sábado, 17 de abril de 2010

CAPÍTULO SEXTO (y último, por el momento)

Aunque el estado de Thierd era cada vez más lamentable, el chico no perdía el ánimo bajo ninguna circunstancia.
No podía saber con seguridad cuánto tiempo llevaba allí encerrado, pero suponía que habrían pasado no menos de diez semanas.
El lugar era inhóspito, frío. Las paredes húmedas destilaban fluidos verdosos procedentes del moho que se anclaba a la roca. El único foco de luz se situaba en lo alto, una pequeña boquera abierta en un rincón del techo goteante. Sólo ofrecía un tenue resplandor en determinadas horas del día, cuando Thierd intuía que la caída de la tarde estaba cercana. Por más que trataba de distinguir algún detalle del exterior, escuchar algún sonido que pudiera darle alguna pista sobre el lugar en que se encontraba, o vislumbrar atisbo alguno de esperanza para posibles huidas, lo único que conseguía percibir, en según qué momentos, era el trino de algún pájaro extraviado cuyo bello cantar se sentía incapaz de reconocer.
Aún así, la tristeza nunca lograba sojuzgar su corazón.
Mientras mantenía la certeza de que más pronto que tarde su padre aparecería destrozando de un hachazo la puerta acorazada, no dejaba de recordar el modo en que había sido secuestrado; no tuvo entonces más remedio que reconocer que Sart llevaba razón cuando afirmaba que el ser que le había atacado en el camino poseía facultades sobrehumanas.
Sin dar crédito a su fortuna, Thierd enseguida comprobó cómo la extraña figura que se acercaba hacia él camino adelante se ajustaba perfectamente a la descripción que su padre había hecho del temible encapuchado que le atacara horas antes. Jamás había pensado que la venganza pudiera llegar a culminarse de tan rápida manera, pero trató de controlar su gozo y se ocultó con presteza entre el follaje que rodeaba el camino a su derecha. El sujeto se acercaba con paso seguro, aunque un tanto lánguido para tratarse de un camino cuyo único fin era el de unir las localidades de Grabbien y Sálgadorm. Le costaba admitir que aquel individuo pudiera consagrar las mañanas —había amanecido hacía poco rato— a caminar tranquilamente, dedicando sus pensamientos a la meditación o a la añoranza. Nada en su tránsito demostraba que su atención estuviera fija en otra cosa que no fuera el suelo bajo sus pies.
Iba a ser tan fácil…
Con todo el sigilo del mundo extrajo del morral una de las piedras que había recogido a la salida del pueblo y adquirió la posición más propicia para el lanzamiento. El extraño pasaría a menos de tres yardas de su posición, distancia suficiente como para hacer complicado el fallo a un experto tirador como era él. Con un certero golpe en la cabeza bastaría para que aquel condenado rufián descubriera por qué no había que meterse con los Duiban. No sabía muy bien qué haría después, pero lo que sí tenía claro era que su firma, de una forma u otra, debería quedar lo bastante patente como para que el interfecto no volviera a atreverse a posar su cuerpo a menos de dos leguas del de su padre.
El instante estaba próximo. El gigante encapuchado se acercaba al punto desde el que recibiría el regalo que le estaba reservado. Thierd alzó el brazo y llegado el momento lanzó el proyectil. No había duda de que el disparo daría en el blanco. Tanto la dirección como la fuerza imprimida eran las correctas. El enemigo caería sin remisión.
Pero lo que ocurrió le dejó atónito durante algunos segundos. En fracción de tiempo tan escasa como la del latido de un corazón, el extraño levantó su mano izquierda y, sin volver la cabeza, agarró la roca destrozándola con los dedos hasta convertirla en esquirlas, ocultando al tiempo cualquier rastro de vacilación en su gesto. Thierd no podía creer lo que acaba de ver. El individuo se detuvo y, ahora sí, ladeó la cabeza hasta fijar sus escondidos ojos en los del chico. Antes de que éste tomara conciencia de que el asunto comenzaba a complicarse, unos brazos a su espalda le cubrieron la cabeza con algún tejido de áspero tacto que le impidió seguir manteniendo contacto visual con la realidad. Poco después, un golpe seco en la base del cráneo le arrastró a la inconsciencia.
Thierd recordaba todo esto no sin cierto grado de orgullo. A pesar de su fracaso, se sabía valiente, y descubrir cómo ni el miedo ni la melancolía hacían mella alguna en su joven espíritu retroalimentaba sus ansias por tornar en victoria lo que hasta el momento estaba suponiendo la mayor de las derrotas.
Pese a todo, era consciente de que debía haber perdido ya una cantidad de peso muy considerable. Aunque nunca había sido de constitución gruesa, ahora percibía cómo día tras día el relieve de sus huesos era cada vez más acusado. Pasaba hambre y frío, pero su fuerza interior le decía una y otra vez que sólo los más fuertes eran capaces de superar las peores adversidades; y él era uno de ésos.
Y algo parecido debían pensar de él los sus guardianes cada vez que se adentraban en la celda para dejarle la frugal comida que le dispensaban, una sola vez por jornada. Lo hacían de dos en dos, pues aunque el chaval estaba famélico, habían recibido instrucciones de que era bravo, y quienesquiera que fueran los jefes, no deseaban ridículas sorpresas de las que tener que lamentarse más adelante.
O al menos eso era lo que Thierd imaginaba, porque dicha circunstancia era la que le había obligado a desestimar la opción de hundir la cabeza de alguno de los centinelas con el plato de las viandas intentando después una escapada; con uno de ellos, quizá, pero con dos… no habría sido posible, ni siquiera para él.
Porque, eso sí, si había una situación por la que debiera sentirse afortunado era por la de no haber sufrido tortura alguna hasta el momento. Ni siquiera los grilletes que colgaban de una de las paredes habían castigado sus muñecas y tobillos hasta la fecha. Podía moverse con libertad por el todo el espacio del calabozo que, aunque limitado, al menos le permitía dar pequeños paseos y hacer ejercicio; esto era algo de lo que sabía que pocos reos habían disfrutado en los distintos cautiverios de los que había oído hablar en su corta vida.
Había instantes hasta en los que llegaba a sentirse un privilegiado.
Pero el día en que el suelo tembló cuatro veces, algo se removió en su interior.
No podía dar explicación a sus sentimientos, pero a partir de entonces una sombra le creció en el corazón. Su ánimo comenzó a flaquear. Parecía que una losa imaginaria se hubiera asentado sobre su cabeza y no hiciera más que apretar y apretar contra el suelo.
Algo malo había ocurrido, estaba seguro.
A la mañana siguiente se hallaba en mitad de un inmenso esfuerzo por recobrar la esperanza cuando oyó voces tras la puerta, inéditas hasta el momento; los carceleros jamás decían una palabra. Tras esconderse el plato entre las ropas que ocultaban su trasero, decidió hacerse el dormido. Quizá pudiera escuchar algo interesante.
—…parece ser que está realmente enojado. —Los sonidos eran cada vez más audibles—. Dicen que lo del volcán no lo tenía previsto y que algunos planes se le han ido al traste.
Thierd pudo ver por el rabillo del ojo que la portezuela de la pequeña reja central de la entrada se abría para dejar asomar el rostro enjuto y hosco de uno de los guardianes.
—Está dormido —señaló una nueva voz—. ¿Para qué crees que querrá ver al chico?
—Ni lo sé ni me importa; limítate a cumplir las órdenes —añadió el otro mientras los chasquidos característicos anunciaron que la puerta estaba a punto de abrirse.
—¡Arriba, enano! —Thierd sintió una potente patada en el muslo, muy cerca de donde había ocultado el recipiente—. Hay alguien que quiere verte.
El chico disimuló un desentumecimiento y miró después a los guardianes con gesto despistado.
—Qué me quiere ver… ¿quién?
—¡Vamos, vamos! ¡No tenemos todo el día y aquí las preguntas no eres tú quien las hace!
—Estoy muy débil —dijo Thierd con desgana—. ¿No podría venir aquí quienquiera que sea el que quiere hablar conmigo?
El chico pensó que si le hacían salir por la puerta, no podría seguir ocultando el arma.
—Este chaval debe sufrir de sordera, ¿no te parece? —añadió el segundo centinela mientras cogía a Thierd de los pelos y comenzaba a arrastrarle.
—De acuerdo, de acuerdo… —señaló el joven con voz chillona—. Iré por mi propio…
Los dos guardas dirigieron sus miradas hacia el exterior de la puerta abierta, desde donde unos pasos ligeros anunciaban la llegada de algún nuevo personaje.
—Está bien, ¡dejadle! —atronó la voz, muy cercana ya a la entrada.
A través del vano apareció una figura alta y, de alguna manera, distinguida. De su rostro no emanaba ningún furor maligno que provocase en Thierd la puesta en guardia. La mirada que sus ojos turquesa le obsequiaron parecía ser capaz de calmar a la más brava de las fieras.
—Mi señor Broigan —dijo el más feo de los guardas con un repentino gesto de sumisión que al chico sorprendió mucho—. Creímos que…
—Estoy demasiado ocupado para andar esperando por los rincones —añadió el tal Broigan sin apartar la mirada de Thierd mientras estiraba uno por uno los dedos de su guante derecho. Sus ropajes oscuros manifestaban una extraña elegancia que el chico jamás había visto con anterioridad—. Lo que tengo que decirle no me llevará más de un minuto.
Thierd se fue incorporando con parsimonia al tiempo que sopesaba sus opciones. Desde luego, no pensaba dejarse engatusar por la tibia mirada de aquel misterioso personaje.
—Verás, pequeño… ¿cómo decías que te llamabas? —preguntó Broigan con una sonrisa afable.
—Thierd… —El chico se atrevió también a mirar fijamente a los ojos del extraño—. Thierd Duiban.
—Verás, Thierd… Duiban. Supongo sabrás que el único objetivo de tu presencia en este lugar ha sido para funcionar como moneda de cambio que hiciera que tu querido padre nos dedicara ciertas… atenciones.
—No sé de qué me está hablando…
—Silencio, chav…
—¡No me callaré! ¡Vine aquí para demostrarles que con los Duiban nadie se mete, y aunque aún no haya podido hacerlo, esperen a ver a mi padre llegar y partirles a todos la cabeza!
El bofetón que le cruzó la cara debería haber bastado para que Thierd se lanzara en tromba hacia su agresor, dedicándole una miríada de puñetazos con los que, al menos, tratar de desahogar la rabia que le embargaba.
Pero algo le dijo que aún no había llegado su momento.
El rostro del extraño dejó de proyectar momentáneamente ese halo de paz que parecía envolverlo todo.
—Tu padre está muerto, necio —escupió Broigan—; al igual que toda tu familia. El Brigo ha saltado por los aires y se ha llevado por delante Grabbien entero.
Silencio.
—Mientes… —fue lo único que dijo Thierd antes de reventar el recipiente de cerámica en la cabeza del tal Broigan.
Y no supo si a causa del efecto sorpresa o a alguna otra razón, pero lo cierto fue que tras saltar por encima del cuerpo tendido y sangrante del extraño, la velocidad de su paso le permitió escurrirse entre las piernas de los dos aturdidos guardias y traspasar la puerta abierta.
Tras abandonar la estancia y comenzar a oír los gritos de sus perseguidores a sus espaldas, encaró el estrecho corredor que desde allí se abría. Al final del mismo pudo adivinar los primeros peldaños de una escalinata. Los alcanzó sin mirar hacia atrás, pero intuyendo que había logrado un margen de distancia capaz de otorgarle alguna posibilidad.
Entre la batahola de sensaciones que encharcaban su espíritu no quiso atender a la que le decía que la muerte de sus padres no había sido una invención de su captor.
Ascendió las zigzagueantes escaleras como un relámpago. Al llegar a lo más alto se encontró con una cámara circular repleta de extraños ingenios a los que no supo colocar dentro de su aún escaso elenco de conocimientos; tampoco tenía tiempo para ello, pero con toda seguridad su encendido espíritu habría renqueado de haber conocido las atrocidades para los que habían sido diseñados. Los esquivó con la agilidad de un gato y atravesó la siguiente puerta.
—¡Detente ahí, bastardo! —oyó en una lejanía cada vez mayor.
“Vamos, Thierd, puedes hacerlo, tu padre estaría orgulloso de ti”, se decía mientras avanzaba por un nuevo pasillo, más ancho ahora. Cada pocos pasos se encontraba con puertas a ambos lados, todas cerradas. Sólo se detuvo a probar a abrir una de ellas cuando escuchó pasos y ruidos también delante de él.
—¿Qué está pasando? —creyó escuchar al final del corredor.
Y aquella puerta se hallaba cerrada a cal y canto.
Estaba rodeado.
Miró adelante y atrás y decidió seguir avanzando a expensas de lo que pudiera encontrarse. Poco era lo que tenía que perder.
Justo cuando vio aparecer al primer guardia frente a sí, fue cuando descubrió una rendija en la siguiente puerta, a la izquierda. Entró de un fuerte empujón y cayó rodando varios metros. Tras incorporarse analizó la situación. Se trataba de una especie de cámara-despacho cubierta de estanterías repletas con libros de anchos lomos. En un rincón se levantaba una mesa rectangular con un montón de objetos que no tuvo tiempo de reconocer. Su única alternativa la componía una pequeña ventana que se abría en la pared de enfrente. Se acercó y, abriendo la hoja de vidrio ajado, se asomó.
La altura era inmensa. Estaba perdido.
Dio la vuelta en el momento en que los gritos llegaban hasta el vano de la puerta. Barajó la posibilidad de buscar algún objeto con el que contraatacar, pero enseguida se convenció de que sería inútil.
Había que jugarse el todo por el todo.
Se adelantó unos pasos, quedando muy cerca de la entrada, como esperando la llegada de sus perseguidores.
Pero en su semblante no había huellas de amenaza ni de defensa.
—¡Ajá! —atronó la voz del enemigo tras asomar el rostro y mantenerse quieto, observándole entre jadeos. A éste no le había visto jamás—. O sea que el jodido niñato está tratando de largarse, así, sin más…
—Tiene agallas el chaval, de eso no hay duda —dijo el segundo mientras se adentraba con una desapacible sonrisa en su rostro cetrino.
Ninguno había desenvainado la espada, pero sus tremendos portes y, sobre todo, el hecho de que los pasos apresurados de quienes había eludido en la celda llegaban al fin también a la estancia, le dejaban claro a Thierd que sus opciones eran nulas.
Aprovechó la carrerilla que había cogido y empezó a trotar en dirección a la ventana.
—Pero, ¿qué hace? —oyó decir a sus espaldas—. ¡Está loco!
Pero esta última frase sólo pudo percibirla como un susurro, pues su cuerpo ya surcaba los vientos como ave que sobrevuela el espacio en busca de alimento.

