ojos muy abiertos.
—¡¿Te lo dijo ella?! ¡¿Te dijo que iba a buscar a Thierd?!
—Claro, pero yo sabía que Thierd está bien y hablé con ella antes que con el forastero. Supongo que me habría hecho más caso si…
—Pero, entonces… —Sart no sabía si se estaba volviendo loco. Aquella situación resultaba disparatada por completo. No era posible que su mujer hubiera salido sola a buscar al chico. Debía de haber algún error. Y el Consejo esperándole para poder continuar… —, ¿el hombre encapuchado te habló de Thierd?
—Algo me hizo pensar que él sabía cosas, y le pregunté.
—Oh, cielos —ahora Sart dedicó un breve instante a pensar en las singulares capacidades de esa niña—, ¿cómo es posible que siendo ciega y con sólo cinco años…?
—Me dijo que si tú hacías lo que tenías que hacer, pronto Thierd volvería a corretear por las calles de Grabbien.
Sart volvió a sentir sus ojos empañados.
—Pero cuando él vuelva, estas calles ya no estarán aquí —añadió la chiquilla con tristeza.
El hombre no pudo dejar de sentir un pinchazo de ternura y abrazó a Shardry.
—Tranquila, pequeña. Nada malo va a ocurrir —y después de unos segundos de silencio, continuó; acababa de tomar su decisión—. Podrás volver a jugar con Thierd, dentro de poco.
Shardry separó la cabeza del cuello de Sart e intentó enfocar su nívea mirada sobre el rostro de aquél.
—Si quieres, puedes venir conmigo. Voy a ocultarme en la cueva de los Whirdfosh. Se lo dije también a mis papás, pero no han querido creerme.
—Ve hacia allá —Sart se enjugó el rostro y la nariz con la manga de la camisa. No podía haber nada más importante que recuperar a su hijo con vida, ya lo había comprendido—. En cuanto acabe la reunión, iré a hacerte una visita.
Shardry quiso sujetar a Sart mientras se levantaba.
—No hay tiempo, Sart… —dijo, con expresión asustada—. Va a ocurrir, ya.
Y mientras el hombre se alejaba de la pequeña dedicándole un adiós lo más cariñoso que supo, se preguntó qué era lo que hacía que aquella niña tuviera esa imaginación tan prodigiosa… e inquietante.
Se paró frente a la puerta de la Sala de Reuniones, se restregó la cara con las manos y se dispuso a entrar. El olor a azufre era cada vez más poderoso. Antes de abrir, volvió a mirar a lo alto del Brigo y la columna de humo le pareció ahora demasiado grande y espesa para formar parte de una simple hoguera.
En ese mismo momento se produjo un nuevo temblor. Esta vez fue tan fuerte que Sart contempló con congoja cómo se abrían algunas grietas en las paredes del edificio. Al tiempo, sin que tuviera tiempo de advertirlo, una de las enormes tejas se desprendía de la cornisa y caía sobre su cabeza, dejándolo inconsciente.

Las millas se consumían como la tierra reseca se traga el agua de la lluvia. Llegaría a las colinas antes de lo esperado.
—Buena chica —le dijo a la yegua, exultante.
Lo cierto era que el maldito Consejo que tantos disgustos le había acarreado con su marido, se establecía ahora como su mayor aliado. El que la gente permaneciera recluida hasta la finalización de la votación la estaba concediendo un tiempo precioso. No podía negar que el momento para escapar había sido el más propicio.
Pero una cuarta convulsión más fuerte que las anteriores y las angustiosas palabras de Shardry en el momento de abandonar el pueblo eran cosas que no conseguía arrancarse de la mente.
«Vamos, Leddi —se decía—, utiliza un poco la cabeza. ¿Cómo una niña de cinco años va a poder adivinar el futuro?».
Quería negarse a creerlo. Mucho más cuando las premoniciones eran tan catastrofistas.
Pero una inmensa inquietud se apoderaba de ella cada vez que miraba hacia atrás y descubría aquellas trazas de humo brotando de la cima del Brigo.
La explosión la cogió sumergida en dichos pensamientos. La yegua se paró en seco, y empezó a alzar sus cuartos delanteros de manera descontrolada; por momentos el animal parecía enloquecido y Leddiar no tardó en desplomarse en el suelo. Por suerte no se hizo daño, o acaso fue lo insólito del instante lo que le hizo no percibir dolor alguno.
Ya no era humo lo que brotaba de la cima del Monte. Una fuente escarlata, como la de un potente surtidor, salía escupida de la boca de la montaña. Leddiar apenas pudo incorporarse debido a las tremendas sacudidas que del suelo provenían.
Entonces, contemplando la descomunal nube negra que comenzaba a moldearse coronando la erupción, comprendió lo que ocurría.
«Un volcán; la montaña que vomita fuego de la que tanto hablaban las leyendas que mi abuelo me contaba. El Monte Brigo… es un volcán».
Se arrodilló y se echó a llorar como una niña.
«Oh, Sart, estáis perdidos, todos en Grabbien estáis perdidos; y yo no puedo hacer nada por ayudaros».