El impacto contra las aguas mansas del río Cálido casi le deja sin aliento. De manera milagrosa había conseguido mantenerse vertical durante el descenso y el dolor únicamente le había atacado en la cara externa de los muslos.
Pero fue el dolor más brutal que jamás había sentido.
Sabiendo que las lágrimas quedarían disimuladas bajo la corriente, consiguió asomar la cabeza al exterior cuando ya creía que no aguantaría más sin respirar. En su entendimiento residual le pareció escuchar voces desde lo alto, imprecándole.
Pero, a no ser que decidieran tirarse detrás de él —cosa bastante poco probable dado el escaso rango de la abertura por la que había salido—, ya no habría más dificultad que la de nadar con cierta ligereza hasta la salida de la aldea, donde la vegetación que rodeaba las orillas le permitiría salir con seguridad y, desde allí, correr hasta Grabbien por los intrincados y poco transitados senderos que tantas veces había recorrido con sus amigos mientras solían jugar a Bandidos y Caballeros.
Cuál no fue su sorpresa cuando, al abandonar las templadas aguas y adentrarse entre la espesura, se encontró de lleno con un nuevo rostro más que conocido para él. Se trataba de otro de tantos guardianes que le había dispensado la comida durante su cautiverio y al que aún no había visto desde que la huida había comenzado. Estaba sentado sobre un tocón de pino y afilaba con navaja y gesto ausente una estaca larga y delgada; casi parecía una lanza.
—Qué interesante esto de descubrir que hasta un muchacho puede estar a punto de escapar de nuestras mazmorras… —comentó sin dirigir la mirada a Thierd.
El chico, tras unos segundos de indecisión, dio la vuelta y retornó al río a toda velocidad.
Pero un repentino pinchazo en la pantorrilla cuyo dolor superó con creces al que había percibido momentos antes, le hizo caer de bruces dando un grito desgarrador.
Y esta vez ni su orgullo ni sus fuerzas fueron capaces de hacerle reprimir las lágrimas cuando comprobó que la pica que el enemigo tenía hacía un instante entre sus manos, se anclaba ahora, enhiesta, en mitad de los gemelos de su pierna derecha.

Cuando recobró la consciencia estaba al borde del camino, en una de las primeras curvas que éste trazaba a la salida de Sálgadorm. Su pierna sangraba de manera copiosa, aunque lo que sentía proveniente de ella ya no era nada semejante al dolor; era algo así como una ausencia, una quemazón…
El guardia que le había herido volvía a cargar con la pica entre sus manos mientras pateaba con brutalidad la espalda de Thierd.
—¡Vamos, pequeño bastardo! —imprecaba— ¡Muévete!, ¿no pensarás que voy a llevarte a cuestas hasta el pueblo, verdad?
Thierd no estaba seguro ahora de si todo lo ocurrido no formaría parte de alguna siniestra pesadilla.
Su padre… su padre debía estar a punto de llegar, ese era el momento. Aparecería por el camino y cercenaría la cabeza de ese hijo de perra. Le vendaría la pierna con las mangas de su camisa y volverían a casa, los dos fundidos en un abrazo.
Pero la figura que apareció por el camino no fue precisamente la de Sart Duiban.
—Bravo, Cosfail, le has prendido.
—Así es, mi señor. Me hallaba en el patio cuando vi a la pequeña escoria saltar ventana abajo y caer al Cálido. Enseguida supe qué es lo que pretendía y no me equivoqué.
—Muy bien, fiel amigo. —La voz de Broigan volvía a ser aquella que Thierd oyese minutos antes; condensaba en su timbre un influjo de paz muy difícil de esquivar. Y esto a pesar de que su rostro aparecía con un tinte macabro provocado por el ingente chorro de sangre que brotaba de su frente—. Has hecho un gran trabajo.
—Permítame decir, mi señor, que Drakar no habría quedado nada feliz al saber de la huida del chico —intervino el tal Cosfail, mirando ahora con absoluto desprecio el constreñido rostro de Thierd.
—Estás en lo cierto, amigo —añadió el de negro apretando ligeramente los labios en un gesto de inquietud—. Nada bueno habría salido de ello, no cabe duda.
—Aunque, pensándolo bien, si su padre ha muerto, ¿de qué nos sirve ya?
Thierd cerró los ojos para hundirse en la oscuridad. Algo en su interior luchaba por salir afuera y hacerle comprender que lo que aquel maldito estaba diciendo no era más que la verdad; la más cruel de las verdades.
Sólo antes de volver a sumergirse en la inconsciencia pudo percibir la voz de Broigan declarar:
—Fíjate en mi cabeza, Cosfail. ¿De verdad piensas que un niño que ha sido capaz de hacerme esto a mí, no va a resultar de utilidad para Bhralar? Carga con él y en cuanto llegues cúrale la pierna; mañana partiremos hacia Moimbra.

domingo, 10 de enero de 2010

CAPÍTULO QUINTO

Leddiar sabía que la hora de acostarse había llegado ya, pero trataba de retrasarla lo más posible escondida debajo de la mesa de la cocina.
Su abuelo le había prometido una historia terrorífica aquella noche.
Le encantaban las historias de cualquier tipo, sobre todo si se las contaban una vez en la cama, arropada hasta la barbilla y la mirada brillante fija en su interlocutor. Tanto su padre como su madre solían también narrarle cuentos antes de dormir, pero los más especiales, los que de verdad le hacían soñar, eran los que su abuelo Undier, el padre de su madre, le contaba un día a la semana.
—Abuelo, abuelito —le había preguntado la niña aquella tarde—. ¿Qué historia me contarás esta noche?
Undier puso una mano debajo del codo y con la otra se rascó la barba bajo su mentón, meditabundo.
—Ummm… ¿cuántos años dices que tienes ya, Leddi? —preguntó, mirándola de soslayo.
—Ocho, abuelito. —La niña apenas podía contener su emoción y daba saltitos de alegría mientras decía estas palabras—. Anteayer hice ocho años, ¿no lo recuerdas?
—Bien... Entonces yo creo que ha llegado el momento de que te cuente una historia para niños mayores, ¿no te parece?
Leddi quedó ligeramente confundida.
—¿Para niños mayores? ¿Cómo cuánto de mayores?
—Para niños de ocho años.
—Y las historias para niños de ocho años, ¿son muy distintas de las otras?
El abuelo lanzó una carcajada limpia y profunda, como las que sólo él era capaz de emitir.
—Las historias para niños de ocho años, a veces, cuentan cosas que no son tan… bonitas como las que aparecen en las otras.
—Quieres decir, ¿cosas que pueden dar miedo?
—En efecto, cosas que pueden dar miedo.
Aunque Leddiar estaba deseando conocer aquella historia, el temor la atenazaba de tal manera que le impedía salir de su escondrijo. No estaba segura si sus ocho años la harían capaz de aguantar el llanto ante lo que fuera que su abuelo se disponía a contarla.
—Estoy aquí, abuelito —dijo la niña a la enésima llamada de Undier. Al mirar su rostro preocupado desde debajo de la mesa, decidió que era hora de enfrentarse a la realidad—. ¿De verdad crees que estoy preparada para la historia que tienes planeada?
Undier sonrió, levantó a Leddiar y le propinó un sentido beso en la mejilla.
—Lo estás. Confía en mí.

Al poco tiempo de dar por bueno el conjunto de la creación, Deabo, el Dios de la Claridad se sentó a descansar en su trono de plata. Se sentía extenuado ante el esfuerzo que acababa de realizar, pero a la misma vez muy satisfecho. Había imprimido en cada una de las cosas y seres a los que había dado vida un hálito de calor y bondad que le hicieron pensar que a partir de entonces nada que no fuera felicidad eterna podría presidir el universo.
Pero no tardó mucho en descubrir que se equivocaba.
Maecor, el Dios de las Sombras, pronto se presentó en el hogar de Deabo, y comenzó a ponerle objeciones.
«No puedes crear un mundo en el que no otorgues libertad a sus seres racionales. Si no les das la posibilidad de elegir sus destinos, la felicidad de la que tanto te enorgulleces no será más que una falacia».
«Y ¿qué es lo que propones tú al respecto?», preguntó Deabo con mirada desconfiada.
«Tienes que dejar que yo aporte mi granito de arena».
Después de mucho meditar, el Dios de la Claridad decidió que Maecor tenía razón. Si quería que la creación alcanzara la felicidad plena, era imprescindible que los caminos del mal convivieran con los del bien, para así dar la posibilidad de elección a los seres que tuvieran capacidad para hacerlo.
Así fue como permitió que el Dios de las Sombras participara de la creación de Fadwa.
En apariencia no fueron muchas las cosas que cambiaron. En realidad la intervención de Maecor se limitó a estampar en todo lo creado un matiz de antagonismo. Todo aquello que, en origen, tenía su sentido y sustento en el bien y la paz, adquirió en su sustancia un reverso que, en según qué condiciones, sería capaz de provocar daño y dolor a su alrededor.


—Abuelo… —intervino Leddiar con rostro compungido—. No sé si estoy entendiendo bien este cuento. Todavía no me ha dado miedo.
—No necesariamente tiene que darte miedo; quizá porque sabía que no lo haría es por lo que decidí contártelo. De cualquier modo, trataré de ponértelo más fácil para que lo entiendas.

Imagínate un árbol grande, frondoso y de extraordinaria belleza. Nadie diría que puede contener en sí mismo nada con lo que generar mal alguno sobre los demás seres. Sin embargo, piensa en ese árbol después de muchos años de vida, cuando sus raíces ya no tienen el vigor suficiente como para sostener su tremendo porte. El árbol termina por caer. Piensa por un minuto que yo, por ejemplo, anduviera en sus cercanías en el momento del desplome. Imagina que el árbol se derrumba sobre mi cabeza. Sin lugar a dudas, habrías perdido para siempre a tu abuelito el cascarrabias.

Ahora Leddiar sí dejó asomar un destello acuoso alrededor de sus ojos.

Todas las cosas pueden contener en su interior la posibilidad de causar daño a las demás, de provocar sufrimiento. Esa y no otra fue la obra de Maecor.

—Pero… —La niña se aferraba al cuerpo de su abuelo con afán de encontrar protección— hay cosas que no, que nunca harían ningún mal. Por ejemplo, el Brigo. Mamá siempre dice que gracias a los dones que el Monte Brigo nos regala, este pueblo puede tirar para delante. ¿Qué dolor podría causarnos una montaña tan maravillosa?
Undier pareció dudar unos segundos.

Bueno, hay quien dice que algunas montañas pueden convertirse en auténticos crisoles del infierno. Alguna leyenda afirma que hay montes que son capaces de escupir fuego y piedras por su boca y que son capaces de destruir pueblos enteros sin dejar rastro de vida a sus espaldas.

—Pero eso no es cierto abuelito, ¿verdad? —Leddiar miraba a los ojos de Undier con expresión anhelante—. ¿Verdad que el Brigo nunca escupirá fuego?

—Claro que no, cariño —El abuelo abrazó a su nieta con profundo amor—. Estoy seguro de que no. Lo que sí que parece ser cierto es que los hombres somos aún tan jóvenes que no tenemos los recursos para descubrir qué montaña es un volcán y cuál no lo es.
—Pero, nunca se ha visto ninguno, ¿no es así? Tú mismo has dicho que todo forma parte de una leyenda.
Undier sonrió ahora con ternura.
—Eres una de las niñas más inteligentes que he conocido nunca. Estás en lo cierto; los volcanes sólo forman parte de los cuentos y las leyendas.

Leddiar despertó tosiendo con fuerza. No sabía cuántas horas habían transcurrido desde la erupción, pues las había pasado durmiendo y soñando con el pasado; pero lo cierto era que un ligero rastro de cenizas revoloteaba ya sobre su cabeza y le impedía respirar con normalidad.
Pronto recobró conciencia plena de lo ocurrido. Grabbien, con Sart en su interior, debía de haber sido sepultada bajo la lava, las rocas de fuego y las cenizas. Era más que probable que nadie hubiera sobrevivido.
Refugiándose de nuevo en el llanto, no tardó en encontrar un leve aunque firme consuelo: al menos Thierd, su hijo del alma, estaría sano y salvo.
Sólo en el caso de que aún no lo hubieran matado.
Un escalofrío recorrió su espina dorsal cuando recordó las palabras de Shardry vaticinando el final de Grabbien. Pero al mismo tiempo una indefinible sensación se introdujo en su alma cuando rememoró que la niña había afirmado que Thierd se encontraba con vida. El torbellino que era su mente no hizo sino desbocarse cuando cayó en la cuenta de que también la pequeña, con toda seguridad, habría fallecido junto a los demás, a pesar de saber lo que iba a acontecer. La cría le había pedido que la llevase consigo, pero, ¿quién iba a pensar que…? Leddiar se creía morir de dolor, allí mismo.
En todo caso, enseguida llegó a una conclusión que no hizo sino ensombrecer, si cabía, aún más su corazón.
Debía regresar a Grabbien y asegurarse de que no podía hacer nada por Sart.

Dejó transcurrir dos jornadas hasta que la nube negra acabó por difuminar ligeramente su oscura influencia. La luz del sol seguía sin poder atravesar el manto de cenizas, pero preveía que lo peor ya había pasado y que, al menos en las cercanías del pueblo, había alguna posibilidad de respirar. Montó a la yegua al alba y comenzó su retorno.
«Thierd, amor mío, no me olvido de ti. Sólo quiero estar segura de que tu padre ha muerto y, en tal caso, darle una digna sepultura. Después de eso, volveré a salir en tu busca».
Avanzó muy despacio, dando más tiempo al cielo a aclararse. Llegó a las inmediaciones de la aldea a la caída del sol. Confirmó que era posible respirar pese a la permanente y densa cortina de cenizas que todo lo rodeaba.
Lo primero que vio no hizo sino ratificar sus más terribles sospechas. Las viviendas exteriores aparecían casi sepultadas bajo una envoltura tan negra como el pesar que a ella la asolaba. Los tejados, derruidos y humeantes. Apenas quedaba algo en pie.
Desmontó la yegua, la ató y se fue adentrando entre las calles. El silencio era insoportable. Ni un hálito de vida parecía brotar de aquel infierno. Las paredes de las casas estaban agrietadas cuando no desmoronadas. El suelo donde pisaba era una mezcla de piedras y lava solidificada, aún humeante. La suela de sus alpargatas comenzaba a transmitir un calor que amenazaba con freírle los pies. Su cuerpo sudaba de manera ostensible, pero el salado fluido apenas tardaba unos segundos en evaporarse.
Al poco descubrió el primer cadáver. Casi no pudo reconocerle, pues estaba medio sepultado entre los restos del desastre. Era Jirgend, la mujer de Beals, el alfarero. Sus rasgos mostraban el gesto de la desesperación previa al final. Leddiar no sabía si podría soportar tanto dolor.
Comenzó a caminar más deprisa, a pesar de la dificultad que eso suponía dado lo abrupto del nuevo suelo. No quiso pararse a observar a los fallecidos que fue encontrándose a su paso. Las lágrimas corrían por su rostro pero desaparecían antes de llegar al cuello. La respiración era más difícil, agudizada la tos por la agitación que la embargaba.
Llegó al foro. El espectáculo allí era espeluznante. Era como si el mundo se hubiera resquebrajado para expulsar de su interior la inmundicia que lo habitaba. Los muertos allí se contaban por docenas, a todos los reconocía aun sin quererlo. Una sacudida de terror la invadió al contemplar una escena inexplicable. En la roca que se levantaba en uno de los laterales de la plaza, dos figuras humanas se erguían, negras e inmóviles. Parecían dos estatuas que, siniestras, quisieran conmemorar con su presencia lo horrible de lo allí acontecido. No pudo evitar acercarse, solo para comprobar lo que ya se temía. Aquella piedra era la que tanto utilizaban Humb y Estiand para hacer su descanso matinal. Y aquellas figuras no eran otros que ellos mismos.
La congoja de Leddiar sufrió una nueva conmoción cuando pudo comprobar que los rostros de los dos ancianos, envueltos entre los restos de polvo y ceniza, manifestaban una expresión que denotaba, de algún modo, una inaudita paz interior.

Era el momento de encontrar a Sart. Por aquel entonces ya no albergaba la más mínima esperanza, pero tenía que dar con él. Estaba segura de que debía hallarse en el interior de la sala de Reuniones, así que hacia allí dirigió sus pasos. Enseguida comprobó que no le iba a ser posible entrar por la puerta, pues el paso se hallaba cerrado por uno de los cúmulos de rocas, algunas de ellas todavía calientes. Decidió encaramarse a un lateral y acceder desde el techo, derrumbado por completo. Con gran agilidad ascendió, buscando apoyos para sus manos que no le quemasen la piel. Al poco pudo ver el interior de la estancia. El corazón le dio un vuelco al descubrir que allí dentro no había rastro alguno de personas, con vida o sin ella.
«¿Y si…?».
No, no podía ser. Habría tenido tiempo de salir, pero ¿adónde iba a esconderse? Era imposible haber salvado la vida.
A pesar de que su pensamiento la obligaba a descender a la cruda realidad, en su alma se abrió una grieta de esperanza que no pudo ni quiso desterrar. Bajó como pudo de aquel lugar y se dirigió a la carrera hacia su casa.
«Que no esté allí, por favor, que no esté allí…».
Esta vez los muros y la puerta se habían quebrado de tal manera que habían dejado abierto un pequeño vano por mero azar. Conteniendo la respiración, Leddiar Duiban lo atravesó. En aquel momento aún no sabía que el más aciago de los destinos la esperaba en su interior.
Una vez leída con dificultad la chamuscada nota de Sart, la mujer se dejó caer, y la desesperada canción en la que se convirtió su llanto consiguió inundar definitivamente Grabbien bajo los mares del dolor y el desconsuelo.

Tenía la garganta seca por el calor y la amargura. Era el momento de salir de allí. A Sart era imposible movilizarle; en realidad su cuerpo había quedado sepultado entre las rocas. Leddiar, después de besarla en gesto de despedida, sólo tuvo que ocultar la mano al descubierto para sentir que no habría mejor sepulcro para él que las paredes de su propia casa. Respirando profundamente y tratando de recobrar la calma, salió de nuevo afuera.
La sorpresa encontrada casi acaba con ella. Allí estaba, era imposible, pero Shardry se hallaba allí, en las rocas de enfrente, sentada y llorando como la niña que era, aunque a veces no lo pareciese.
—Tengo hambre y sed —la oyó susurrar. Leddiar pensó que estaba soñando.
De un salto se abalanzó hacia ella y la apretó entre sus brazos.
—¡Shardry! ¡Shardry, cariño, estás viva!
La niña ciega levantó sus ojos blancos y acuosos.
—¡Se lo advertí...! ¡Se lo dije a todos, a mis padres los primeros! Pero nadie quiso hacerme caso…
—Llevabas razón, pequeña, no sé de qué manera ni porqué, pero estabas en lo cierto.
Las dos se fundieron en un abrazo desesperado.
—Pero, dime… —intervino Leddiar al cabo de un rato—. ¿Cómo has podido…? ¿De qué manera te has salvado?
—Me oculté en las cuevas de los Whirdfosh. Le dije a Sart que viniera conmigo, pero tampoco me creyó.
—¿A Sart? ¿Cuándo le viste? ¿Antes de la erupción…?
Leddiar tenía la imperiosa necesidad de saber cómo había sido el transcurso de los acontecimientos.
—Leddiar… ¿me llevarás ahora contigo?
—Claro, cariño; pero antes cuéntame cómo…
—Vámonos, Leddi —La niña pareció recobrar la calma de milagrosa manera—. Llevo dos días sin comer ni beber y estoy hambrienta y débil. Sácame de aquí y por el camino te contaré todo lo que sé. Agua, Leddi…
—Sí, agua, claro —reaccionó la mujer, repleta ahora de sosiego y decisión. Cogió a la niña de una mano y comenzó el regreso al punto de partida—. ¿En qué estaría pensando? En mi fardo tengo agua y comida. Salgamos y regalémosle a nuestra vida un nuevo sentido, ¿no te parece?
La niña se limitó a enjugarse unas lágrimas inexistentes y a esbozar una sonrisa tan triste como esperanzadora.
—Encontraremos a Thierd, te lo aseguró —murmuró.

viernes, 4 de diciembre de 2009

CAPITULO CUARTO

Esta vez la sacudida de la tierra sí atrajo la atención de Leddiar.
Entre otras cosas porque su yegua comenzó a piafar con fuerza y su galope se convirtió en una carrera desbocada.
Tiró de las riendas y después de mucho esfuerzo consiguió detener al animal, que no dejaba de sacudir el cuello hacia los lados. El suelo vibraba como si de un momento a otro fuera a abrirse y tragarse cuanto lo pisaba.
«¿Qué está pasando? —se preguntó la fugitiva sin apartar los ojos de la tierra—. Nunca había visto algo como esto».
Acarició con ternura las crines de la yegua para tranquilizarla y, de repente, el temblor finalizó.
Cuando se disponía a reemprender la marcha, su mirada se encontró por azar con una extraña visión en la lejanía. De la cumbre del Brigo brotaba una columna de humo que juzgó enorme, dado que podía contemplarla desde tanta distancia.
No entendía nada de todo aquello.
Pero el recuerdo de la premonición hecha por Shardry a la salida de Grabbien la hizo dar un respingo de terror.