Humb hacía rato que no atendía al tedioso discurso de Shielf acerca de la necesidad de profundos cambios para Freigia. Había hablado de cosas como ampliar la cesión de responsabilidades a personas individuales con afán de poder dar continuidad a los proyectos que hubiera que poner en marcha o de la creación de representantes que empezaran a reunirse en Moimbra para tratar temas de aparente interés general.
En un momento dado, se había atrevido a nombrar también la posibilidad de establecer un título del que, hasta ese momento, Humb jamás había oído hablar; pero su mera mención le provocó una profunda sensación de nausea.
Alguien para gobernar él sólo todo un país: alguien llamado Rey.
Cuando las preguntas y las protestas comenzaron a atronar en la Sala, fue cuando el antiguo herrero se abstrajo por completo. Con sólo mirar a Estiand comprendió que su gran amigo tenía las mismas sensaciones.
Pero había algo más que no sabía definir y que había aparecido en su entendimiento de manera inesperada tras el último temblor de tierra. No era miedo; hacía muchos años que no conocía esa emoción. Era algo así como una especie de hormigueo interior que le decía que un acontecimiento de trágica relevancia estaba a punto de ocurrir.
—¿Sabes, Estiand? —comenzó a decir a su amigo mientras el caos cundía entre los reunidos—. No me está gustando demasiado esto de las vibraciones, ni tampoco el humo que brota del Brigo.
Estiand miró a Humb con unos ojos llenos de algo similar a la resignación.
—No, querido amigo, a mí tampoco me dicen nada bueno —señaló—. Es probable que nos estemos acercando al fin.
Cuando Estiand pronunció estas palabras, casi con apatía, fue cuando Humb comprendió que lo que estaba surcando su alma era algo más que una simple corazonada maligna.
—El Brigo… el Brigo va a reventar, ¿no es así? —preguntó con los ojos casi vidriosos. Su amigo le miró ahora y le agarró por el hombro en gesto de consuelo.
—No sufras, amigo; al menos nosotros ya hemos vivido bastante.
Entonces fue cuando la tierra volvió a estremecerse.
Fue la sacudida más poderosa hasta el momento. Unas amplias grietas comenzaron a abrirse en las paredes. La sala se inundó de polvo, procedente del techo. Del exterior llegaron sonidos procedentes del desplome de algunas tejas.
Estiand y Humb fueron los únicos en no levantarse de sus lugares cuando se descubrió el cuerpo insconsciente de Sart en la puerta, con una fuerte brecha en la cabeza.
—¿No crees que haya ni una sola posibilidad de escape, verdad?
Fue Humb quien volvió a hablar, sus brazos cruzados sobre el pecho, la mirada perdida.
—Puedes probar a despedirte de tus hijos, pero no creo que tomen en mucha consideración tus palabras… —comentó Estiand, tragando saliva.

La brutal detonación fue lo único que consiguió sacar a Sart de su letargo. Lo primero que notó fue un tremendo pitido en los oídos. Más tarde, confuso todavía, contempló cómo un gran número de personas que le habían rodeado hasta ese momento, se desperdigaban por las calles del pueblo gritando de manera desesperada.
Y entonces, lo vio. Una titánica llamarada de fuego y piedra incandescente emanaba de lo más alto de la cima del Brigo. Durante unos segundos estuvo tentado de pensar si no se trataría de una visión provocada por el golpe, pero enseguida lo desecho.
La certeza de una muerte segura se introdujo en su espíritu como un torrente de paz.
«Leddi… Oh, cielos, que al menos pueda despedirme de ella».
Se incorporó dando tumbos mientras la primera lluvia de lava comenzaba a diseminarse sobre Grabbien. Un enorme pegote se desplomó muy cerca de él. El calor empezaba a ser insoportable, al tiempo que la nube de ceniza impedía ya el paso de la luz del sol. Las faldas del Monte se teñían de la corriente escarlata que bajaba desde la cumbre.
Llegó a la casa tosiendo desesperadamente. Para entonces ya apenas podía respirar debido a los vapores tóxicos. Abrió la puerta de una patada y se adentró llamando a su mujer a gritos.
Una vez leída la nota, la calma acabó de invadirle por completo.
«Gracias a los Dioses, si los hubiera. Espero que se encuentre lo bastante lejos lejos como estar a salvo».
Y mientras un nuevo mareo apartaba su conciencia de lo crudo de la realidad, una última reflexión tuvo tiempo de aflorar en su cabeza.
«Sé que encontraras a Thierd, amor mío. Hace un rato estuve a punto de traicionaros a los dos. Pero el Brigo se ha encargado de impedirlo. Os esperaré allí donde los hados tengan a bien transportarme ahora. Hasta siempre. Os amo».
Y en medio del desplome del techado de su hogar bajo el impacto de una roca gigante y candente, Sart Duiban cerró los ojos para jamás volver a abrirlos.

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