Un ligero olor a azufre se extendía por el aire, pero Sart no se hizo consciente de él. Se sentó en una roca cercana y se llevó las manos a la cabeza.
A veces pensaba que todo lo que estaba ocurriendo era una simple pesadilla.
En realidad, deseaba que lo fuera.
Sin embargo aquella nota era real, la tenía en ese momento entre sus dedos y la amenaza que contenían sus líneas era algo más que patente.
Como patente era que Thierd, su hijo querido, había desaparecido hacía ya tres meses.
El corazón le latía de manera disparada. Jamás había pensado que tendría que enfrentarse a una situación como aquélla. Su hijo, secuestrado, y él sometido a chantaje para poder volver a verle en libertad.
«¿Qué es lo que está pasando aquí? Estas historias tan oscuras no se habían dado nunca antes en Freigia. ¿Qué le está ocurriendo a esta tierra?», se preguntaba mientras pensaba en las tres sacudidas de las últimas horas.
¿Qué haría? ¿Entraría en la Sala y comenzaría a dar por buenos los planteamientos de Shielf, o se mantendría firme a sus principios, como siempre había enseñado hacer a Thierd?
Una lágrima rodó por su mejilla. Pocas veces había llorado a lo largo de su vida, pero aquella situación era la más desesperada a la que se había enfrentado en todos sus años.
Cuando se disponía a levantarse después de emitir un profundo suspiro, descubrió frente a sí a Shardry Hesmand, la niña ciega a la que Leddiar tanto quería. No la había oído llegar.
—¿Por qué lloras? —preguntó la pequeña.
—¿Cómo sabes que estoy llorando? —preguntó Sart con una sonrisa triste—. Se supone que eres ciega…
—¿También tú echas de menos a Thierd?
—Claro, pequeña —respondió el hombre. Tenía la mirada tan perdida como la de la propia niña—. ¿Tú también? ¿Es que eráis amigos?
—Era muy simpático conmigo —dijo Shardry palpando el suelo para sentarse—. Pero no te preocupes, él está bien.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Sart, indiferente—. ¿Acaso son ciertos los rumores que dicen que eres una pequeña adivina?
—Me lo dijo el señor grande ese que hace un rato andaba por aquí.
Sart se levantó como una exhalación y agarró a la niña por los hombros.
—¿Has hablado con él? —la interrogó, presa de la agitación—. ¿Qué más te ha dicho? ¡Dime!
—Bueno, yo le dije lo que también ahora te digo a ti, que debes marcharte cuanto antes del pueblo, porque algo muy malo va a pasar…
—Pero ¿y Thierd? ¿Qué te dijo de Thierd?
—Él me pregunto si yo le conocía a él… y a Leddiar.
—¡Continúa, por favor!
—Me dio un recado para ella.
—¿Para Leddiar? —La niña asintió con la cabeza repetidamente—. Y qué recado era ese, dime, cariño.
—Bueno, ya no voy a poder dárselo, porque se ha…
—¡Dime ahora qué fue lo que te dijo ese hombre! —Sart estaba a punto de ahogarse en la desesperación.
—Ese papel que tienes ahí… —Shardry quiso señalar con un dedo la nota que el hombre acababa de leer—. El señor me dijo que le contara a Leddiar que tú lo habías recibido.
Sart, arrugando con fuerza el entrecejo, trataba de entender todo aquel macabro embrollo.
—Ya veo —dijo, como para sí—. Por si acaso yo trato de ocultárselo… Pero, ¿qué razón le habrá llevado a no decírselo a ella directamente?
—Antes no me has dejado explicártelo —incidió la niña—. Leddiar se ha marchado. Yo la he visto.
—¿Cómo que Leddiar se ha marchado? —comentó Sart, cada vez más confuso. No se hacía consciente de que aquella conversación la estaba manteniendo con una cría de cinco años—. Se supone que todos deben aguardar en sus hogares…
—Ha ido en busca de Thierd —interrumpió Shardry. El hombre volvió a mirarla con ojos muy abiertos.
—¡¿Te lo dijo ella?! ¡¿Te dijo que iba a buscar a Thierd?!
—Claro, pero yo sabía que Thierd está bien y hablé con ella antes que con el forastero. Supongo que me habría hecho más caso si…
—Pero, entonces… —Sart no sabía si se estaba volviendo loco. Aquella situación resultaba disparatada por completo. No era posible que su mujer hubiera salido sola a buscar al chico. Debía de haber algún error. Y el Consejo esperándole para poder continuar… —, ¿el hombre encapuchado te habló de Thierd?
—Algo me hizo pensar que él sabía cosas, y le pregunté.
—Oh, cielos —ahora Sart dedicó un breve instante a pensar en las singulares capacidades de esa niña—, ¿cómo es posible que siendo ciega y con sólo cinco años…?
—Me dijo que si tú hacías lo que tenías que hacer, pronto Thierd volvería a corretear por las calles de Grabbien.
Sart volvió a sentir sus ojos empañados.
—Pero cuando él vuelva, estas calles ya no estarán aquí —añadió la chiquilla con tristeza.
El hombre no pudo dejar de sentir un pinchazo de ternura y abrazó a Shardry.
—Tranquila, pequeña. Nada malo va a ocurrir —y después de unos segundos de silencio, continuó; acababa de tomar su decisión—. Podrás volver a jugar con Thierd, dentro de poco.
Shardry separó la cabeza del cuello de Sart e intentó enfocar su nívea mirada sobre el rostro de aquél.
—Si quieres, puedes venir conmigo. Voy a ocultarme en la cueva de los Whirdfosh. Se lo dije también a mis papás, pero no han querido creerme.
—Ve hacia allá —Sart se enjugó el rostro y la nariz con la manga de la camisa. No podía haber nada más importante que recuperar a su hijo con vida, ya lo había comprendido—. En cuanto acabe la reunión, iré a hacerte una visita.
Shardry quiso sujetar a Sart mientras se levantaba.
—No hay tiempo, Sart… —dijo, con expresión asustada—. Va a ocurrir, ya.
Y mientras el hombre se alejaba de la pequeña dedicándole un adiós lo más cariñoso que supo, se preguntó qué era lo que hacía que aquella niña tuviera esa imaginación tan prodigiosa… e inquietante.
Se paró frente a la puerta de la Sala de Reuniones, se restregó la cara con las manos y se dispuso a entrar. El olor a azufre era cada vez más poderoso. Antes de abrir, volvió a mirar a lo alto del Brigo y la columna de humo le pareció ahora demasiado grande y espesa para formar parte de una simple hoguera.
En ese mismo momento se produjo un nuevo temblor. Esta vez fue tan fuerte que Sart contempló con congoja cómo se abrían algunas grietas en las paredes del edificio. Al tiempo, sin que tuviera tiempo de advertirlo, una de las enormes tejas se desprendía de la cornisa y caía sobre su cabeza, dejándolo inconsciente.

Las millas se consumían como la tierra reseca se traga el agua de la lluvia. Llegaría a las colinas antes de lo esperado.
—Buena chica —le dijo a la yegua, exultante.
Lo cierto era que el maldito Consejo que tantos disgustos le había acarreado con su marido, se establecía ahora como su mayor aliado. El que la gente permaneciera recluida hasta la finalización de la votación la estaba concediendo un tiempo precioso. No podía negar que el momento para escapar había sido el más propicio.
Pero una cuarta convulsión más fuerte que las anteriores y las angustiosas palabras de Shardry en el momento de abandonar el pueblo eran cosas que no conseguía arrancarse de la mente.
«Vamos, Leddi —se decía—, utiliza un poco la cabeza. ¿Cómo una niña de cinco años va a poder adivinar el futuro?».
Quería negarse a creerlo. Mucho más cuando las premoniciones eran tan catastrofistas.
Pero una inmensa inquietud se apoderaba de ella cada vez que miraba hacia atrás y descubría aquellas trazas de humo brotando de la cima del Brigo.
La explosión la cogió sumergida en dichos pensamientos. La yegua se paró en seco, y empezó a alzar sus cuartos delanteros de manera descontrolada; por momentos el animal parecía enloquecido y Leddiar no tardó en desplomarse en el suelo. Por suerte no se hizo daño, o acaso fue lo insólito del instante lo que le hizo no percibir dolor alguno.
Ya no era humo lo que brotaba de la cima del Monte. Una fuente escarlata, como la de un potente surtidor, salía escupida de la boca de la montaña. Leddiar apenas pudo incorporarse debido a las tremendas sacudidas que del suelo provenían.
Entonces, contemplando la descomunal nube negra que comenzaba a moldearse coronando la erupción, comprendió lo que ocurría.
«Un volcán; la montaña que vomita fuego de la que tanto hablaban las leyendas que mi abuelo me contaba. El Monte Brigo… es un volcán».
Se arrodilló y se echó a llorar como una niña.
«Oh, Sart, estáis perdidos, todos en Grabbien estáis perdidos; y yo no puedo hacer nada por ayudaros».

Humb hacía rato que no atendía al tedioso discurso de Shielf acerca de la necesidad de profundos cambios para Freigia. Había hablado de cosas como ampliar la cesión de responsabilidades a personas individuales con afán de poder dar continuidad a los proyectos que hubiera que poner en marcha o de la creación de representantes que empezaran a reunirse en Moimbra para tratar temas de aparente interés general.
En un momento dado, se había atrevido a nombrar también la posibilidad de establecer un título del que, hasta ese momento, Humb jamás había oído hablar; pero su mera mención le provocó una profunda sensación de nausea.
Alguien para gobernar él sólo todo un país: alguien llamado Rey.
Cuando las preguntas y las protestas comenzaron a atronar en la Sala, fue cuando el antiguo herrero se abstrajo por completo. Con sólo mirar a Estiand comprendió que su gran amigo tenía las mismas sensaciones.
Pero había algo más que no sabía definir y que había aparecido en su entendimiento de manera inesperada tras el último temblor de tierra. No era miedo; hacía muchos años que no conocía esa emoción. Era algo así como una especie de hormigueo interior que le decía que un acontecimiento de trágica relevancia estaba a punto de ocurrir.
—¿Sabes, Estiand? —comenzó a decir a su amigo mientras el caos cundía entre los reunidos—. No me está gustando demasiado esto de las vibraciones, ni tampoco el humo que brota del Brigo.
Estiand miró a Humb con unos ojos llenos de algo similar a la resignación.
—No, querido amigo, a mí tampoco me dicen nada bueno —señaló—. Es probable que nos estemos acercando al fin.
Cuando Estiand pronunció estas palabras, casi con apatía, fue cuando Humb comprendió que lo que estaba surcando su alma era algo más que una simple corazonada maligna.
—El Brigo… el Brigo va a reventar, ¿no es así? —preguntó con los ojos casi vidriosos. Su amigo le miró ahora y le agarró por el hombro en gesto de consuelo.
—No sufras, amigo; al menos nosotros ya hemos vivido bastante.
Entonces fue cuando la tierra volvió a estremecerse.
Fue la sacudida más poderosa hasta el momento. Unas amplias grietas comenzaron a abrirse en las paredes. La sala se inundó de polvo, procedente del techo. Del exterior llegaron sonidos procedentes del desplome de algunas tejas.
Estiand y Humb fueron los únicos en no levantarse de sus lugares cuando se descubrió el cuerpo insconsciente de Sart en la puerta, con una fuerte brecha en la cabeza.
—¿No crees que haya ni una sola posibilidad de escape, verdad?
Fue Humb quien volvió a hablar, sus brazos cruzados sobre el pecho, la mirada perdida.
—Puedes probar a despedirte de tus hijos, pero no creo que tomen en mucha consideración tus palabras… —comentó Estiand, tragando saliva.

La brutal detonación fue lo único que consiguió sacar a Sart de su letargo. Lo primero que notó fue un tremendo pitido en los oídos. Más tarde, confuso todavía, contempló cómo un gran número de personas que le habían rodeado hasta ese momento, se desperdigaban por las calles del pueblo gritando de manera desesperada.
Y entonces, lo vio. Una titánica llamarada de fuego y piedra incandescente emanaba de lo más alto de la cima del Brigo. Durante unos segundos estuvo tentado de pensar si no se trataría de una visión provocada por el golpe, pero enseguida lo desecho.
La certeza de una muerte segura se introdujo en su espíritu como un torrente de paz.
«Leddi… Oh, cielos, que al menos pueda despedirme de ella».
Se incorporó dando tumbos mientras la primera lluvia de lava comenzaba a diseminarse sobre Grabbien. Un enorme pegote se desplomó muy cerca de él. El calor empezaba a ser insoportable, al tiempo que la nube de ceniza impedía ya el paso de la luz del sol. Las faldas del Monte se teñían de la corriente escarlata que bajaba desde la cumbre.
Llegó a la casa tosiendo desesperadamente. Para entonces ya apenas podía respirar debido a los vapores tóxicos. Abrió la puerta de una patada y se adentró llamando a su mujer a gritos.
Una vez leída la nota, la calma acabó de invadirle por completo.
«Gracias a los Dioses, si los hubiera. Espero que se encuentre lo bastante lejos lejos como estar a salvo».
Y mientras un nuevo mareo apartaba su conciencia de lo crudo de la realidad, una última reflexión tuvo tiempo de aflorar en su cabeza.
«Sé que encontraras a Thierd, amor mío. Hace un rato estuve a punto de traicionaros a los dos. Pero el Brigo se ha encargado de impedirlo. Os esperaré allí donde los hados tengan a bien transportarme ahora. Hasta siempre. Os amo».
Y en medio del desplome del techado de su hogar bajo el impacto de una roca gigante y candente, Sart Duiban cerró los ojos para jamás volver a abrirlos.

jueves, 12 de noviembre de 2009

CAPÍTULO TERCERO

—¿Qué ha sido eso? —preguntó Beals, el alfarero, cuando ya todos se disponían a entrar en la Sala de Reuniones. El suelo parecía haber sufrido una ligera e insólita vibración.
—¿A qué te refieres exactamente? —preguntó Sabben, con su barba pelirroja y sus cejas prominentes.
—¿Eres capaz de decir que no lo has notado? —intervino Joghier, uno de los más jóvenes del pueblo. Con veintiuna primaveras ya tenía permiso para dar su voto en la asamblea, aunque no lo tuviera aún para presentarse al cargo—. El suelo acaba de temblar.
—Vamos, vamos, dejaos de conversaciones, que se hace tarde y tenemos que dejar el tema resuelto antes de la caída del sol.
Era Shielf quien así había hablado. Los resueltos ademanes de su cuerpo nervudo decían que ya podía el cielo caer sobre su cabeza, que aquella reunión no sería aplazada.
—No es nada importante, no debemos preocuparnos —trató de tranquilizar Sart, quien no había podido dejar en casa su sombría expresión—. Esta noche ha habido otra sacudida igual que ésta y nada malo ha ocurrido.
—Es la tierra, que también tiene derecho a que le suenen las tripas —señaló Dodars, siempre tan bromista. Una carcajada general se elevó mientras se introducían en la Sala.
Como cada vez, los últimos en entrar fueron Humb y Estiand, con su lento deambular. El antiguo herrero cogió del hombro a su amigo cuando ya se disponía a cruzar el umbral.
—Mira allá —le dijo, señalando a lo más alto del Monte Brigo. Desde allí podían divisarse grandes volutas de humo ascendiendo hacia el cielo azulado.
—¿Quién crees que se habrá dedicado a subir a la cumbre para prender una hoguera desde allí? —preguntó Estiand sin apartar los ojos de lo alto.
Humb miró a su compañero de fatigas con un gesto de incredulidad que sólo éste habría sabido descifrar. Comprendiendo que aquello no era un buen augurio, ambos se introdujeron en la cámara, donde todos los demás les esperaban, impacientes.

Lo primero que Leddiar percibió al salir a la calle fue un extraño temblor bajo sus pies. Agitada como estaba, no quiso destinar más tiempo del necesario a pensar en dicho suceso.
«Pareciera que las entrañas de la tierra se conmovieran con mi partida», se dijo, sarcástica.
Pero lo que sí llamó su atención con mucha mayor fuerza fue el segundo de los acontecimientos.
Shardry Hesmand, la niña que tanta ternura siempre le inspiraba, se apoyaba en la pared de enfrente, como esperando a alguien. Hasta que no comenzó a hablar no se percató de que era a ella a quien aguardaba.
—Leddiar… —dijo la cría con su voz cándida—. Leddiar, haces bien en huir de Grabbien.
—¿Por qué dices eso, pequeña?
Leddiar se acercó hasta el rostro de la niña y acarició sus tiernos carrillos. El blanco de aquellos ojos, ciegos de nacimiento, siempre había estremecido su alma. También las habladurías que corrían por el pueblo y que tachaban a la niña de ser fruto de una extraña brujería llevada a cabo por sus padres, quiénes no habían sido capaces de procrear durante los años anteriores al nacimiento de Shardry.
«Supercherías —siempre había pensado Leddiar—; con la poca tendencia que todos tienen a creer en la magia, no entiendo por qué dan tanto crédito a la brujería…».
—Escapa, cuanto antes… escapa de aquí —insistió la pequeña.
—No escapo de nada —mintió la mujer y al hacerlo supo que la verdadera razón de su partida era la de huir de una vida en la que la ausencia de Thierd le impediría alcanzar cualquier atisbo de felicidad—. ¿Qué es lo que ocurre, Shardry?
La desbocada mirada de la niña buscaba sin éxito los ojos de Leddiar.
—La ruina, Leddi —habló, con ese peculiar tono que la hacía mayor de lo que era—, la ruina y el terror están a punto de caer sobre Grabbien.
—Vamos, vamos, mi niña… —Leddiar abrazó a Shardry con vehemencia. Era muy triste observar a la cría, siempre sola, dueña de un estigma que ella misma favorecía dado lo extraño de su comportamiento. Parecía mentira que aquella personita sólo tuviera cinco años—. No te preocupes, nada malo va a pasar, te lo aseguro.
—Entonces, ¿por qué te marchas?
La mujer no pudo evitar esbozar una sonrisa.
—Voy en busca de Thierd, cariño.
—¿Por qué? ¿No crees que haya muerto?
—No lo creo —dijo Leddiar y dejó unos instantes de suspenso antes de continuar, con las lágrimas otra vez acechando—. ¿Sabes…? Le echo de menos.
—Leddiar… —El gesto de la niña era implorante—, llévame contigo, por favor.
—No puedo hacerlo, querida; tus padres no quedarían muy contentos conmigo, ¿no te parece? Además, ni siquiera sé a cuantos males tendré que enfrentarme.
—A ninguno peor que el que aquí se avecina —intervino la pequeña, y Leddiar por un momento creyó leer en sus ojos níveos los rastros de alguna extraña sabiduría. Tragando saliva, se apartó ligeramente del rostro de la niña. No podía ser que sólo tuviera cinco años; resultaba increíble.
Pero las últimas palabras de Shardry fueron las que le llegaron al alma con más fuerza.
—Marcha ahora —dijo, con un semblante tan triste como la niebla—. Como bien supones, tu hijo no está muerto…

—Amigos y vecinos de Grabbien. Bienvenidos a la asamblea anual en la que elegimos de manera conjunta a aquel que se encargará de organizar los asuntos de la aldea en los próximos doce meses —comenzó Sart una vez estuvieron todos sentados; al ser el alcalde saliente, le correspondía hacer las presentaciones—. Como bien sabéis, estos tres últimos meses no han sido fáciles para mí y es probable que no estado a la altura de las circunstancias que el cargo me exigía. Os pido mis más sinceras disculp…
—No es necesario que te disculpes, Sart —habló Dramond, el alguacil—. Todos sabemos de tu estado de ánimo y consideramos que bastante bien te has defendido a pesar de lo ocurrido, ¿no es así, amigos?
La asamblea en pleno irrumpió en gestos de asentimiento.
—Has sido un magnífico alcalde para Grabbien, Sart —alzó la voz Humb entre los últimos restos del murmullo—. Quizá el mejor en muchos años…
Los clamores iban a crecer de nuevo, pero Shielf los interrumpió de manera tajante.
—Desde luego has sido un fabuloso regidor, amigo. Pero como bien dicen las leyes de Freigia, hoy se debe elegir un sustituto y no estaría de más que no nos entretuviéramos demasiado en los prolegómenos…
—Estoy de acuerdo —intervino Sart—. Vayamos al grano. Por ejemplo, Shielf, ya que eres uno de los tres candidatos y con tanto ánimo te adscribes a las leyes de esta, nuestra tierra, ¿por qué no empiezas explicándonos por qué quieres pasar por encima de ellas tratando de convertir el cargo que nos ocupa en vitalicio?
Ahora los murmullos fueron menos efusivos y sí más turbadores.
—Ya que me concedes la palabra en primer lugar, aprovecharé para exponeros el plan que me traigo entre manos y del que estoy seguro que os va a parecer más que interesante —dijo el ebanista con una fuerte convicción y poniéndose en pie.
—Procede entonces.
—Bien, amigos, atended: corren vientos de cambio por todo el país, y no debemos impedir que lleguen hasta nuestra comarca. Son cambios que no significarán más que beneficios para todos y cada uno de nosotros y…
—¿Y cómo te has enterado tú de todas esas cosas, Shielf? —preguntó Estiand con satírico semblante—. ¿Es que te dedicas a viajar y a conocer mundo durante las noches, cuando ninguno sabemos de ti?
La carcajada general no sentó nada bien al aspirante, pero lo disimuló como bien pudo.
—Conozco a mucha gente de los pueblos vecinos, Est, lo sabes perfectamente —se defendió—; mucha gente con la que tengo negocios y a la que hago visitas con bastante asiduidad.
—Ya veo —intervino ahora Humb—; supongo que ha sido Prondas el que se ha codeado con la plana mayor de Moimbra…
El tal Prondas, vecino del cercano pueblo de Ronediers, era conocido por todos como uno de los hombres más cerrados y menos instruidos de toda la comarca. Eran famosas sus borracheras y altercados en cada uno de las tabernas de la comarca. También se sabía que Shielf le tenía como uno de sus mejores amigos.
Esta vez el rostro del ebanista sí mostro un atisbo de furia mal contenida tras las risas.
—Humb, Estiand; todos sabemos de vuestra experiencia y sabiduría, y por eso sois fuente de respeto y consejo continuo. Pero no creo que vuestra posición os dé derecho a tratar de humillarme permanentemente…
Ahora cundió el silencio. Hubo miradas graves, pues no era común que nadie plantase cara a los dos ancianos.
—Estás en lo cierto —indicó el antiguo granjero después de un tenso lapso—. Termina tu discurso y entonces será cuando comenzaremos con las alegaciones…
En ese momento sonaron unos golpecillos en la puerta. Al poco, ésta se abrió para dejar asomar la cabeza de Weidst, uno de los niños amigos de Thierd, mirando a los lados como buscando a alguien.
—¿Qué ocurre, Weidst? —preguntó Sart desde su posición.
—Sart…, perdona la interrupción. Hay un… señor aquí fuera que pregunta por ti; ¿puedes salir un momento?
Los rostros de todos reflejaron la más pura confusión al ver a Sart marchar de la Sala, también con expresión desconcertada.
—Continuad —dijo con el ceño fruncido mientras avanzaba—. Enseguida vuelvo.
Pero un nuevo temblor de tierra justo en el momento en el que cerraba la puerta tras de sí, arrancó de cuajo la atención que todos en ese momento tenían puesta en él.

Leddiar se dirigió hasta los establos mancomunados donde tenía guardada a su yegua y la montó con vigor. Un tanto arrebatada por las últimas palabras de Shardry, cabalgó a toda velocidad en dirección al camino de Noumaned. Con ese ímpetu no tardaría más de una hora en estar en los lindes de la comarca, al sur, allí donde hasta el propio Brigo apenas era ya visible. Desde aquel lugar, a pocas millas ya de las Colinas de Koriadest, sería muy fácil evitar que la encontrasen. Sabía que su primer objetivo debía ser mantenerse oculta durante un largo tiempo. Sart saldría en su búsqueda y quién sabe si no la retendría por la fuerza con la intención de hacerla recapacitar en caso de encontrarla.
No había tomado una decisión tan difícil y definitiva para que fuera abortada antes siquiera de empezar a ponerla en marcha.
Todas las pesquisas hechas en los alrededores durante los últimos tres meses habían resultado estériles. Así que no quedaba más remedio que ampliar el radio de búsqueda. Pero como ese mismo razonamiento sería el que su marido ejercería, lo mejor sería desaparecer durante una buena temporada, a resguardo de los múltiples y dispersos bosques de píceas que se alojaban en la citada zona. La abrupta orografía del terreno se lo haría posible, de la misma manera que le permitiría adquirir sustento suficiente para todo el tiempo que decidiera establecerse allí. A medida que cabalgaba daba eternas gracias por la maestría que había adquirido con el arco durante su adolescencia, merced al interés de su padre por hacer de ella una mujer fuerte e independiente.
Qué ironías tenía la vida. Su padre y su marido, dos gotas de agua.
Mientras avanzaba y el viento agitaba con violencia sus cabellos, sus pensamientos volvieron a la pequeña niña ciega. Leddiar sabía que la cría tenía predilección por ella, al ser una de las pocas personas del pueblo que le daba calor y le hacía algún regalo de tiempo en tiempo. Quería suponer que dicha razón era la que había empujado a la niña a querer animarla diciendo que Thierd aún estaba vivo. Pero el corazón se le encogía cuando pensaba en los comentarios que hablaban de Shardry como una pequeña bruja capaz de adivinar el futuro. Ella siempre había pensado que no se trataba más que de unos cuantos malintencionados que trataban de mantener a raya la inquietud que la misteriosa mirada de la niña les producía.
Pero ahora se descubría a sí misma deseando que toda esa ralea de perversos estuviera en lo cierto respecto a sus desagradables comentarios.
Quería aferrarse a la esperanza de saber que Thierd estaba vivo.
Porque, en el fondo, ahora se hacía consciente de ello, nunca había dado crédito a dicha posibilidad.

Esta vez la vibración había sido mucho más fuerte que las anteriores. Pero Sart estaba demasiado alterado como para poner atención en ello. Tampoco en la enorme humareda que brotaba de lo más alto del Monte Brigo.
—¿Dónde dices que está el hombre que me busca? —preguntó a Weidst mientras el chaval miraba a uno y otro lado del foro, extrañado. El pueblo entero parecía abandonado. Era costumbre que todos permanecieran en sus casas a la espera del resultado del plebiscito.
—Estaba aquí hace un momento —dijo—. Era un tipo muy extraño, por cierto. Bueno, extraño… por decir algo, porque el capazo que le cubría no me dejó ver su rostro.
—¿Qué estás diciendo, Weidst? —Sart se paró en seco—. ¿Era un hombre encapuchado?
—Si a eso se le puede llamar un hombre —contestó el joven con algo parecido a la indiferencia—. Medía más de dos varas… —añadió sin dejar de escudriñar el lugar.
Sart suspiró profundamente y, después de unos segundos, cayó en la cuenta.
—Leddi…
Cuando se disponía a salir corriendo en dirección a su casa, la voz de Weidst le detuvo.
—Espera… Aquí hay algo.
El chico se inclinó hacia el suelo y cogió un trozo de papel doblado en varias partes. Sart se lo arrancó de las manos antes de que pudiera siquiera comenzar a abrirlo.
Para Sart, rezaba la cara que daba al exterior.
El hombre desplegó con desesperación lo que ya intuía era una nota y se dispuso a leerla mientras Weidst se encogía de hombros y se marchaba.

Estimado Sr. Duiban:
Tu hijo nos lo puso en bandeja y no pudimos resistirnos a la tentación.
Si quieres que el camino de su recuperación comience a trazarse, haz que Shielf salga hoy elegido regidor de Grabbien.
Atentamente.
Unos admiradores.

martes, 3 de noviembre de 2009

CAPÍTULO SEGUNDO

Después de varias jornadas de lluvias desapacibles y nubes plomizas, aquella mañana amaneció despejado en Grabbien. La pureza del cielo hacía destacar con mayor grandeza la inmensa mole montañosa que resguardaba a la población de los terribles fríos del norte.
Estiand y Humb se animaron al fin a dar el paseo matutino que tanto disfrutaban desde hacía años, desde que lo avanzado de sus edades no les permitía dedicarse a las labores cotidianas. Granjero el uno y herrero el otro, habían dejado sus posesiones en manos de sus hijos y ahora trataban de hacer del final de sus vidas un acontecimiento lo más reposado posible. Eran los más ancianos del lugar.
Tenían por costumbre sentarse un rato sobre dos rocas que había casi en mitad del foro. Desde allí se hacían testigos mudos del trajín diario de los habitantes del pueblo que les había visto nacer, tanto tiempo atrás. Conocían a todos y cada uno de ellos, y con la sabiduría de los años y de tantos y tantos momentos vividos en comunión, creían saber qué era lo más profundo que se ocultaba en sus corazones.
—Da gusto ver cómo juegan los chiquillos, ¿verdad, Humb?
Estiand inició la conversación tras dos horas sin haber cruzado palabra. Entre ellos no se hacía necesario hablar por hablar. Después de tantas andaduras juntos y de una amistad inquebrantable, muchas veces solo necesitaban del lenguaje corporal para comunicarse. La complicidad de la que gozaban era conocida por todos en el pueblo.
—Desde luego, amigo —asintió Humb alzando sus pobladas cejas blancas—. Pese a que los Duiban no puedan decir lo mismo.
—Cierto. —Estiand colocaba la visera de su sombrero intentando evitar el contacto directo del sol en sus ojos gastados—. ¿Cuánto ha pasado ya desde que desapareció el chico? ¿Dos meses?
—Tres —sentenció el otro con aplomo. La dureza de sus rasgos impedía descifrar con claridad sus emociones—. Parece que Sart está decidido a abandonar la búsqueda.
—Algo muy extraño hay en todo esto, no cabe duda. —Estiand decidió volverse para contemplar el correteo de los niños sin deslumbrarse—. Jamás había ocurrido algo semejante en toda Freigia…
—Al menos desde que nosotros tenemos uso de razón. ¿Recuerdas aquella ocasión en que tu hermano Land se perdió en las faldas del Brigo y tardamos cuatro semanas en encontrarle? —preguntó Humb con una mueca semejante a una sonrisa.
—Apareció famélico el muy cabestro. —Un ruido que se podía interpretar como una risa brotó de boca de Estiand—. Sólo había comido bayas y raíces durante todo ese tiempo y ni se había preocupado por regresar a casa.
—Sí, tu hermano siempre fue un tanto peculiar —recordó Humb—. Pero ni siquiera en esa situación las bestias le hicieron daño alguno. Jamás hemos tenido aprietos con los lobos, los osos o cualquier otra alimaña.
—Es como si existiera un pacto tácito entre ellas y nosotros, ¿no es cierto? Pero —el antiguo granjero arrugó aún más las cejas—, aunque eso hubiera cambiado, supongo que alguien habría encontrado los restos del chico en todo este tiempo, ¿no te parece?
—Así es —corroboró el otro. Tras un nuevo silencio, preguntó sin mirar directamente a su amigo—: Estiand… ¿se te ha pasado por la cabeza, como a mí, que el muchacho se haya dirigido a la Fronda de Fuego?
Alguien muy avispado podría haberse percatado de que la garganta de Estiand había tragado saliva con cierto grado de nerviosismo. A Humb no le hacía falta mirarlo para saberlo.
—La distancia es demasiado grande —murmuró, y esperó otro largo rato sin mover un solo pelo—. En todo caso, ya sabes que esta cuestión no debe salir de entre tú y yo y casi sería mejor ni comentarlo siquiera entre nosotros.
—Lo sé, amigo —contestó el otro con un hilo de voz—. Lo inusual de la situación me hizo pensar en la posibilidad.
—De cualquier modo, no está ya en nuestras manos averiguarlo. Sencillamente, deseemos con todas nuestras fuerzas que no haya sido allí donde el chaval haya llegado.

—Cariño, no tiene sentido continuar —decía Sart a su esposa con la desesperación clavada en las facciones—; no vamos a encontrar a Thierd… nunca.
—¿Cómo puedes hablar así? —clamaba Leddiar con el rostro surcado de lágrimas—. No te reconozco, Sart. Te estás dando por vencido…
—No se trata de eso, Leddi. —El marido miraba ahora hacia otro lado, con los dientes apretados por el dolor—. Te he dicho ya mil veces que al niño se lo ha llevado aquel ser que me atacó a la salida del consejo en Sálgadorm, estoy seguro.
—¡Me importa muy poco quién se lo haya llevado! —gritó la mujer—. Si tan seguro estás de que lo tiene él, ¿por qué no lo dejamos todo entonces, y nos vamos a buscarle aunque haya que recorrer Fadwa entera?
—Leddi… Leddi… escucha… Tú no viste a ese tipo ni sentiste sus garras sobre tu garganta…
Leddiar no pareció haber escuchado las últimas palabras de su esposo.
—¡Siempre te advertí que no era bueno que inculcaras al niño tanta responsabilidad siendo tan pequeño! ¡Tú y tu indiscutible sentido del honor…! ¡Mira dónde nos ha llevado! Y para colmo, ahora parece que reniegas de ti mismo y de tus malditos valores. Thierd no creo que estuviera muy orgulloso de ti…
Sart cerró sus párpados y apretó los labios. Sabía que ese reproche tendría que llegar tarde o temprano. Pero no por esperado fue menos doloroso.
—De todas formas… —volvió a hablar Leddiar— si según dices, tienen a Thierd para taparte la boca en relación al asunto del nuevo rey… ¿Por qué no te lo han dicho ya? Te lo habrían hecho saber de alguna manera.
El marido tuvo ahora que reconocer para sí lo certero de las palabras de Leddiar.
—Lo harán —sentenció—, tarde o temprano lo harán, no te quepa duda.
—¿Después de tres meses todavía crees que eso puede ocurrir?
El marido se volvió de nuevo y encaró el ajado rostro de su amada. Un suspiro profundo precedió a su voz.
—Esta tarde es la elección del nuevo alcalde, Leddi —murmuró—. Hay que impedir a toda costa que Shielf alcance el puesto… Te prometo que a la mañana siguiente, si así lo deseas, haremos nuestros equipajes, cogeremos a los caballos, y saldremos a buscar a Thierd, aunque sea lo último que hagamos en nuestra vida.
Leddiar miró con intensidad a lo más profundo de los ojos negros de su marido durante unos segundos, sin poder controlar la congoja.
—Si lo haces sólo para complacerme a mí —dijo, dándose la vuelta y dirigiéndose a su alcoba—, mejor es que no lo hagas.

Transcurrido un nuevo rato, ambos ancianos se levantaron casi al unísono. Comenzaron su lento deambular por las calles de Grabbien sin dejar de observar a su alrededor con ojos tranquilos pero escrutadores. De vez en cuando algún aldeano les saludaba con gesto amable y ellos respondían levantando levemente el bastón o la mano libre. Pasaron ante la puerta deslucida de la casa de los Huisd, y allí el hijo mayor, Bragg, se inclinó haciendo una reverencia. Ellos devolvieron el gesto con una expresión rancia que el joven enseguida interpretó como jocosa. Trigheon, el panadero, les adelantó por una calle embarrada transportando un enorme cesto de roscas recién horneadas, cuyo aroma, como Humb siempre decía, «sería capaz de despertar a un muerto».
Solo cuando se cruzaron con Shielf, el ebanista, fue cuando reanudaron el diálogo.
—Esta tarde se decide nuevo regidor, ¿recuerdas? —preguntó Estiand tratando sin mucho tino no pisar un charco.
—Desde luego —contestó Humb—. Supongo asistirás a la elección.
—No faltaría ni a cambio de una noche a solas con la mujer de Cradder. Hay que hacer cuanto esté en nuestra mano por que Shielf no salga victorioso.
—No es el único que defiende ampliar la duración del cargo.
—Pero sí es el único que opina que debería ser de por vida…
Nuevo silencio. Tras otro saludo a Zack, el pescadero, se adentraron en el barrio conocido como el de Los Dolientes.
—Otra de tantas cosas que últimamente tan mala espina me dan —concluyó Humb, sintiendo de soslayo el asentimiento de su compañero.
Pasaron por delante de la puerta de los Duiban. No quisieron pararse, pero pudieron reconocer un sollozo ahogado de mujer tras la madera.
—¿Crees que Sart volverá a presentarse a regidor alguna otra vez? —preguntó Humb después de alcanzar el final de la calle. El sol volvía a hacer mella en sus rostros.
—¿Cómo saberlo? Todo dependerá de cómo se resuelva el asunto de su hijo. Sin duda perderíamos al más valioso de los hombres de este pueblo.
—Desde que tú y yo entramos en la senectud, claro…
—Desde luego. —Estiand volvió a sonreír—. Y sí, tus hijos y los míos son maravillosos, pero los dones con los que cuenta Sart son difíciles de igualar.
—Estoy de acuerdo. Es una lástima que…
Humb interrumpió su discurso de manera repentina. Ambos detuvieron su tranquilo paseo. Una niña de unos cinco años caminaba solitaria, pegadas sus manos a la pared de la casa que se levantaba a su izquierda. En el blanco de sus iris podían descubrirse las señales de la invidencia.
Los dos ancianos guardaron silencio mientras la niña pasaba a su lado, observándola con intensidad. En apariencia, ella no se había percatado de su presencia. Transcurrieron algunos segundos hasta que Estiand decidió dar fin a su mutismo.
—No digas nada más, amigo, o por hoy habremos superado el cupo de cuestiones que no deben ser siquiera mencionadas.


Inmediatamente después de que Sart saliera de la casa para dirigirse a la votación de nuevo alcalde, Leddiar comenzó a hacer su equipaje. La nota la tenía preparada desde hacía rato.

No puedo esperarte, Sart.
Si emprendieses la búsqueda sin esperanzas, no harías sino entorpecerla.
Te quiero con toda mi alma, pero mi vida contigo ya no tiene sentido si eres capaz de anteponer una reunión, por importante que sea, a la necesidad de encontrar a tu propio hijo.
Volveremos. Te lo prometo.
Tuya, siempre:
Leddiar
.

Se encontraba en un estado de nervios como nunca antes había sentido. Guardaba las cosas atropelladamente, sin dejar de llorar un solo instante.
Cogió todo aquello que consideró indispensable para lo que, pese a lo dicho a Sart en la nota, entendía cómo un viaje sin retorno; lo envolvió en mitad de una manta gruesa y lo introdujo en la talega. Se la colgó al hombro con decisión y agarró también el arco y el carcaj. Después se dirigió hacia la puerta. Poco antes de abrirla, se detuvo y dio media vuelta.
“La nota —se dijo—, la nota de Thierd”.
Llevó sus pasos hacia la alcoba y cogió uno de los pliegos tendidos en el lecho. Era un papel sucio y arrugado, con la tinta emborronada por las lágrimas derramadas sobre ella.
Volvió a leerlo; una vez más.

Queridos padre y madre.
Sé que siempre me habéis enseñado a no mentir y a no ocultar mis faltas tras ningún tipo de máscara. Me habéis inculcado que lo mejor es dar la cara en cualquier situación.
Pero esta noche he oído llegar a padre muy de madrugada y he salido de la cama para abrazarle. Enseguida noté el tono dolorido de la voz de madre y sin pensarlo siquiera decidí ocultarme detrás de la puerta para escuchar.
Padre, estuve tentado de salir y pedirte que me explicaras qué era lo que te había ocurrido, pero algo me decía que tú no me ibas a contar toda la verdad, para no preocuparme.
He escuchado todo lo que te ha pasado en Sálgadorm y cómo ese señor tan alto y forzudo ha estado a punto de matarte. No entiendo por qué has dejado que te hiciera eso, pero lo único que sé es que ese hombre, o lo que sea, tiene que saber que los Duiban no se dejan avasallar de ninguna de las maneras, como tú, padre, siempre me has enseñado.
En realidad lo que pienso es que no te has defendido precisamente por eso, porque esperas que sea yo quien me encargue de hacer lo que debo de hacer.
Os quiero mucho a los dos. No os preocupéis por mí. Cumpliré mi misión y volveré con vosotros.
Vuestro, siempre:
Thierd.

Leddiar dobló el papel lentamente y, enjugándose el rostro, lo guardó junto a las demás cosas. Volvió a dirigirse hacia la puerta, la abrió y abandonó su hogar para siempre.

viernes, 30 de octubre de 2009

CAPÍTULO 1

Grabbien, Freigia. Año 428 desde la Creación.

Ni Sart ni Leddiar Duiban se percataron de la presencia de Thierd, su hijo de doce años, detrás de la puerta, escuchando su conversación.
Era bien entrada la madrugada y no podían imaginar que el chico estuviera despierto a esas horas.
—Pero, Sart —decía la madre, preocupada—, ¿tú te has visto? Dime qué es lo que te ha pasado o iré a llamar a Basthand de inmediato.
—Shhh… —Ambos trataban de hablar en susurros, pero el nerviosismo de Leddiar le impedía controlar su voz—. Por favor, Leddi, vas a despertar al niño —Thierd aguzaba el oído con la mirada puesta en el infinito—. No necesito un médico, no ha sido nada grave; tan sólo han querido asustarme.
—¿Asustarte? —El chaval tragaba saliva desde su escondrijo—. Pero ¿quién y por qué ha pretendido asustarte? Y estas horas de llegar… Por favor, explícamelo todo ahora mismo.
Thierd contempló por el hueco de la puerta, de refilón, cómo su madre limpiaba con un paño húmedo una herida abierta en una de las sienes de su esposo. Al ver el rastro encarnado, el chico tuvo que contener las lágrimas y las ganas de salir a abrazar a su progenitor. Pero era mejor esperar o sus padres jamás le contarían la verdad acerca de lo ocurrido.
—Bueno, no sé por dónde empezar… —Sart contuvo un quejido tras una de las pasadas del paño por su rostro—. Me fui a Sálgadorm, tuvimos el consejo, ya sabes, y en fin, no sé de qué manera se presentó allí un tal Broigan, que decía ser el nuevo regidor de Yaksti.
—¿Y Groder? ¿No era Groder el alcalde de turno de Yaksti durante este año?
—Eso creíamos todos, pero el extraño nos contó que esa misma mañana había sufrido un desvanecimiento antes de salir debido al cansancio y había delegado en él a última hora.
—¿Cansancio? —preguntó Leddiar sin perder un ápice de inquietud— Creo recordar que siempre hablas de Groder como de uno de los seres más holgazanes de Freigia…
—Así es; si hay algo que le defina no es precisamente el gusto por el trabajo. Pero, en fin, la cuestión está en que nadie le dio mayor importancia, pero a mí la mosca se me quedó detrás de la oreja.
—Continúa, por favor…
Los ojos profundos de Sart se concentraban para recordarlo todo con exactitud.
—Cuando me convencí de que allí había gato encerrado fue cuando Broigan comenzó un estudiado discurso en el que abogaba por la extinción de la titularidad anual de los regidores y el apoyo común a una nueva figura que aglutine a todos los pueblos de la comarca y que funcione como su representante en las asambleas que se realizan en Moimbra.
—Moimbra… —repitió Leddiar como si tratara de entender algún enigma indescifrable—. Pero ¿se puede saber qué pintamos nosotros en Moimbra? Está demasiado lejos, jamás hemos sabido nada de lo que ocurre por allí.
—Eso mismo pensé yo…
—Pero, y los demás… ¿qué decían? ¿Ninguno se puso en contra?
—Verás, Leddiar… —El gesto de Sart, ahora, mostraba una completa turbación—. Jamás había escuchado una manera de hablar como la de ese hombre. El modo de exponer sus ideas y las razones para llevarlas a cabo resultaba totalmente novedoso. Creo que el consejo entero cayó bajo el embrujo de su elocuencia.

A pesar de su juventud, Thierd creía entender a la perfección todo lo que su padre estaba hablando. Sart, haciendo gran hincapié en la defensa del orgullo familiar, siempre había tenido un fuerte empeño por hacer saber a su hijo, desde muy pequeño, muchas de las cosas que atañen al mundo, aunque algunas de ellas poco tuvieran que ver con los intereses de un crío. Pero el despierto interés que el chiquillo había mostrado desde las primeras lecciones no hacía sino colmar de satisfacción a Sart. Ahora, con los doce años recién cumplidos, Thierd era dueño de un enorme elenco de conocimientos y visiones que los chavales de su edad, sus amigos, recibían con incredulidad, cuando no con desprecio.
Quizá por esta razón fue por la que Leddiar sintió a su marido, durante mucho tiempo, como responsable de lo ocurrido poco después.
—¿Magia? —preguntó la mujer mientras se iba en busca de ropa limpia para el hombre. La herida cicatrizaría en pocos días—. ¿Quieres decir que lanzó un hechizo sobre los regidores?
—No empieces otra vez con tus historias sobre la magia, Leddi —se exasperó Sart. Se había levantado y lavaba su rostro y sus axilas en una palangana, junto a la chimenea apagada—. No hay magia, ¿me oyes?, no hay magia. Esas cosas no existen en Fadwa, son historias para los niños.
Thierd aprovechó para dedicarse una sonrisa triste: eso no era lo que Sart le decía todos los días.
—De acuerdo, sí, ya me lo has dicho muchas veces, no hay magia —se oyó hablar a Leddiar.
—Shhh —Esa vez Thierd casi se encontró con la mirada de su padre—. ¿Quieres hablar más bajo?
—Ay, sí, disculpa… —susurró la madre una vez recuperó su lugar al lado de Sart—. Pero tranquilo, Thierd debe estar ahora mismo en el quinto sueño.
—Cuando digo que Broigan embrujó al consejo, me refiero a que lo engatusó con sus palabras, a que lo deslumbró con sus planteamientos.
El niño oculto pegó un poco más el oído a la puerta; su padre hablaba demasiado bajo.
—Y si es así… —Leddiar desvestía con delicadeza a su marido. A Thierd le encantaba comprobar cuánto se amaban sus padres—, ¿por qué a ti no consiguió encandilarte?
—Algunos me acusaron de inmovilista —dijo Sart con serio semblante—. Pero no entiendo por qué es necesario cambiar un sistema que hasta el momento nos mantiene a todos satisfechos.
—Me tienes en ascuas, Sart… —señaló Leddiar con cierto aire irónico que a Thierd no se le escapó.
—Verás, Leddi… aquel desconocido, además de hablar de ese supuesto comisionado que nos representaría en Moimbra, habló también del surgimiento de otra figura más, que sería la que se encargara de regir los destinos de toda Freigia, en principio, para más tarde gobernar Fadwa entera.
—¿Con qué fin?
—Según él, mejoraría las relaciones entre las comarcas, el comercio podría ampliarse y todos saldríamos beneficiados…
Tras unos segundos de un silencio que el chico no entendió muy bien, Leddiar sentenció:
—Creo entender qué es lo que sospechas, Sart; te conozco demasiado.
El padre se incorporó de nuevo y abrazó a su esposa con fuerza.
—Leddi… este mundo es joven, estamos aprendiendo poco a poco a organizarnos lo mejor que podemos. Hasta el momento no hay grandes dificultades entre los clanes, nos respetamos los unos a los otros… La otra raza, los elfos, funcionan a su manera, errando de un sitio a otro, pero sin dar el más mínimo problema… ¿Por qué habríamos de necesitar a alguien que nos gobernase a todos, permanentemente? Estamos muy bien como estamos, ¿alguien diría que no somos felices? Un cargo como ese sólo serviría para acabar dividiéndonos…
Leddiar se aferraba al cuerpo de su marido con profundo cariño.
—Y, esa figura, ¿cómo dices que se llamaría? —preguntó.
Sart miró a los ojos verde océano de su mujer con un velo de tristeza en los suyos propios.
—Rey. A ese alguien se le llamaría rey…

Thierd pestañeó varias veces tratando de profundizar lo más posible en lo que su padre acababa de explicar. Un rey para Freigia… Ahora solo esbozaba a medias lo que Sart había querido decir, pero de una cosa estaba absolutamente seguro: si su padre decía que un Rey no era bueno para la comarca, es que no lo era.
—Aún no me has contado por qué te atacaron —retomó Leddiar recobrando el gesto implorante.
—Pasamos la tarde en la taberna. Yo estuve intentando convencer a los demás de lo inadecuado de esas ideas, pero todo el mundo se cerró en banda. Cuando decidí abandonarlos y regresar a casa, alguien oculto tras una capa negra me asaltó en mitad del camino. Traté de defenderme, creí que quería robarme, pero era mucho más fuerte que yo —Aquel reconocimiento no hizo sino turbar más a Thierd—. Cuando me tuvo inmovilizado me propinó el brutal manotazo que me hizo esta herida.
¿Un manotazo? ¿El forzudo de su padre rendido ante un único manotazo? Aquello era muy extraño. El especial sentido de la responsabilidad de Thierd empezaba a clamar una sola cosa: venganza.
—Pero, ¿te dijo algo? ¿Pudiste oír su voz…?
—Leddi… —comenzó Sart, empleando un tono que su hijo no había escuchado en él hasta ahora— aquello…, aquello no era un hombre; medía más de dos varas y su fuerza no era de este mundo. —Leddiar le observaba tratando de disimular su temor. Thierd, sin embargo, notaba cómo crecía su rabia—. Aún no sé por qué no acabó conmigo. Lo podría haber hecho con toda tranquilidad.
—Sart. —Al oír a su madre, Thierd supo que estaba utilizando el tono que usaba con él cuando quería que la escuchase sin atender a nada más—. Cuéntame ya qué fue lo que te dijo aquel ser.
—Me dijo que… bueno, que si volvía a hablar en contra de… del futuro rey, serían las últimas palabras que pronunciaría en vida.

Thierd esperó pacientemente y sin dormirse a que sus padres dejaran de emitir esos extraños jadeos que de vez en cuando podía escuchar mientras estaban acostados en mitad de la noche. Cuando estuvo seguro de que se habían sumergido en el sueño más profundo, se levantó, se vistió y metió unas cuantas provisiones en su morral. Después de escribir la nota de despedida y dejarla sobre la repisa del hogar, abrió la puerta con extremo sigilo y abandonó la casa con paso raudo.
Fuera quien fuera aquel extraño que había atacado a su padre hasta humillarle, acabaría sabiendo de lo que los Duiban eran capaces.

miércoles, 28 de octubre de 2009

PRÓLOGO

Monte Brigo, Freigia, año 423 desde la creación.

El hombre del pelo azul y la nariz partida ascendía pesadamente la ladera norte de uno de los montes más altos de Fadwa. Su paso era lento pero invariable; su determinación, poderosa. Las huellas de la ancianidad eran bien patentes en su porte, aunque no parecía ser ésta una cuestión que le preocupara demasiado. Lo normal habría sido pensar que la idea de alcanzar la cima de aquella pendiente antes de la puesta del sol no era la mejor para alguien de edad tan avanzada.
Pero el hombre del pelo azul y la nariz partida no era un hombre cualquiera.
Sudando copiosamente, hizo una más de sus intermitentes paradas y tomó aliento. Alzó la piel hasta su boca y echó un largo trago.
«Ya queda menos», se dijo.
Su túnica de estilo suabí se mostraba vieja y desgastada, con hilos varios colgando de muchos de sus bordes. El color rojo seco de la prenda se fundía con los últimos rayos solares que caían ahora directamente sobre su cuerpo, tras virar a la izquierda en la última y pronunciada curva que había tomado al reiniciar la marcha. Sus ojos pudieron entonces contemplar el final del camino, la gran grieta que se abría casi en el extremo de la cumbre. Desde allí parecía tan pequeña como la puerta de una choza tuimi, pero enseguida se percató de que su cansada vista le había engañado una vez más. Al llegar a ella descubrió que su altura era superior a los doce pies. Se volvió a sentar durante unos minutos en una roca para recobrar el resuello y después se dirigió al interior de la gruta.
«Veamos si ha merecido la pena el esfuerzo».
A los pocos pasos la oscuridad lo invadió por completo. Ahora la pendiente apuntaba en un descenso poco acentuado. Sacó de su morral la antorcha que traía preparada y la encendió decidido. El calor allí arriba era más agobiante que cuando inició el ascenso, pero pensó que podía deberse a una sensación pasajera, fruto del desgaste. Sus ojos negro espejo escrutaban las paredes de la galería con un profundo fervor.
«Ya estoy aquí. He atendido debidamente a la llamada. Yo he cumplido con mi parte».
Transcurrido algo más de tiempo, pudo vislumbrar un pequeño foco de luz blanquecina a lo lejos, frente a él. Avanzó con seguridad hacia ella. Se trataba de una nueva abertura que daba paso a una amplia cámara ovoide perfectamente iluminada por multitud de teas prendidas de la pared curva. Una especie de trono sobrio se alzaba en su mismo centro, sin presencia que lo ocupara. Pese a no ofrecer una vista prodigiosa, el hombre del pelo azul y la nariz partida contemplaba embelesado el lugar, sin que ningún rastro de inquietud hiciera mella en él.
«No voy a tener miedo. Soy demasiado viejo para temer a la muerte, máxime cuando los médicos dicen que me está llamando a gritos y yo estoy deseando ir a su encuentro».
—¡Bien, ya estoy aquí, como me pediste! —gritó al aire viciado y con cierto sabor a azufre. El tono de su voz gastada parecía querer herir la roca—. ¿A qué esperas para manifestarte?
—Bienvenido a mi primer y efímero templo —se escuchó una voz de timbre indefinido procedente del sitial. Nada podía distinguirse en él desde allí—. Te agradecería el esfuerzo si no tuviera por costumbre no dar gracias por cosa alguna.
El hombre del pelo azul y la nariz partida reanudó su tránsito en dirección al origen de la voz.
—Empezamos estando de acuerdo en algo, lo que es buen augurio, ¿no te parece? —manifestó con una aplastante firmeza—. Yo tampoco fui jamás una persona agradecida.
—El poder no admite de pusilanimidades, es cierto —intervino la voz misteriosa—. Por eso te elegí a ti, a pesar de tus años.
Los pasos del recién llegado avanzaron lo bastante como para poder distinguir una diminuta mancha negra moviéndose por encima de uno de los brazos del trono. Aún no conseguía adivinar de qué se trataba.
—Más vale que esa misión de la que me hablaste sea lo suficientemente liviana como para no dar con mis huesos en la tierra antes de llegar a consumarla —afirmó sin dejar de caminar con vigor hacia delante.
—Oírte hablar no hace sino confirmar lo acertado de mi decisión —volvió a declarar aquel extraño ser que, el anciano podía ya asegurarlo, no se trataba de otra cosa más que de una rata grande y gris—. ¿No me temes ni siquiera un poquito?
—Supongo que tengo más que ganar que perder con esta visita. Todo lo que no signifique quitarme la vida o concederme la eternidad, supondrá para mí poco menos que un vil castigo.
Entonces, de manera inesperada, los pequeños ojillos negros de la rata se posaron sobre los del hombre de pelo azul y nariz partida de forma aguda y malévola, como la que cualquier ser racional pudiera mostrar en un momento de odio desbordado. Y mientras la figura de roedor se transformaba de modo fulminante en la de otro ser de indeterminado carácter pero de porte mucho mayor, unas nuevas y oscuras palabras brotaron desde su boca.
—Disponte entonces a recibir el premio que tanto te mereces…
Ese fue también el momento en que el anciano, sin saber cómo ni por qué, perdió todo rastro de conocimiento.

Mientras se enjuagaba el rostro en la tibia corriente del río, el hombre de pelo azul y la nariz partida trató de poner orden en sus pensamientos.
«¿Qué demonios ha pasado ahí arriba? Ya no sé si ha sido sueño o realidad».
Sólo recordaba de muy vaga manera imágenes confusas que no sabía interpretar con claridad. Algo semejante a un ángel enorme de vestiduras negras como la pez se había introducido a través de su pecho y la propia concepción del mundo se había repentinamente transformado para él. La visión fugaz de países y tierras devastados por el dolor, hombres y mujeres arrastrándose mutilados por el sufrimiento, el cielo envuelto en mantos de un rojo inexplicable… Y palabras, ecos salvajes que resonaban en su mente como golpes de maza: Un mundo joven… La magia, busca la magia… Un rey en mi nombre… Un nuevo templo para destruir éste…
Una pesadilla, todo debía haber sido una simple pesadilla, pues si se trataba de algún mensaje en clave, no se sentía capaz de descifrarlo.
«He sido un idiota ingenuo. Mi cabeza no debe funcionar ya como debe; me hablan de dioses, poderes, misiones y vida eterna y caigo en la trampa como un niño de teta…».
Se incorporó despacio y devolvió la mirada a la cima del volcán, de donde acababa de bajar. Sus ojos de espejo mostraban la más profunda decepción.
«Siendo así, nada más me queda por hacer. Me niego a seguir esperando a que la muerte se decida a venir a recogerme».
Y retornando su mirada al río, se dispuso a arrojarse a él.

Pero el encuentro de su propio reflejo en las aguas le hizo cambiar de opinión de manera drástica. Como el relámpago en la tormenta, así el entendimiento descendió hasta sus entrañas, cuando contempló con intenso ardor cómo su piel y sus rasgos habían retrocedido en el tiempo al menos cincuenta años.